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miércoles, 6 de junio de 2012

Iswe Letu: Patatales en la Colina del Horror (*)


Título de la noticia: Patatales untados en la Colina del Horror. Eso ponía. Ni mas ni menos.

Se quedó perplejo ante estas 7 palabras. Parecía un titular de broma, de cachondeo. Consultó su mente el calendario. Para cerciorarse de que no estaba en diciembre. Descarta el Día de los Inocentes. Lo desecha. Estamos a finales de mayo. Seguro. 

-¡Bah! Bobadas a ojo.


Que le tomen el pelo a otro. A él no. Pasó la hoja del periódico. 

Lee: 'la prima de riesgo ha subido casi hasta los 550'. 


La cosa va mal. Muy mal. Todo camina de mal en peor. Hasta los periódicos. 


Lo pensaba al recordar el titular de la portada: 'Patatales untados en la Colina del Horror'. ¡Qué chorrada! Venir a hablarnos, ahora, precisamente ahora, de 'colinas del horror'. No se necesitan colinas, ni oteros, ni cerros, ni lomas... El horror lo tenemos cada día. Ese sí que es un agrio picacho; o mas bien una sierra que te va triturando. Nada mas levantarte. ¿Por qué?: Por el yo (la caridad bien entendida comienza por uno mismo) en paro, por la prima de riesgo (que luego pagaremos entre todos), por el paro, por los hijos en paro, por los parientes en paro, por... No sigue. Para que vengan los periodistas, aquí, a entretenernos con patatas pintadas o untadas o gravadas... y ubérrimas. ¡La madre que los parió! ¡Otros que tal!...¡Hijos de la gran...! 

Estaba indignado, iracundo, rabioso... en fin, de muy mala hostia. Con ganas se quedó de rasgar el diario en mil pedazos. Pero no. Su dinero le había costado. Eurillos que no le sobraban. Llevaba 3 años parado. Además... está el fútbol. ¡La Roja! ¡El Madrid! (Real, por supuesto)... ¡Coño!, también el Barça. Sus hijos eran forofos de él. No todos. Entre sus vástagos, cosa curiosa, hay hinchas del Athletic (de Bilbao, sin duda) Los leones aun rugen en los bosques de Euskadi. Solo vascos, nada de extranjeros.  Españoles de pro. Vascones de la cantera. Resisten. Como su pueblo. Si no hay chuletas que comer... (porque ya el paro comienza a hacer estragos por allí)... comerán patatas. 

¿Patatas? Si, patatas. Su madre las hacia rebozadas. Riquísimas. Las llamaba 'patatas a la importancia'. O, sin tan alta alcurnia, fritas, cocidas, a la riojana...

-¡Joder! ¿pero qué estoy diciendo?

El titular le ha trastornado. Le ha comido el tarro de las esencias intelectuales.

Patatales untados... Aunque si bien lo piensa... Comienzan por ahora a brotar con fuerza los campos de patatas... Tal vez necesiten jornaleros... No es que el titular deje entrever algo de eso, pero lo necesita tanto que... Quizás para cuidar los campos de esa colina del... Jamás había oido ese nombre: 'Colina del Horror'. El nombre se las trae. Da hasta miedo. Sin conocerla le...

Luego, casi de inmediato, se da cuenta que las palabras, tanto escritas como habladas, así porque si, no es para tenerles temor. O son dibujos o son sonidos. No hacen daño físico. No hieren. No derraman sangre... ¿Miedo por eso? No. A los que tienen armas. A esos si. Lo demás, son prejuicios.

Tendría que leer el artículo del periódico para saber lo que dice.  A lo mejor... Lo hará después. Antes se empapará con la lluvia del fútbol: El Madrid (Real, por supuesto), el Barça, el Athletic... ¡Ah!, y La Roja, sobre todo La Roja. El era español, español, español... Por los cuatro costados.

-Ahí semos toos unos.

Sin diferencias. Parados y con trabajo. Ricos y pobres... Sin clases. Como debe de ser. En comunión patriótica. Y respiró hondo. ¡Qué bien se hallaba así!: alegre, dichoso, orgulloso... Y sin patatas que comer...

-Otra vez las patatas. El titular de los cojones. ¡Ya está bien, hostias! Leeré el dichoso artículo

Pasó las hojas hasta la portada. Allí estaba. Constaba de dos partes: una en la portada y la otra al final del diario. 

La primera era una descripción del lugar denominado Colina del Horror. Lugar de gran atractivo turístico. Decían. Sitio rocoso. Con paredes lisas y picachos de muy diferentes formas y tamaños que, en noches de luna llena, proyectaban sombras horribles. Como para helar la sangre al mas bregado. Lugar inhóspito, yermo, desolado.... Pero, decía el artículo, tenía un porvenir luminoso. 

En la segunda parte, al final del periódico, estaba la parte positiva. Efectivamente, allí se podía leer casi en forma de titulares con letras grandes: 


-PONED EN PRÁCTICA VUESTRA IMAGINACIÓN. PINTAD PATATALES UBÉRRIMOS. UNTAD LOS ROQUEDALES DE LA COLINA DEL HORROR. SERÁ UN RECLAMO TURÍSTICO. ESPAÑA OS NECESITA. ACUDID A SALVARLA DE LA CRISIS.

Firmaban el artículo: emPresarios emPrendedores en acción.

Su eslogan: Sin crear emPleos sacaremos a EsPaña de la crisis. Garantizado.

Quedó pensativo. Iba a tirarlo. Empero... lo guardó. A falta de papel higiénico se limpiará el culo con él.
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(*)Fuente original del relato: la palabra Punch. Es una marca de puritos cubanos

P: patata o patatales
U: untar o untados o ubérrimos
N: noticia
C: colina
H: horror


Frase: Titulares de una noticia: patatales untados en la Colina del Horror

martes, 5 de abril de 2011

Iswe Letu: Odio de cargamento hundido


contemplo en mi memoria el rostro amado de la madre cultivadora de sueños, ancestral colmado de jardines sacados casi de la nada y que, luego, tras la esperanza rota, se hundió, como cargamento en la alta mar


pero fue antes, mucho antes, de la trágica desaparición, cuando nuestros ojos se abrieron contemplando la claridad de las olas del viento en las avenas y sobre todo oyendo las ráfagas de frío colándose por las rendijas en invierno 


olas y ráfagas tornándose luego transparentes en las cuencas vacías de de una calavera amada acariciada por la espuma rebelde de todos las aguas del mundo como mano de llanto del recuerdo y elevada a la altura de la justicia del tiempo; 


¿qué otra cosa podíamos hacer sino acompañar con nuestros pasos al roce de la arena para que no se convirtiera en hueca costumbre de la playa ese vaiven insistente y periódico de las olas cual ir y venir de cargamente hundido?


lo vamos transformando nosotros, día a día, con rabiosa venganza, en música del desaliento que solo desaparece cuando el viento se lleva a los cardenales despedazados o resurge de nuevo en cada prima escandalosa a los banqueros 


¡y cuánta holgura para el odio en nuestros caminos erizados de sorpresas amargas desde pateras atestadas de ilusiones, a esperanzas alimentando peces!


pero dadme de ello lluvia, leche de infancia, sueños de amor... cosas suaves para el mundo cruel de la intemperie, porque no es posible vivir siempre con cuchillos


avivaré con sal las bocas muertas del deseo huido tras el desaliento y ayudándome de cánticos diversos, espigando en este y en aquel, en todos los que no se encerraron entre fronteras de su soledad sino saltaron las alambradas 


recogeré el grito y el aullido, el desgarrado lamento, el llanto angustioso, la rosa de la ofrenda, el clavel rojo del recuerdo, para desgranarlos en el recinto de los pájaros alzando aun mas las canciones de las barricadas 


ah, siento el infierno de las batallas que crecen con la embriaguez de la venganza popular y mi ímpetu se alimenta del recuerdo de una madre que es una y múltiple a la vez, sufriendo y cultivando sueños por todos los rincones del mundo


y que, luego, tras la esperanza rota, se hunde como cargamento de esclavos en la alta mar


mas las hojas vivas de esta mañana de primavera son imagen fiel de otra madre una y múltiple


feliz

lunes, 27 de septiembre de 2010

Iswe Letu: Estaba él en la casa de Gallarta


1-

Así, en un primer momento, no lo vio. Pero estaba allí. Él. Que en el tiempo de nuestra juventud más joven siempre estuvo presente. Y si no notó su presencia lo atribuyó al olvido. Ese olvido ‘oxidado que todo lo entierra’, como escribiera el poeta chileno. Olvido que lo hiciera reflexionar a fondo y sacar al teatro de su memoria aquel episodio reciente con los objetos, personas y personajes. E incluso con el paisaje. Es decir todo o casi todo lo que rodeó el acontecimiento. Podrá parecer enumeración reiterativa, en ocasiones cansina, pero el que escribe esto cree que es necesaria para la cabal comprensión del relato.
Tiene que reconocer, y lo reconoce, que derivó su pensamiento, y en algo tenía razón, acerca de las razones por las que no había apercibido la presencia del personaje en aquella casa al cansancio de tantas horas de viaje y a la timidez que le invade y paraliza cuando entra en casa ajena. Aunque sea de unos amigos o camaradas como en este caso.
Porque, veamos: había ido con su esposa al norte de las españas con el fin de que el agasajo que se le hacía a un familiar de su mujer, concretamente su hermana, tuviera la resonancia precisa para hacerle olvidar definitivamente la grave enfermedad que había pasado y, de paso, conseguir que el ágape o comida que los concitaba fuera un recordatorio de las varias décadas de matrimonio de ese familiar, felizmente recuperado o resucitado.
Se alojaron en la casa del hermano de su esposa; es decir: su cuñado camarada, porque lo era. O eso creía él.
Cuando entró en esa casa no se apercibió de que, el personaje ya mentado, estaba allí. Y es que pocas cosas guardó su cerebro de ese instante. Pocas. Pero que es imprescindible no dejarlas de lado, por ejemplo: la moqueta, un tanto oscura, con dibujos de color marrón o morado o rojo (en esto no sabría asegurar cual de ellos era); las puertas de entrada al salón cuyos cristales vestían motivos chinos o japoneses (el que pone estas palabras no sabes diferenciar a los unos de los otros); el sofá del salón y la ventana del fondo que parecía querer enseñar a los visitantes el hermoso paisaje o deseaba que el paisaje se adueñara de la casa o tal vez anhelaba incorporarlo a la casa como un cuadro más; paisaje donde destacaba, brillando en la noche, iluminada por las luces de las farolas y otras bombillas,  la espadaña o cresta blanca de una planta que, dicho sea de paso, estaba invadiendo todos los rincones de esa tierra siempre verde; a la izquierda del hall de entrada un taquillón sostenía un reloj dorado, nada pequeño, de formas barrocas, vigilado a ambos lados por un candelabro con velas rojas; reloj que, aunque no quería contar el paso del tiempo y se había parado, daba igual, porque por encima de él un espejo, también testigo o notario del transcurrir de la vida, le devolvió a la realidad de su rostro, cada vez más viejo, luciendo un bigote cubierto ya por las nieves del otoño.

Los dueños de la casa (uno de ellos ya lo hemos presentado) eran: el hermano de su mujer y su compañera, antaño amiga de su mujer.

2-

Los dueños de la casa (uno de ellos ya lo hemos presentado) eran: el hermano de su mujer y su compañera, antaño amiga de su mujer. Una pareja muy compenetrada a pesar de sus discusiones, que las tenían como cualquier matrimonio, que nunca llegaban al río. Pareja que, todo hay que decirlo, siempre lo habían tratado muy bien. El hermano de su mujer era, más que cuñado, un camarada. Tomada la anterior palabra en el exacto sentido político e ideológico que tiene. Y no lo pensaba en vano pues le ayudó a salir en alguna ocasión de cierto aprieto con la dictadura franquista. De carácter fuerte, daba todo lo que tenía y por tanto exigía correspondencia. Su gran corazón no aguantaba las ingratitudes, o lo que él creía que eran, y por tanto no se andaba por las ramas a la hora de cantarle las cuarenta al ingrato. Es más, si no eran tales las deslealtades tardaba tiempo en desechar sus prejuicios tomados por tales deslealtades. Primero tenía que convencerse de su erróneo juicio. Para ello le daba vueltas y revueltas a veces con ironía que se apreciaba en el brillo de sus ojos y en su sonrisa sarcástica. Todo lo cual eran muestras de su moral, de sus principios, adquirida y adquiridos en la lucha obrera. Moral y principios inquebrantables por lo que la amistad no la daba así como así. Y menos ahora que tanto una como el otro, o el hermanamiento, o la camaradería, se consideran cosas banales y valen menos que el pedo de una hiena vieja.

-Pero, ¡qué dices! –le cortaba a veces su compañera- si tu no eres comunista.

-Yo soy machista leninista –respondía él con su irónica sonrisa y destello en los ojos.

Estos cortes u otros los hacía ella para limar asperezas. Porque ella era con su serenidad, con su juicio equilibrado, con su, pudiéramos decir, objetiva dulzura, lo que contrarrestaba la radicalidad de él. Por eso se conjuntaban casi a la perfección. Dicho lo anterior no quiere este narrador que se sobreentienda que quiere presentar a esta mujer como sumisa y obediente. En modo alguno. Sabía defender con perseverancia y rotundidad, si fuera menester, sus puntos de vista sin dar su brazo a torcer fácilmente.


Presentados los anfitriones prosigamos el relato.

Abrumado por las atenciones y por cada cosa que se le ofrecía a sus ojos y paralizado por la timidez innata no se dio cuenta de la presencia del personaje. Es más ni se le había pasado por la imaginación. Con todo y con eso estaba en la casa, allí, cerca de él, aunque lo descubriera más tarde.

A la cocina, situada a la izquierda del hall de entrada, se accedía por una puerta situada unos pasos más allá del taquillón; puerta cuyo cristal mostraba, esta vez, no motivos asiáticos, sino escenas del folclore vasco. Nada raro por otra parte pues la casa estaba y está en Gallarta, pueblo de la provincia de Vizcaya, enclavado en lo que, antaño, fue cuenca minera. Justo enfrente de la puerta otra daba a un balconcillo desde donde se veía el edificio denominado Museo Minero.
Gallarta es la capitalidad del municipio  Abanto y Ciérvana. Desde una perspectiva histórica, tanto Abanto de Yuso como Abanto de Suso formaron parte hasta 1805 de los Cuatro Concejos del Valle de Somorostro dentro de la comarca de Las Encartaciones. Da al Norte con Ciérvana al Noreste con Santurce, al Este con Ortuella, al Sur con Galdames y al Oeste con Musques. Gallarta es un pueblo emblemático en la explotación del mineral de hierro, cuyas vetas ya fueron citadas  por Plinio el escritor romano. No quedan explotaciones abiertas desde 1993, cuando Agruminsa cesó la extracción de mineral. Esta población se trasladó de ubicación debido al avance de las minas sobre su antigua ubicación. En el municipio quedan amplias muestras de su pasado minero. Otros núcleos de población importantes dentro del municipio son Sanfuentes y Las Carreras.
A la derecha del Museo Minero aun se notaba y se nota la acción de la piqueta sobre el terreno.
Hay que decir que allí nació la llamada Pasionaria, es decir Dolores Ibárruri que fue responsable del Partido Comunista de España y también hay que decir que en esa zona minera surgió ese partido fundado entre otros por Facundo Pérezagua.
Cuando llegaron a Gallarta era de noche y había que cenar, por lo que antes de nada pasaron a la cocina.
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3-
Cuando llegaron a Gallarta era de noche y había que cenar, por lo que antes de nada pasaron a la cocina a preparar los alimentos que calmarían su apetito.
La cocina era una cocina alargada, algo estrecha, pero suficiente para la familia que lo habitaba: el matrimonio, un hijo y la madre de la señora de la casa. Daba,  como ya se ha dicho, a una terracilla, a la izquierda de la cual tenía unos armarios y a la derecha una mesa con dos sillas donde se sentaban a descansar contemplando el hermoso paisaje que se ofrecía a la vista. Si bien, al visitante le resultaba incómoda y le desasosegaba debido al vértigo causado por una altura de cinco pisos. Por lo que tras unos minutos de ver el espectáculo de luces a esa hora de la noche que por doquier alumbraban calles y carreteras componiendo figuras que la imaginación creaba se volvió a meter en la cocina. Mientras su cuñado y camarada cortaba filetes de carne para freírlos, la mujer de su cuñado atendía a su madre anciana de muchos años y su esposa ayudaba a su hermano, él se fijo en los detalles de la cocina: azulejos blancos con adornos azules cubrían las paredes. El blanco recogía la luz del sol durante el día distribuyéndola por todos los rincones de la estancia y el azul matizaba la blancura haciéndola si cabe aun más acogedora. Tenía de todo: lavadora, nevera, lavavajillas, armarios para el pan y otros alimentos como cruasanes, galletas, dulces… Amén de fregadero y cocina eléctrica que con la encimera de mármol, material caro pero que apenas sufre deterioro, formaban la línea divisoria entre el abajo y el arriba de esa parte de la cocina. La parte de arriba estaba ocupado por un armario alargado con varios  compartimentos donde se veían  platos, vasos, fuentes diversas. Justo encima de la cocina eléctrica se hallaba la chimenea del extractor de humos. Una mesa y varias sillas donde se sentaron los cuatro componían casxi al completo los objetos de aquella cocina. ¡Ah!, se nos olvidaba anotar el teléfono y una pequeña televisión.
Cenaron cada uno a su gusto y complacencia. Sería redundancia decir que unos más y otros menos. Pero hay que decirlo para resaltar la libertad. Una libertad que queda mermada en algunas casas para que quede subrayada la voluntad de los anfitriones en la hospitalidad por un continuo ofrecimiento de comida empujando al forastero a repetir tal o cual plato por no hacer feo a la familia de acogida. El vino, un buen vino de crianza, caldo de La Rioja Alavesa, fue el compañero cordial que ayudó a disolver carnes, lomos y chorizos en el laboratorio estomacal. Y por fin la fruta, variada, en frutero de cristal, puso color final a la cena. Recogidos cubiertos y vajilla, en la sobremesa se mezcló el orujo dulce, y el champán burbujeante con otras bebidas a las que se añadió reproches que el hermano puso encima de la mesa a la hermana. Reproches considerados por él muy próximos al agravio achacándoselos como pura deslealtad. Y que a ésta (a su hermana) le costó Dios y ayuda desenredar, o como diría Don Quijote ‘desfacer el entuerto’. Un poco ayudado por el camarada cuñado y esposo de la misma (que habló poco) y por su cuñada, antigua amiga, con su sereno y mesurado juicio.
-Pero, tú cómo puedes decirle eso a tu hermana. Estas mal de la chaveta ¿o qué?
Deshecho el enredo, se hizo un repaso del ágape o comida en honor de la hermana salvada felizmente de su grave enfermedad y tras decidir el regalo con que la obsequiarían se retiraron a descansar.
Observó en su camino hacia la cama que en el hall de entrada, a la izquierda, había una fuentecilla de alabastro de la que fluía agua cuando la luz se encendía. Y a la derecha un gran espejo a los pies del mismo una alfombra era el recipiente del calzado de calle. Y, se le había olvidado por completo, arcoirisándolo todo, desde el techo, una lámpara que llaman de araña.
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Observó en su camino hacia la cama que en el hall de entrada, a la izquierda, había una fuentecilla de alabastro de la que fluía agua cuando la luz se encendía. Y a la derecha un gran espejo a los pies del mismo una alfombra era el recipiente del calzado de calle. Y, se le había olvidado por completo, arcoirisándolo todo, desde el techo, una lámpara que llaman de araña.
Llegados a estas alturas del relato, plagado de detalles insignificantes pero imprescindibles para su cohesión, alguien podría preguntar acerca del personaje que, asegura este escribidor, y es verdad, el viajero lo halló en aquella casa. Ese personaje introducido con cierto misterio pero que no tiene, en si, nada de misterioso, ni mágico, sino al contrario es muy humano, incluso demasiado humano, según escribiera un poeta, y muy carnal y claro como la luz del día. Y no, aun no lo descubre. Porque todo aquel o aquella que haya leído este escrito tan pormenorizado en ciertos detalles comprenderá que tras tantas horas de viaje, su timidez enfermiza, la discusión de hermano y hermana, la cena, el orujo, el champán… y los diversos objetos disparando sus formas y colores al cerebro, no estaba predispuesto, él, más que para dormirse.
De modo que durmió. Si. Y soñó. Soñó con que se perdía entre colinas sin llegar a meta prevista porque se extraviaba entre un dédalo de montes y oteros, conocidos para más INRI en los que trabajaban mineros también conocidos que salían cansados de la faena, tiznados de negro carbón, delgados, hambrientos, que se unían a él perdiéndose entre vericuetos mientras sus mujeres e hijos esperaban verles aparecer con la comida en la mano y corrían a abrazarse a ellos sonriendo. Sueño entre placentero y angustioso.
La mañana siguiente, lo vio por la ventana, amaneció con algunas nubes que amenazaban lluvia. Se lavó en el cuarto de baño que, dicho sea al paso de estas letras, tenía todo lujo de detalles: taza, lavabo, bidé, bañera y toallas por todas partes: en la taza, en el lavabo, en el bidé, en la bañera; toallas de todo tipo: toallas valga la redundancia, toallitas, toallones, ¿alguna más? Pues si, pero ignora su nombre. Servicio de aseo de azulejos relucientes, sin el más mínimo atisbo de suciedad.
Volvió a la habitación y se vistió rápido. Tenían que desayunar e irse a otro pueblo donde se juntarían con otros invitados al ágape o comida en honor del ya mencionado familiar.
Mientras se vestía se fijó en la cama donde había dormido. De matrimonio. En medio de lo que llaman armario puente; es decir: dos columnas de armario o laterales, columna unidas por arriba por el altillo a modo de puente. A ambos lados de la cabecera de la cama tenía una mesilla de las que llaman de noche, con una lámpara cuyo pie era angelotes desnudos y rollizos. La habitación, con el suelo todo de moqueta, tenía una gran ventana con un radiador debajo de ella. No era una habitación grande, pero si muy cómoda. De forma cúbica no faltaba de nada, hasta tenía un televisor de plasma, una sillita para colocar la ropa, un mueble de madera con travesaños a modo de perchero y una lámpara de techo de cinco bombillas.
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La habitación, con el suelo todo de moqueta, tenía una gran ventana con un radiador debajo de ella. No era una habitación grande, pero si muy cómoda. De forma cúbica no faltaba de nada, hasta tenía un televisor de plasma, una sillita para colocar la ropa, un mueble de madera con travesaños a modo de perchero y una lámpara de techo de cinco bombillas.
Miró por la ventana. Enfrente, en el paisaje, el Museo Minero. Reminiscencia de tiempo pasado. Pasado pero aun presente en la memoria colectiva. Todos, quien más quien menos, habían sido mineros, hijos de mineros o vivieron de los mineros. Sintieron sus estrecheces, se unieron en sus luchas, confraternizaron con sus anhelos. Anhelos obreros, luchas obreras, estrecheces obreras. El concepto de clase obrera, la conciencia de clase había estado muy arraigada.
Un ejemplo aclarará lo que es eso: una vez, hace veinte años, se convocó una huelga general en la construcción; en la mañana de un día cualquiera estaban sentados en los escalones algunos obreros, descansando, mientras miraban el paisaje; en esto una mujer grita desde una ventana:
-¡Serán esquiroles! ¿Los veis? Hay huelga y están trabajando. ¡Hijos de puta!
Inmediatamente se levantaron de sus escalones y corriéndose la voz se formó una manifestación espontánea en dirección al lugar donde estaban trabajando unos albañiles. Desde lejos vieron venir la manifestación y huyeron de la obra los esquiroles.
Los que participaron en esta acción, hombres y mujeres, no tenían ningún vínculo con la huelga, los movió la conciencia de clase que resume el dicho ‘hoy por ti mañana por mi’. A 50 o 100 kilómetros de allí, en Azcoitia, municipio de la provincia de Guipuzcoa, donde también estaba convocada la huelga, en unas obras se trabajaba y en otras no; nadie se preocupó; los esquiroles siguieron currando sin que por eso las gentes de ese lugar se escandalizaran.
Esa conciencia de clase, como se ve, no está por igual en todas partes. Y puede que incluso aquí se esté diluyendo. El que esto les cuenta fue testigo, hace unos años, en un bar de Gallarta, viendo jugar una partida de cartas, de un diálogo en el que uno de los jugadores, ya mayor de edad, jubilado quizás, mostraba esa conciencia de clase  obrera, frente a un joven que ponía en primer lugar su conciencia de nación.
Ambos eran obreros. Pero uno, de mayor edad, declaraba no tener nación ni patria; y el otro, el joven, decía ser vasco, amar lo vasco, y tener una patria o nación, Euskadi, para él lo más querido. Y muy probablemente el de mayor edad hubiera venido a este pueblo a trabajar emigrando de su lugar de nacimiento; y el otro, joven, sería hijo de emigrantes.
El uno, el viejo, viviría la miseria en su tierra natal, allende los miles de kilómetros; y así mismo aquí el duro trabajo de la mina. Si en su pueblo estaba el terrateniente, el cacique, el amo de las tierras, aquí, en la cuenca minera, se halló con la empresa minera, con el socio capitalista, al que nunca conoció, pero si al listero, al capataz, al ingeniero jefe de la mina que lo siguió explotando; el otro, el joven, en cambio, se fue haciendo hombre en una sociedad cuya explotación tenía otras formas menos ácidas; y cuando su padre, en el verano, lo llevaba de vacaciones a su pueblo natal contemplaba el atraso del lugar, los menosprecios de los riquillos del pueblo y cuando de vuelta a Gallarta, a su casa, como esta en la que había dormido, en la que estaban invitados, comparaba ambas situaciones y en su fuero interno gritaría, primero ¡Gora Euskadi! Y luego ¡Gora Euskadi Askatuta!
Habría un conflicto entre padre e hijo: el padre hacía tabla rasa de diferencias: todos somos obreros, todos somos explotados, los obreros no tenemos patria. El hijo ponía énfasis en las diferencias colocándolas en el pentagrama de su pensamiento: no todo es lo mismo, hay diferencias, mi patria es Euskadi ¡Gora Euskadi Askatuta!
Quizás ese que el invitado no había visto aun en aquella casa estuviera más de acuerdo con el punto de vista del anciano que con el del joven. Incluso si el joven lo conociera, que no es seguro, se daría cuenta, a poco de indagar en el pensamiento del personaje, que ese grito no era propio de un proletario u obrero; sino de propietario autóctono o enriquecido allí. Pero eso… es otra cuestión que ha dado a la literatura revolucionaria marxista – leninista muchos textos desde que Stalin escribiera ‘El marxismo y la cuestión nacional’.
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Pero eso… es otra cuestión que ha dado a la literatura revolucionaria marxista – leninista muchos textos desde que Stalin escribiera ‘El marxismo y la cuestión nacional’.
En Artxanda, municipio y monte cercano a Bilbao, hay un restaurante llamado Simón. Hacia el se dirigieron todos para celebrar el ágape o comida en homenaje a ese familiar que se había salvado de una muerte cierta. Ese familiar era, y es, hermana de su mujer; por tanto era, y es, hermana de su camarada cuñado. El restaurante fue el lugar elegido para la celebración de la ceremonia culinaria y sentimental. Enclavado entre pinos y otras arboledas. Restaurante casi mirador desde donde se divisaba Sondica, su aeropuerto y otras poblaciones del entorno de la capital vizcaina.
Entre el arbolado numerosos merenderos ocupados por familias enteras. Niños jugaban en el césped. A la entrada del tal Simón una terraza llena de mesas, también ocupadas, bullía de gente comiendo o esperando para comer. Salían del restaurante hombres y mujeres con bandejas humeantes con morcillas, chuletas de carne o pescados llevando su deleite al estómago camino de las napias que recibían el regalo con anticipación trasmitiendo al cerebro la orden de segregar jugos. Era prácticamente un autoservicio.
Pero ellos no necesitaban servirse. Ya lo harían camareros y camareras por ellos. No en balde habían reservado mesa para de cerca de veinte personas.
Efectivamente, en la primera planta del local estaba colocada ya la mesa. Les sirvieron espléndidamente con cambios de vajillas y cubiertos por cada plato servido: hongos, ventresca de bonito, ensalada, carne asada servida en pequeños asadores, bacalao… todo ello regado por buen vino o cerveza y postres diversos. Terminando el ágape con café, copa y el que quiso puro.
No cabe duda de que el personaje ‘desconocido aun’ por los lectores y que él aun no había descubierto flotaba en espíritu sobre aquellos comensales. Todos de la cuenca minera. Descendientes de mineros. Pero ninguno minero. A saber: informáticos, delineantes, metalúrgicos, amas de casa, licenciados de telecomunicaciones, maestros de niños y dos niños. Todos de procedencia obrera. ¿Con conciencia de clase?...
Cuando apareció el ramo de rosas blancas, si rosas blancas no rojas, para la agasajada portado por los dos niños se le llenaron de lágrimas los ojos de la homenajeada y de otros muchos presentes. Momento este que fue inmortalizado por las numerosas cámaras fotográficas y móviles. Brillaron los flaxes. El grupo se movió. Quien más quien menos quiso llevarse un recuerdo de ese familiar. Luego las fotos fueron con la mujer de uno, con los niños, con la novia, con el padre, con el cuñado, con el primo… Fotos para el álbum o panteón familiar, como alguien denominó la colección de fotografías.
De vuelta a Gallarta aun pasaron por otro pueblo de esa cuenca minera para tomar la espuela; es decir: las últimas libaciones de licores, los postreras copas. Los cuatro coches que llevaron al ágape o comida, los cuatro coches regresaron sanos y salvos. Si solo fueron cuatro coches se debió a que no todos conocían la ruta hacia el restaurante. Y no por ahorrar gasolina. No. Lo decimos porque que habría seis familias y alguna de ellas tenía más de un automóvil. Y tampoco fue la crisis la que restringió el número de coches.
Y 7-
Y de regreso a la casa de Gallarta. Mañana volverían a su casa. Otra vez de viaje. Ahora a descansar del ágape. En esta Gallarta. Zona minera. Antaño. Lugar de nacimiento de Dolores Ibárruri, más conocida por La Pasionaria. Personaje cuasi mitológico de la lucha obrera y del comunismo y de la Historia de España. Antaño. Miembro que fue, destacado, del Partido Comunista. Gallarta, en la cuenca minera. Donde, antaño, naciera, como ya se ha dicho, el mentado Partido Comunista de España.
La señora de la casa, antigua amiga de su mujer, fue a atender a su anciana madre de la que ya hemos hablado. Férrea mujer cercana a los 100 años. Que había mantenido ella sola a su numerosa prole. Mujer de temple, hembra combativa, ya a las puertas de la muerte.
A diferencia del otro día, esta vez se sentaron en el salón a ver la televisión en un aparato grande, de plasma. Si bien, antes vieron en el ordenador las fotos sacadas en la comida o ágape.
El salón tenía a la parte izquierda un armario que ocupaba casi toda la pared. De madera. Color marrón. Las baldas tenían algunos libros aunque la mayor parte estaban ocupadas por figurillas alargadas y estilizadas adquiridas por la pareja en tierras exóticas donde habían pasado las vacaciones: Rusia, México, Francia, Cuba, República Dominicana, Portugal… El armario guardaba en sus cajones abundante ropa: sábanas, mantas, toallas, edredones… y en vitrinas, tras los cristales, relucían botellas, vasos, copas, platos… El salón tenía, además de piso de moqueta como la mayor parte de la casa, un tresillo y dos sillones, amplios, mullidos, acogedores; las paredes adornadas con cuadros de muy variada factura, así como otro sofá de dos cuerpos, una lámpara de suelo con amplio cílindro de pantalla de color blanco; en el techo una gran lámpara y para los pocos días de frío invernal dos radiadores. Salón iluminado de día por un amplio ventanal que daba a un paisaje siempre verde donde destacaba, enfrente, el Museo Minero, recordando un tiempo pasado que, quizás, poco a poco se olvidará. Y por doquier la cresta blanca de una planta exótica que va cubriendo todos los rincones: ocupando barrancos, invadiendo terraplenes, enseñoreándose de cunetas, adornando pinares… Y que dicen que produce alergías y otras enfermedades. Pero hace bonito y resalta a la luz del día.
Como tenían los invitados que irse al día siguiente se levantaron de sus asientos para acostarse.
Y fue entonces cuando lo descubrió. Cuando se dio cuenta de su presencia. De la presencia del personaje. Lo vio. Estaba allí. De perfil. Mirando hacia la ventana. Su rostro anguloso, decidido. ¿Qué miraba?... ¿El museo?... ¿La crisis? Quizás. Porque, efectivamente, dicen que hay una crisis. Y, habiéndola, el dirigir, por tanto, su vista hacia fuera, al exterior, a la calle sería de lo más lógico. Estaba convocada una huelga general para el día 29 de septiembre. Quedaba poco tiempo. De modo que, si las masas se levantaban en rebeldía, la calle sería un reflejo del descontento. Los gritos de los manifestantes subirían hasta el 5º piso y pudiera ser que recuperara, como en el día del Juicio Final, su cuerpo y alma originales. Cosas extrañas se ven a diario. Porque estaba allí. Lenin. En una foto o dibujo. De perfil. En un marco de 4x4. Mirando hacia la ventana. Allí estaba. Encima de la cabecera de la cama. Junto a otros objetos. Pocos. Se fijó en una matrioska antes de acostarse. Traída quizás, tal vez, a lo mejor, quién sabe…

viernes, 13 de agosto de 2010

José Mª Amigo Zamorano: Ya puede empezar la guerra



Desde el balcón el ojo balconeando, gomoso, absuelto de indiferencias, daba una lección lenguaraz a las bocas, rebosante de acontecimientos y de intervenciones y las incitaba y concitaba al blabladeo.

También en la terraza de la plaza recoleta las miradas, ahitas, empujaban a los labios en un bisbiseo imparable y desconsiderado.

Pero la noche, negra y poderosa, tapió labios y bocas hasta la llegada del alba propensa a las comunicaciones.

Así fue durante muchos siglos, tantos que se pierden en la medida de nuestra imaginación, hasta que a blabladeadores y bisbiseadores les alumbró la noche al principio con una debil lucecita de razón y luego con un potente haz de rayos deslumbradores. Entonces se consideraron iluminados de derechos y exclamaron:

-Ahora no hay corte que valga en el transcurrir del tiempo.

Y hasta en sueños la luz de la razón engendró sus monstruos.

Las blabladeados y bisbiseados desde balcones y terrazas, torturados con chismes, infundios y otras deliciosas habladurías durante el día, por la noche dormían a pierna suelta libre de murmuraciones, chismorreos, maledicencias y otras variopintas invenciones canallas.

Eran libres por la noche a la que adoraron como diosa.

Mas llegaba la aurora, brillante y enceguecedora, y los transformaba en muñecos propicios al hazmerrerir de los habituales del balcón y la terraza, gente occiosa dada a crucificar al vecino que se atrevía a transitar por el espacio donde reinaban sus ojos, gomosos, y sus miradas, ahitas.

Así fue durante cientos, miles de años, tantísimos que uno no acaba nunca a imaginárselos.

Pro un día en la negrura de la nocheles nació una leve luz en el cerebro que luego se hizo poderoso chorro de luz, alumbrando su desdicha con un halo de esperanza: la razón les parió  monstruos de defensa.

Entonces se digeron:

-Ahora no hay corte que valga en el transcurrir del tiempo.

Y hasta durmiendo la luz de la razón paría engendros de defensa.

Ya tenemos enfrente blabladeadores y blabladeados, bisbiseadores y bisbiseados.

Puede empezar la guerra.

jueves, 4 de marzo de 2010

Iswe Letu: Acérrimo adalid


Era minúsculo pero de aliento considerable.

Aunque, íntimamente, acérrimo adalid -uno de tantos entre los jornaleros- de que, al labrantío, se le dejase agonizar y morir en paz.

Recóndita propensión déspota para un quebradizo y escuchimizado cuerpo. Lógica en la escabrosidad de su alma herida y quebrantada. Y laborada con doladeras; fraguadas, eso si, en el dulce ensueño; que no otra cosa eran: artimaña, solo artimaña, labiodental: forraje o potaje que se engullía entre ellos, superficialmente; y tratando de derrumbar, desguarnecida y estúpida -pensaban- sensiblería pequeño burguesa: en la cual, no obstante, caían todos ellos.

En realidad, era un ansia de tierra para trabajarla en propiedad individual y, si pudiera materializarse, intransferible. Esa ansia se transformaba en odio cordial -pero odio a la postre- los domingos, cuando jugaban a las cartas; y a la atardecida, los pequeños propietarios, levantándose de la mesa, se despedían saludando, con harto dolor de su corazón, para atender al ganado y otros menesteres y, ellos, los jornaleros, respondían:

--"¡Ale!, el que tenga hacienda, que la atienda; y si no, que la venda"

Y seguían jugando a las cartas con una mezcla de envidia y gozo.

Intención tan íntima de reestructuración terrena, hay que decir, nunca fue llevada a la práctica con hechos colectivos; resignándose o conformándose, todos ellos, con los llamados "huertos familiares"; cuya productividad no alcanzaba para mantener una pierna, cuanto más para alimentar una familia entera.

Libélula negativa su íntima y volátil protesta por cuanto pendulaba en un océano de triple oleaje contrapuesto: querer y no poder y no actuar.

Consideraba, y consideraban, inconscientemente, dadivosa marejada su amargura; pero de tan minúsculas olas que hender, lo que se dice hender, no hendían nada.

Esa inferioridad, ese pequeño oleaje, no obstante, estaba adornado de ínfulas ególatras, humildísimas si, pero ínfulas; y que sirvieron para muy poco. Pobre marejada transmitida, al hijo emigrado, si no por una educación sistemática, que no pudo darle, y oralmente era comprometido, sí en la carne rasguñada.

Los nones mechados e insertados en el aire de su cabaña, ante la lumbre de su hogar, atravesado por corrientes heladas que latigueaban sus espaldas, después pude comprender el porque no salieron al exterior nunca.

Como pude entender que, la punzadura espiritual que guardó durante años y nunca la declarara, nada mas que a unos pocos, demostraba fehacientemente que un cuerpo, por muy pequeñito que sea o por muy degenerado que parezca, esconde un cerebro hecho durante siglos para eso, para cavilar.

Demostraba también el dicho, en lenguaje guerrero: "no hay enemigo pequeño".

Esta verdad de Perogrullo necesitaba demostrarse en un ser como este: sumiso, apocado, conformista, un si es no es imbécil, borracho muchas veces, casi enano, de barba negra y tupida como mono y un sonreír continuado como el tonto que parece que mira con la boca.

Necesitaba demostrarse cabalmente, para comprender las corrientes de pensamiento rebelde que, como un guadiana, aparecen y desaparecen a lo largo del planeta.

Esa verdad perogrullesca, que yo descubrí, me llenó de alegría pues echaba por tierra la concepción de las llamadas "minorías selectas inasequibles al desaliento".

Su casa, en la que entré una sola vez -recién encaladas sus paredes, y fregados y adecentados los suelos con, a modo de pintura, la mierda de las bacas convenientemente envuelta en agua y que olía a limpio- por lo que pude ver, constaba de dos partes: una espacio enfrente de la puerta, con leña y aperos de labranza y una cocina, diminuta, separada de lo anterior por una pared de adobes, a la izquierda; tenía esta cocina, en su frente, el hogar con lumbre de paja y un puchero al fuego; en la parte de la derecha, una mesa de madera donde cabían muy ajustadas dos personas; y mas a la derecha, un camastro donde dormía.

Me habló de bastante cosas: de su niñez en el orfelinato del que había salido sin transformarse en delincuente; y lo decía con orgullo pues distintos compañeros habían terminado en la penitenciaría; de la contienda del 36, en las filas antagonistas a la República; y porque le acarrearon a la fuerza, es un decir, pero de manera acostumbrada, al estar, como estaba entonces, en el servicio militar, dentro de la jurisdicción que quedó en poder de los sublevados contra la administración legítima.

Subrayaba lo de que fue acarreado a la fuerza, en razón de que muy bien pudiera haber guerreado en la otra zona, mismamente a la fuerza, de haberle pillado la sublevación en lado contrario.

El, de asuntos políticos, no entendía, aunque sí se le alcanzaba que fue a salvaguardar las posesiones de los labradores del pueblo y no nada suyo que no tenía ninguna propiedad.

Del desposorio con una muchacha a la que todavía rememora con apasionamiento y que, lamentablemente, se le murió al despuntar el retoño, un año sobrevivió con él solo --se le saltaron las lágrimas

-- Mese murió enseguida, ¡Dios la tenga en su gloria!

Aquí le interrogué sobre su religiosidad ya que iba al templo, los domingos y fiestas de respetar, sin fallar un día siquiera:

-- Algo tiene que haber. Aunque no creo yo que estos palos... Pero esto que no salga de aquí -dijo cogiendo dos maderos, cercanos a la lumbre, poniéndolos en cruz.

Y luego sus ojos se encendieron como dos ascuas.

-- ¡Ah!, pero Cristo: ese si... ¡como le maltrataron! -- concluyó.

Fue un razonamiento muy gráfico y no había que manifestar nada más: con eso valía.

Su protesta, alimentada, como se decía, de hambres y fríos, alcanzó colorantes asesinos que, bienaventurada o desgraciadamente --según se vea-- no pudieron encarnarse en hechos sangrientos, por afrentas recibidas, día a día, en su pueblo, por bravucones:

-- "Me cagüen..., por chulos: que eso es lo que son".

En una bodega, un poquito embriagado, extrajo una navaja con la determinación de rajar al pimpollo de un propietario que conceptuó a su desposada de ramera; el otro se rió de él abusando de su considerable reciedumbre; le inmovilizó el brazo armado con una mano y con otra mano le apretó la mollera hasta metérsela en la cubeta de vino; indefenso como estaba, y de impotencia lleno, le dio un ataque de nervios y tuvieron que trasladarlo al domicilio; desde aquel tiempo lo trataron de borrachín y, como tal beodo, se encurdelaba muy a menudo.

En las viviendas --no en todas-- donde sirvió le proporcionaban "vino como quien echa pienso al cerdo".

En los últimos tiempos del franquismo, como decía, los vínculos con los propietarios se habían despersonalizado hasta extremos de ajustarse por una porquería de estipendio y a la hora de la comida "te echaban a casa".

-- "Antes, por lo menos, comías con ellos y de su misma comida; y, si no todos, algunos te trataban como uno más de la familia; ahora eso se acabó; y no me gusta " -concluía.

Su rabia comenzó empozándola para dirigirla después hacia los que quieren guadañar el mas mínimo brote de protesta; pero en una inclinación espermática vacióla en su esposa que le dio un descendiente, como ya se ha dicho, aunque falleciera a consecuencias del alumbramiento, como también se ha dicho.

Inmortalizó aspiraciones en consumado acontecimiento amoroso, con toda la imperfección, pero con toda la esperanzada y alabanciosa polidipsia.

Un día será coronada de abricotinas, o pernigones, o ciruelas que tanto le gustaban; aunque la sangre manche todas las paredes.

Sangre que vio como le brotaba a su hijo cuando se le resbaló del catre y se rompió la cabecita; fue el principio de una sucesión de adversidades hasta que consiguió, mediante el venerable del pueblo, llevárselo a un establecimiento de caridad.

-- "Me cagüen... vaya si lo logré".

La ventisca debeló lánguida hojarasca y él, sin ser consciente de su labor, o por serlo, marcaba un precedente colactáneo al prolongarse en su descendiente; produciéndole una sublime delectación; placer resbaladizo difícil de apresar por los enemigos que llevó, siempre, marcados en su cerebro como con hierro al rojo vivo.

Ya anciano y apoyado en un báculo, para disimular la renquera de una pierna que le apareció a continuación de un mal, fue a cobijarse, con su retoño emigrado, a un pueblo éuscaro allá por los años de mil novecientos setenta y tantos.

Un día, contemplando la manifestación de los obreros de una papelera -encabezando la cual iba su vástago, entre otros, en vanguardia, agarrando la pancarta- como viera un vehículo de la policía, que él creyó, se lanzaba a toda velocidad contra los proletarios, temiendo seriamente por la supervivencia de su sucesor, se interceptó en la trayectoria del móvil.

Y lo hizo gritando algo que había oído vocear, bastantes veces, por aquellos lares. Algo que, aunque no entendía, le parecía un insulto gigantesco, muy sonado, taumatúrgico. Ese algo le brotó de un manantial acibarado. Ese algo cuyo espíritu, para él, se transformaba en despachurrador de hacendados perdonavidas de su pueblo.

Ese algo se le desbordó en su boca sin comprender que, precisamente eso, ese algo que nombraba, permanecía absolutamente indiferente a la huelga y a la manifestación que capitaneaba su hijo.

Y gritó: "Gora eta mil...". Y el automóvil le mutiló el grito y el cuerpo.

Murió atropellado por un auto policial sin que sus ocupantes penetraran en el porqué de su actuación.

Y menos, claro está, en la sonrisa que afloraba en sus labios mientras moría.

Fue poca cosa de cuerpo pero de aliento considerable.

jueves, 26 de febrero de 2009

Recordando a Concha Tristán que acaba de morir

(In memoriam de Concha Tristán, militante del FRAP, última mujer condenada a muerte por el franquismo que acaba de fallecer)

(tomado de: http://senocri.blogcindario.com/ ) que tenía por título: 'A. Z. García Amigo: ¡27 de Septiembre, Justicia Popular!'

Érase una vez una golondrina muy muy joven que vivía feliz con sus padres, jugaba con sus amigas y ya comenzaba a trabajar llevando barro en el pico para construir su nido. A pesar de su juventud había realizado aventuras, a veces peligrosas, que mostraban a las claras su generosidad y su arrojo. Era dichosa.
Pero por azares del Destino que unos veces es bienhechor y otros maligno se quedaron prendidas sus patas, a la vera del arroyo, de un barro arcilloso. Por mas que hizo para desprenderse de él no lo logró. A cada movimiento se hundía más y más en el barro. Hasta que ya muy cansada se abandonó a su suerte y el barro la tragó.
Al poco acudió al arroyo un alfarero a coger arcilla para su trabajo porque se le habían agotado las subsistencias. Metió una buena cantidad en un zurrón y regresó a su taller.
Como habréis adivinado dentro del barro latía aun la galondrina de nuestra historia sin que el alfarero lo supiera.
Allá, en el nido de la golondrina, sus padres, como no regresara a tiempo, comunicaron su inquietud a los vecinos. Quienes ayudaron a buscarla por todas las partes. Infructuosamente. Y pensando que habría muerto se hundieron en la tristeza y la lloraron amargamente.
Mientras tanto, el alfarero puso parte del barro en el torno y comenzó a modelar un jarrón. Metió los dedos en la masa para hacerle el hueco a la vasija, viéndose sorprendido con un bulto que iba saliendo en la panza de la vasija. Y ya iba a quitárselo cuando le llamó su mujer.
Contempló un instante su obra y la dio por bien hecha. Al fin y al cabo el abultamiento tenía forma de pájaro.

-¿Quién va a pensar que es un pedrusco?, pensó para si.

De modo que, como la mujer arreciara en sus gritos, cogió con rapidez la pieza y la puso junto a las otras para que se secara al sol.
Y se fue.
La golondrina, porque el bulto como ya hemos dicho era ella, al sentir los rayos del sol y viéndose casi libre comenzó a moverse intentando apartar de si la suave y débil capa de arcilla que la cubría. Cuanto más esfuerzos realizaba más forma de golondrina adquiría. Luego, podría volar y volar para reencontrarse con sus padres y amigas que echaba mucho de menos.
Para su desgracia no solo se movía ella, también lo hacía el sol, señor de los cielos. Era verano y alcanzaban de lleno sus rayos ardientes a las vasijas del alfarero. En poco tiempo la fina capa que rodeaba a la avecilla se fue endureciendo, con lo que que la golondrina viose abocada a permanecer en el jarrón.
Mucho lloró. Tanto, que la arcilla que cubrian sus párpados se deslizó en forma de gota dejando libres sus ojos. Volvió a ver la luz y con ella a sus amigas que volaban, incesantes, por el cielo preguntándose dónde estaría su amiga: aun tenían la esperanza de volver a verla.
Sintió alegría y pena; alegría de dejar un mundo oscuro y pena por el encierro en la que se veía presa. Una cárcel arcillosa.
Esto pensaba la golondrina cuando el artesano regresó a su faena, triste y compungido por las deudas en las que estaba encarcelado y que le tenían el corazón en vilo.
Continuó su trabajo sin el más mínimo aliciente. Las ideas volaban por los más negros espacios augurales. ¡Qué sería de su familia!
Pintaba sus vasijas sin ganas, mecánicamente.
Mustio y mohino se hallaba al coger del suelo el jarrón que, como se ha dicho más arriba, dejó cuando su mujer le llamara para lamentarse de que su bolsa se hallaba vacía de monedas y preguntarle, de muy malos modos, de dónde sacaría dinero para subsistir. No supo qué contestarle. Pero ahora, al ver la vasija, se le iluminó el rostro. El vientre del jarrón tenía una protuberancia de pájaro perfecta. Paseó sus manos por el bajorrelieve pareciéndole que la forma estaba viva. Hasta creyó ver como se movían sus ojos. Se dio una palmada en la frente como para ahuyentar sueños.

-¡Que tonto soy! Cómo se van a mover los puntos negros de algún pedrusco...

Hay que decir, para que se entienda bien el relato, que el hombre era un artesano que tenía una gran sensibilidad y comprendió que se hallaba ante una forma de exquisita factura. Necesitaba, eso si, darle una capa de pintura para que ese bulto adquiriera el color de una golondrina viva, tal que llorara desesperada por desprenderse del resto del jarrón.
Había creado una obra de arte. Única y valiosa. Y fue consciente de ello.
Los miércoles, en aquella localidad donde vivía nuestro hombre, había mercado y como todos los miércoles acudió con sus piezas de barro a su puesto. Colocó sus piezas, saludó a los verduleros y verduleras, a los pajareros, a los vendedores de pescado, a los meloneros... Luego se puso a vocear sus mercancias. Voces que se confundían con las de otros artesanos y comerciantes. Una alegre algarabia se adueñó del mercado semanal. Funcionarios, campesinos, estudiantes, amas de casa... iban acercándose hasta los distintos chiringuitos.
Él esperó a que las gentes se fijaran en sus creaciones.
Un niño que paseaba cogido de la mano de su madre exclamó:

-¡Mamá! Mira ese jarrón tiene una golondrina posada en su barriga.

Y fue como, si de repente, descubriera algo que todos habían percibido pero que no se habían atrevido a decir en voz alta no fuera a ser que los trataran de locos.
Efectivamente, los viandantes se admiraron de este logro artístico, lo elogiaron, felicitaron al artesano y pujaron por comprársela. La vendió a un buen precio.
Antes de que se la llevara una señora la besó en el lugar donde estaba la golondrina que sintió su beso y se emocionó.
Ya no tendría problemas económicos. Podría pagar todas las deudas, porque, además, había vendido la totalidad de sus piezas.
Marchó alegre el alfarero. Y contenta así mismo se fue la golondrina con la compradora por haber conseguido la felicidad de aquel hombre.
La mujer que compró el jarrón lo puso en la repisa de la chimenea del salón. Desde allí veía el avecilla un mundo extraño y limitado: sofás y sillones donde se sentaban la mujer, su marido y tres hijos; y donde dormitaban a menudo dos gatos, uno negro y otro blanco. En mesillas y aparadores había macetas con plantas de nombres que nunca había oido: spatillyum, calas, palmeras... Otras plantas de raros nombres estaban colgadas del techo.
Lo que mas le gustó fue un pajarillo. Estaba, como ella, encarcelado en una jaula. Aunque la diferencia era notable, porque él podía utilizar sus alas y ella no. Algunas veces, al ver al pajarillo volar de travesaño en travesaño se sublevaba erizándosele las plumas que, enseguida, se encontraban con la dureza de la arcilla y le dolían. Intentaba romperla. Su esfuerzo sin embargo era vano.
Al esposo de la señora le pasaba algo parecido con sus brazos. Su movilidad era limitada. Pero en la desgracia hay diferencias de mucha naturaleza: la parálisis de ella era casi total; la del hombre era parcial; y la del pájaro era relativa, solo relativa; su cárcel era de arcilla; el molde del señor era de carne; y el del pájarito era casi invisible, etérea.
Cuando se comparaba con el hombre que estaba ahí, sentado en el sillón, volvía a rebelarse contra su infortunio, porque sus piernas se movían y podía ir de un lado a otro. Ella en cambio...
Eran momentos de rabia y de impotencia para el ave emigrante. Y si no fueran amortiguados por el trato amable, casi amoroso, que recibía el jarrón golondrinero siempre acariciándolo, o besándolo, o aseándolo... no sabe qué habría hecho.
Lo peor fue cuando colocaron un ramo de flores, al recordar de pronto, dolorosamente que, ella, había sobrevolado campos cuajados de esas mismas flores. Fue un ramalazo de nostagia que recorriera su ser. Y volvía a encender su rebeldía contra la injusta situación en la que se encontraba. Luego, se iba aquietando. Por otra parte, no podía acusar a nadie de su estado.

-¡Maldito Destino!, exclamaba.

Y se ponía a soñar que volaba.
Tantas y tantas veces pusieron flores en el jarrón que, paulatinamente, lo fue tomando como un regalo natural para ella.
Las flores le traían aire fresco y noticias del mundo exterior. En cierta ocasión, recordaba, una de las flores se curvó cayendo cerca de sus ojos. Era un clavel rojo de aroma profundo y muy agradable. Sintió deseos de charlar con él porque, antaño, aprendió el lenguaje de las flores:

-Hola Clavel, ¡qué olor tan penetrante tienes!


-¿Me conoces?


-Claro, yo antes volaba por encima de los campos donde había muchas flores.

-¿Antes?... Y ahora, ¿por qué no lo haces?


-Es que estoy encerrada en este jarrón.


-No te entiendo... Lo que si sé es que estás como yo: me han metido a la fuerza en este recipiente. Y menos mal que el agua que tiene en el fondo alivia el dolor, porque cuando me cortaron con las tijeras sentí un dolor horrible y comencé a sangrar. Ahora ya me duele menos.

-¿No lo entiendes?... En fin, sería muy largo de contar... Cada uno tiene su cruz... Oye...


-Dime.


-A mi el color de tus pétalos me recordó la sangre de una amiga que se sacrificó por una causa noble.

-No serás tú una de las 5 del 75...


-No. Que yo sepa. No conozco esa historia. Soy, eso si, una de las 100.


-¿Si? ¿De la bandada que encabezó la hija de aquella que se sacrificó por los hombre y que se cuenta en El Príncipe Feliz?

-Una de ellas. ¿Has oído la aventura?


-Algo se contaba por los campos de claveles. Pero me gustaría oirlo con tus propias palabras. Tú, que fuiste protagonista.


-Vale. Te la contaré con la condición de que no me interrumpas. Si lo haces se me corta el hilo y me pongo a llorar.


-De acuerdo.

-Verás: habíamos venido de África aquella primavera. Mi familia y yo hicimos un nido debajo del alero del tejado y un niño de pocos años me dio un día, que me posé en el alfeizar de la ventana de la habitación donde dormía, unas migas de pan. Lo agradecí porque, por aquel entonces, no abundaba la comida en los campos. A partir de ese momento acudi todos los días y siempre siempre tenía algunas migajas para darme. Y si no se encontraba allí dejaba un platillo con miguitas de pan. Llegué a ser amiga de él. Creo que nos queriamos mucho.

Por la mañana me levantaba temprano, volaba hasta los cables de la luz que había a la salida del pueblo. Allí se iban posando mis amigas y, cuando la aurora asomaba sus rayos, levantábamos el vuelo hacia los campos.
En una de esas travesías volanderas estaba cuando descubrimos asustadas un águila. Temblamos y en un quiebro veloz, en un arabesco de sombra, nos ocultamos entre las yerbas de un prado. Así estuvimos un tiempo hasta que la hija de la golondrina del cuento quien, como ya sabes, estaba con nosotros porque no quiso ir a Inglaterra y se vino a España, levantó el vuelo. Aun continuaba la rapaz en el cielo. No obstante seguimos volando sin perder de vista a la carnicera. Volabamos siguiendo los movimientos ondulantes del viento sobre los cereales y las hierbas: subíamos y bajábamos. Eran dignas de verse nuestras filigranas de baile en busca de insectos. ¡Ah! Viviamos...
En uno de los vuelos percibí que por un camino venía andando un niño. Enseguida conocí que era mi amigo. Se dirigía, sin duda, hacia el patatal que sus padres estaban regando. Me inquieté. Si lo descubría el águila, pobre de él. Porque era mala. Muy mala. Y tenía hambre. Mucha hambre. Y, claro, lo descubrió, ¡menuda vista que tiene la pájara! Colocose encima de él volando lentamente, como si planeara. Se lo comuniqué a Golondrina Fiel (llamaré así a la golondrina de la que ya te he hablado) Nos dijo que nos reuniéramos volando en torno a ella que nos hablaría. Pero que, como era peligroso lo que nos iba a proponer, solo lo hicieran las voluntarias. Las demás podían proseguir su vuelo. Algunas se fueron. Pocas. Nos quedamos 100. Por eso nos conocen como la bandada de las cien. Afirmó que la única manera de salvar al niño era distraer al aguila atrayéndola hacia nosotras. Aun a riesgo, cierto, de perder la vida alguna. Como así fue. Nos acercamos en bloque y el águila que planeaba, como ya te he dicho, siguiendo la trayectoria del niño, se vino hacia nosotras. Como teníamos previsto nos lanzamos en picado hacia la tierra. Una sorpresa le preparábamos de la cual se iba a acordar el águila toda la vida: en una huerta, cerca del patatal, donde trabajaban ajenos a esta batalla los padres del niño, se elevaban, clavadas en tierra, unas estacas en punta hacia el cielo para que treparan las matas de habas. A una señal de Golondrina Fiel, 99 de nosotras nos apartamos de ella que se dirigió a posarse en una de las estacas seguida muy cerca por la depredadora. Tan ciega iba, por el hambre y la ira, el águila carnicera que se jincó en la estaca. Desgraciadamente, nuestra compañera y guía no tuvo tiempo de alejarse lo suficiente del área de acción del aguila quien con una de sus garras la desgarró. Cayó Golondrina Fiel cerca del pico del aguila que aleteaba de dolor queriendo desasirse de esa trampa mortal. Golondrina Fiel pereció, pero salvó al niño. Reemprendimos el vuelo entristecidas por la muerte de nuestra hermana. Vi al niño que me saludaba con la mano. Me había conocido.

Así terminó el relato de la aventura y el clavel se sintió tan conmovido que dejó caer un petalo rojo en honor a la heroina muerta.
Quería decir algo pero no tuvo ocasión porque la señora de la casa cogió las flores del jarrón y las echó a la bolsa de la basura. Y es que al ver el pétalo en el suelo creyó que se estaban mustiando. Ella no entendía el lenguaje de las flores.
Muy sola y triste se quedó la golondrina emparedada en su arcilla. Solo los ojos le unían al mundo objetivo exterior. De allí recibía un panorama pobre para la que había sobrevolado casas, campos y montañas, ríos y mares: dos sofás, dos sillones, unas plantas, tres paredes y un pararillo en su jaula recordándole, una vez más, su desgracia y los grados de ella: primero, segundo, tercero y aun existía uno más: el de los deshauciados. Y como el que no se contenta es porque no quiere, ella se podía dar con un canto en los dientes: no estaba deshauciada. Nadie le había dicho que fuera a morir.
Se le elevaba entonces la moral, se henchía de optimismo, pensando en su valentía o en el sacrificio de su amiga. No se daba por vencida.
Para distraer su soledad se pudo a rememorar su charla con el clavel:

-¿Qué habría querido decir con eso de que si ella no era de las 5 del 75?... ¿A qué se refería?...

Se quedó un rato pensativa.
Mas tarde soñó que volaba.
La vida en aquella casa no tenía muchos altibajos; podría decirse que era monótona y aburrida: los hijos estudiaban (no todo lo el padre quisiera), la mujer iba al mercadillo los miércoles y el hombre escribía o leía (a veces en voz alta). Veían la televisión... En fin, como la mayoría de las familias.
La golondrina desde su encierro oía las lecturas del señor de la casa sin poner mucha atención. Sin embargo una que se refería a la madre de Golondrina Fiel. Era el cuento de 'El Príncipe Feliz' que había mentado el clavel. Le emocionó mucho y derramó abundantes lágrimas. El final de madre e hija era trágico: el sacrificio por una causa hasta la muerte.
Aunque es mas corriente de lo que suele creerse, pues lo hacen miles de seres, si no millones, toda la vida. La diferencia en la heroicidad, como en las desgracias, radica tan solo en el fulgor doloroso del instante de bravura, en unos casos; en otros el sacrificio es una resistencia gris sin brillo, pero no menos heroica a lo largo de toda la existencia de esos seres. Esa es la diferencia, ese el grado.
Le vino a corroborar este pensamiento la lectura de esa historia que narra la decisión de un ave de lanzarse a los cielos, aun herida, a riesgo de perecer en el intento, con tal de sentir el aire, la altura, la sensación de libertad.
Gesto valiente, brillante como el filo de la espada, pero su fulgor ciega sin dejar ver que es un gesto gratuito, ajeno a generosidades. Inútil, por tanto. Es rayo que ilumina cegando. Locura de los valientes. Para algunos la única sabiduría. La de los héroes. La de los arrojados. La de los valientes. No quería quitarle ella mérito, pero tampoco se uniría a la postura de los que esconden la otra, la de los de abajo que no brilla como el oropel, siendo valiosa, oro puro para los suyos, que es la de todo el común. Esta abre caminos a los que viven en el infortunio, en la desesperanza, elevándolos por encima de todas las desgracias. Muchos héroes hay que deambulan cabizbajos. Y sólo necesitan que las condiciones maduren para que, también, surja en todo su esplendor la capacidad que encierran en esa apariencia pálida. Se mostrará con clara intensidad que estaban hechos de pequeñas heroicidades que habían llegado a un punto de cocción preciso dando como resustado la magna obra que ya latía por debajo.
Descubre que ella es así: late, nunca mejor dicho, bajo la superficie.
Con motivo del cumpleaños de la mujer de la casa, el 27 de septiembre, los hijos le compraron un ramo de flores en el que venía una nota:

-"Tus hijos te desean feliz cumpleaños y te anuncian que tu hija ha aprobado la carrera".


-¿Si? ¿De verdad? ¿Has aprobado?... Este es el mejor regalo que he recibido en mi vida.

Lloró emocionada. Era verdad. Había aprobado. Su nota aparecía en Internet. En la web de su universidad.
El ramo de flores estaba encima de la mesa del salón y los gatos subieron a oler las flores. Para que no las estropearan las puso en el jarrón quien, como siempre, estaba en la repisa de la chimenea. Llenando de alegría a la golondrina que, así, podría charlar con las flores.
El día era uno de esos luminosos de finales de septiembre. El sol calentaba con fuerza. Por el cielo volaban, con alegres chillidos, numerosas avecillas. La mujer, en un arranque de desbordada alegría, abrió la ventana del salón de par en par para que entraran los rayos de sol a raudales y colocó la vasija en el alfeizar. La mujer y la golondrina respiraron profundamente. Miran al frente. Al cielo. Al fondo del cielo. A la calle. Al fondo de la calle. Venía mucha gente en manifestación. Se retiró de la ventana la señora para comunicárselo a sus hijos.
Como era la primera vez que habían colocado el jarrón en ese lugar la golondrina, ahora, veía un panorama connatural a ella: cielo azul, aves volando, nubes blancas, sol... ¡aire!, ¡libertad!... Por un momento se sintió libre de ataduras, de cárceles, de aherrojamientos... ¡de barro endurecido! Estaba en otro mundo. En su mundo...
Le sobresaltó la pregunta de un clavel:

-¡Oye!, ¿no eres tu una golondrina?


-Ya se ve.


-¿Y no serás por casualidad una de las 100?


-Estuve en aquel suceso. Ahora me encuentro encerrada en esta prisión.

Y le contó su desgracia.

-Hemos oído que cuatro del grupo de las 100 te están buscando. El resto emigró hace tiempo. Se lo voy a decir a mis parientes. Se alegrarán.

-¿Los tienes aquí?


-Si. Somos 3 hermanos y 2 primos. Yo me llamo José Humberto y mis dos hermanos se llaman José Luis y Ramón. Y los primos Txiqui y Otaegui. En realidad todos somos claveles...


-¿De dónde vienen esos nombre?

-Como te digo todos somos claveles. Pero la estudiante que ha aprobado la carrera nos ha bautizado así dándonos un beso. ¿Sabes qué día es hoy?


-No.


-27 de septiembre.


-¿Y?

-¿Y?... ¡Ah! ¡Ya entiendo! Tu desapareciste antes de que ocurriera esta historia. Te la contaré brevemente: hace unos años vivió un hombre malo que tenía por nombre Franco y no porque fuera sincero y abierto. No. Dirigía una dictadura cruel y sangrienta contra el pueblo. Mucha gente, la mayoría, lo odiaba. Luchaban como podían contra él. Contra esa dictadura militar. Entre ellos los jóvenes. Cinco decidieron combatirla con todas las armas en sus manos. Otros muchos también. Y se opusieron, legitimamente, a la violencia dictatorial con la violencia de la libertad. Eran débiles. Eran pobres. Eran pocos. Pero eran puros. Marcaban camino al andar. Pero los apresaron, los torturaron y los asesinaron un 27 de septiembre de 1975. Y todos los 27 de septiembre se celebran actos en su memoria. Colocan claveles rojos en sus tumbas que los malos arrebatan de ellas. Golondrinas en guardia se encargan de reponerlos en recuerdo y homenaje a esa golondrina generosa y a su generosa hija que sacrificaron su vida por los demás. Este año tocaba a las 5 últimas golondrinas del grupo de las 100. Es importante este simbólico acto porque, muchas, han ido perdiendo el recuerdo de aquello o se han dejado llevar por el desengaño o porque las tareas le ocupan tanto tiempo que las agota y cuando llegan al nido permanecen mirando como espectadores hasta que se duermen.

-Tal vez muchas, como yo, contemplan prisioneras el devenir de los acontecimientos sin poder hacer nada. O son prisioneras porque nadie les ha enseñado el modo y manera de contribuir con su acción a transformar las cosas. Paralizadas por la ignorancia. Se encuentran metidas en la mazmorra de la impotencia.

-Por eso es imprescindible tu concurso para mantener viva la llama de todo lo que es hermoso y justo y por lo que merece sacrificarse. En nosotros, los claveles, se halla la sangre de todos los héroes que en el mundo han sido y su aroma se expande en amoroso recuerdo.

-¿Y yo qué puedo hacer?


-Salir de ese encierro rompiendo los muros que te aprisionan. Para ello se necesita voluntad y determinación. La inteligencia te mostrará el camino.

-Eso... es más fácil de decir que de llevarlo a cabo... ¿Qué se oye?...


-Son los gritos de los manifestanes que se acercan.


-Dicen: ¡27 de septiembre, justicia popular! Lo oigo...


-Pero mira, se acerca a la acera, debajo de nosotros, un hombre con una pistola.


-¿Quién es?

-¿¡Quién va a ser!? Un partidario del asesino que mató a esos cinco jóvenes, con cuyos nombres nos ha bautizado la estudiante a mi y a mis hermanos. Por cierto, que aun no les he dicho que estás aquí. ¡Eh, hermanos! ¡He hallado a la golondrina de la bandada de las 100 a quien buscaban sus cuatro amigas! ¡Está aquí!...

Se produjo un movimiento en el jarrón por la alegría de los claveles, y por el aire movido por las alas de cuatro golondrinas que se posaron en el alfeizar; alfeizar al que acudieron los dos gatos de la casa atraidos por las aves; alfeizar donde la joven llegó llorando (acababan de comunicarle que la nota aparecida en Internet era un error) a proteger las flores y el jarrón de su madre.
Alargó la mano, pero no pudo impedir que se precipitaran al vacío.
Fueron pocos segundos pero la golondrina se vio colmada de una dicha infinita, sintiose cual si volara libre y soberana por el cielo azul, purísimo, de ese día soleado de septiembre. Hasta que chocó el jarrón en la cabeza del que se disponía a herir con su arma a pacíficos manifestantes. Ahí quedó, desmayado, en el suelo, entre los trozos del jarrón hecho añicos, mientras arreciaban los gritos de los manifestantes:

-¡Vosotros fascistas sois los terroristas!

Manifestantes que aplaudían vueltos hacia la ventana, donde una joven, flanqueada por un gato negro y otro blanco, lloraba embargada por la pena y la emoción.
Las cuatro golondrinas revolotearon con un clavel en el pico en torno a su hermana quien, aturdida, se recuperaba libre de encarcelamientos arcillosos, los cuales quedaron esparcidos por el suelo junto al clavel rojo.

Y el cuento aquí acaba sin decirnos si la pobre golondrina llegó a recuperarse del todo.

Ni si vivió feliz y comió perdiz.