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martes, 10 de mayo de 2011

Otto René Castillo: Vámonos, Patria, a caminar (1)


 Vámonos, Patria, a caminar; yo te acompaño.

Yo bajaré los abismos que me digas.
Yo beberé tus cálices amargos.

Yo me quedaré ciego para que tengas ojos.
Yo me quedaré sin voz para que tu cantes.
Yo he de morir para que tu no mueras,
para que emerja tu rostro flameando el horizonte
de cada flor que nazca de mis huesos.

Tiene que ser así, indiscutiblemente.

Ya me cansé de llevar tus lágrimas conmigo.
Ahora quiero caminar contigo, relampagueante.
Acompañarte en tu jornada, porque soy un hombre
del pueblo, nacido en octubre para la faz del mundo.
¡Ay, Patria!

[...]

Por ello pido caminemos juntos. Siempre
con los campesinos agrarios
y los obreros sindicales,
con el que tenga un corazón para quererte.

Vámonos, Patria, a caminar; yo te acompaño.

Pequeña Patria mía, dulce tormenta,
un litoral de amor elevan mis pupilas
y la garganta se me llena de silvestre alegría
cuando digo patria, obrero, golondrina.

Es que tengo mil años de amanecer agonizando
y acostarme cadáver sobre tu nombre inmenso,
flotando sobre todos los alientos libertarios,
Guatemala, diciendo, Patria mía, pequeña campesina.

¡Ay, Guatemala!,
cuando digo tu nombre retorno a la vida.
Me levanto del llanto a buscar tu sonrisa.

Subo las letras del alfabeto hasta la A
que desemboca al viento lleno de alegría
y vuelvo a contemplarte como eres,
una raíz creciendo hacia la luz humana
con toda la presión del pueblo a las espaldas.
¡Desgraciados los traidores, madre patria, desgraciados.
Ellos conocerán la muerte de la muerte hasta la muerte!
¿Por qué nacieron hijos tan viles de madre cariñosa?

Así es la vida de los pueblos, amarga y dulce,
pero su lucha lo resuelve todo humanamente.
Por ello, Patria, van a nacerte madrugadas
cuando el hombre revise luminosamente su pasado.
Por ello, Patria,
cuando digo tu nombre se rebela mi grito
y el viento se escapa de ser viento.
Los ríos se salen de su curso meditado
y vienen en manifestación para abrazarte.
Los mares conjugan en sus olas y horizontes
tu nombre herido de palabras azules, limpio,
para llevarte hasta el grito acantilado del pueblo,
donde nadan los peces con aletas de aurora.

La lucha del hombre te redime en la vida.

Patria pequeña, hombre, y tierra, y libertad
cargando la esperanza por los caminos del alba.
Eres la antigua madre del dolor y el sufrimiento.
La que marcha con un niño de maíz entre los brazos.
La que inventa huracanes de amor y cerezales
y se da redonda sobre la paz del mundo,
para que todos amen un poco de su nombre;
un pedazo brutal de sus montañas
o  la heroica mano de sus hijos guerrilleros.

Pequeña Patria, dulce tormenta mía,
canto ubicado en mi garganta
desde los siglos del maíz rebelde:
tengo mil años de llevar tu nombre
como un pequeño corazón futuro
cuyas alas comienzan a abrirse a la mañana.

__________
(1) Del poemario del mismo título 'Vámonos, Patria, a caminar' publicado en Ediciones Guatemala en 1965

(De la antología 'POESÍA REVOLUCIONARIA GUATEMALTECA. de Mª Luisa Rodríguez. Edita: Zero, S.A. Madrid, octubre 1969)

martes, 26 de enero de 2010

Nombrar a Anthony Phelps y a Rony Lescouflair es recordar a Haití (*)

A propósito de Haití

Por: José Carlos Yrigoyen

Tomado de: http://www.elhablador.com/blog/

“Oh país mío, tan triste es la estación / que ha llegado el tiempo de hablarse en señas”, escribía el poeta haitiano Anthony Phelps a finales de la década del sesenta en su vibrante poema “Mon pays que voici”. Phelps, nacido en Puerto Príncipe en 1928, ya por entonces había publicado dos libros fundamentales para entender la poesía haitiana contemporánea: Éclats de silence, en 1962, y el que da nombre al poema antes citado, en 1968. Había pasado años en las infernales prisiones del duvalierismo, iniciado unos años atrás su exilio en Canadá, el cual se remontaría hasta mediados de los ochenta; era parte de esa generación de poetas cuya voz había surgido casi al mismo tiempo que la llegada del torvo Francois Duvalier, y al igual que sus compañeros, había elegido convertir su poesía en un arma y su obra en la denuncia del régimen que hacía padecer horrores medievales al pueblo haitiano. “Quién no duda ante el esfuerzo por cumplir / ante la ostentación de un mundo por construir o reconstruir / cuando la podredumbre febril lo roe hasta su síntesis / hasta su profundo desdoblamiento.” Se preguntaba Rony Lescouflair en la cárcel, donde había ido a parar por sus poemas contra el autonombrado presidente vitalicio, el que mandó erigir un enorme panel en la bahía de Puerto Príncipe compuesto por gigantescas letras rojas donde se leía esta frase pronunciada en alguno de sus inacabables y paranoicos discursos: “Yo soy la bandera haitiana, una e indivisible”, aquel que un día lo mandó matar mediante su brutal policía al darse cuenta que ni las amenazas ni las torturas podían silenciar sus llamados de pasar a la acción para destronar al opresor: “No basta tener sed para hacer brotar la fuente. Es necesario escarbar la tierra hasta lo más profundo de sus entrañas, y con los propios dedos”. La poesía haitiana coincidía en que había temas urgentes que tratar, y que no sólo era su misión describirlos sino ser parte activa del cambio de las cosas. Rehuyó el puro lamento y el miserabilismo –al menos en sus poetas más destacados- y el terror la volvió lúcida, aguda y muchas veces hasta paródica, en un intento de reflejar una realidad que a veces no se podía tomar de otra manera: “Tres veces cantó el gallo; / Pedro no traicionó: / se hizo diplomático”, escribió Lescouflair unos meses antes de convertirse en uno de los tantos mártires que la poesía haitiana cuenta en sus filas.

Lescouflair no dejó una obra muy amplia, pero sí un libro rotundo, Notre amour, le temps, les espaces, de 1965, que marca una época en la resistencia literaria de su país. Luego de su muerte, Notre amour… se convertiría en uno de los poemarios haitianos más reeditados de las siguientes décadas, y los versos que contiene tornarían en cantos de batalla para los intelectuales y estudiantes en la oposición: “Tengo la angustia de las tinieblas en mi nuca / Tengo el calor de los golpes / ignorado bajo mi piel. / Que se levante al fin el sol / y ahuyente mi miedo.” La historia es parecida con otro poeta y narrador víctima de las huestes de Papá doc, Jacques Stephen Alexis (1922–1961), que a pesar de haber desaparecido bastante joven dejó un par de novelas ya clásicas en Haití y Francia, Mi hermano, el general sol y Les Arbres Musiciens, además de una gran cantidad de poemas de corte izquierdista, entre las que destacan algunas piezas conformadas por imágenes despojadas que sin necesidad de propaganda retratan notablemente el inhumano estilo de vida del ciudadano haitiano. Es interesante que la dictadura, de alguna manera bastante retorcida, eso sí, haya intentado combatir la poesía de estos y otros autores con una lírica ínfima, mesiánica y totalitaria. A finales de los cincuenta la Imprenta Nacional distribuyó elegantes folletos en cuyos forros aparecía la bandera del país con el rostro de Duvalier. En la publicación se incluían cánticos y poemas divididos en secciones tituladas Sacramentos Duvalieristas, Los Diez Mandamientos del Duvalierismo, Actas de Fe y Esperanza de Papá Doc, Letanías a la gloria del Presidente Vitalicio. Ningún tirano de América fue tan lejos en su voluntad de deificarse.

Porque vivió más que la mayoría de sus compañeros y tuvo tiempo para forjar con paciencia una obra personal y sólida, además de poseer un talento poco común, Anthony Phelps es aquel que con mayor fortuna repasa en sus libros el destino de Haití en el tiempo de la dictadura de Duvalier y su tormentosa historia posterior. Durante los setenta entregó el bellísimo Motifs pour le temps saisonnier, de 1976, donde encontramos la confirmación de una madurez y el hallazgo de una serenidad contemplativa que busca soluciones ante una autocracia que se va eternizando: “Todo un pueblo agobiado de silencio / Se desplaza en el mutismo arcilloso de los abismos / e inscribiéndose en las retinas / el movimiento verbalista reemplaza al verbo / Dondequiera la vida se queda en suspenso.” Su mejor libro es Orquídea negra, publicado un año después de la caída del hijo de Duvalier. Es uno de los pocos libros de Phelps que se han traducido íntegramente al español, gracias a la editorial mexicana Plural.

Ayer lo extraje de mis libreros y me puse a hojearlo, luego de releer las noticias del terremoto que ha destruido Puerto Príncipe y las principales ciudades haitianas. Contrastar la esperanza de los versos de poemas como “Tipografía Celeste” con las imágenes de estos días ha sido, quizá, una forma de rezo, una invocación por una tregua para una nación a la que desde su fundación le resulta imposible dejar de sufrir

__________
(*) El título es nuestro

martes, 1 de diciembre de 2009

Miguel Barnet: CELIA: AMO LO BELLO PORQUE LO BELLO ERA LO JUSTO

Celia bajaba en su jeep rojo completamente sola por la
calle 10, en el Vedado, donde yo vivía entonces.
Llevaba un pañuelo azul a manera de bandó que le cubría
el pelo negro y ceñido.
Frenó, distraida en la calle 21. La reconocí de inmediato,
aunque no la había visto nunca de cerca.
Las fotografías, ya se sabe, ocultan siempre ese fulgor
cómplice de la comunicación directa.
Hubiera querido decirle muchas cosas.
Hubiera querido regalarle un reloj de arena, una barra
de guayabas o una ramas de hylam-hylam.
Pero solo se me ocurrió llamarle la atención sobre un
viejo caserón abandonado.
Había sido una ofícina diplomática y ahora era una casa
cubierta de yerba, plagada de grillos.


-¿Y quién vive ahí? -me preguntó.


-Nadie, nadie.


-Veremos que se hace, la casa es bella. Gracias.


Y voló en su jeep rojo de carrocería chirriante.
La confianza de que algo se haría se volvió certidumbre.
No la vi más porque andaba al acecho en todos los
jardines encantados.
Soñando en los bancos de todos los parques.
Repartiendo la flor nacional, abrazada a la historia.
¿Quién no la recuerda, fiel destinatario, respondiendo
todas las cartas?
¿Quién no le envió, en profunda e íntima confidencia,
un recado personal?
Como a Luisa Pérez de Zambrana, la corona de laurel no
iba con su vestido de hojas de almácigo.
A ella no se le puede buscar en los mausoleos sino en el
corazón del pueblo.
A ella se le llama entre los pájaros, junto al pico de
montaña a donde llevó la imagen del Apostol.
A ella se le encuentra en la intimidad, en el secreto.
Su voz casi nadie la recuerda. No importa.
Porque ella fue la sucesión de todas las voces.
Porque ella fue en realidad todos nosotros.

__________
Poesía Libre. Revista de Poesía. Ministerio de Cultura, Managua (Nicaragua) Años IV. Número 10, enero de 1984.

Responsable: Julio Valle-Castillo

Consejo Editorial:

Carlos Calero (Monimbó); Juan Ramón Falcón (Condega); Marvin Ríos (Niquinohomo); Cony Pacheco (Subtiava); Gonzalo Martínez (Bluefields); Gerardo Gadea (Ejército Popular Sandinista)

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Nazim Hikmet: Poema sin título

Nazim Hikmet: Poema sin título

La separación estaba sobre la mesa, entre la taza de café y el vaso de limonada.
Fuieste tú quien la puso ahí.
Un cuenco era el agua en el fondo del pozo.
Contemplaba inclinándome.
Una criatura gigantesca sonreía lentamente a una nube.
Yo gritaba.
Mi voz te había perdido.
Su eco retrocedía.
La separación estaba sobre la mesa en la cajetilla de tabaco.
La trajo el camarero de gafas, sin que la hubieses encargado.
Era humo retorciéndose en tus ojos en la punta de tu cigarrillo,
en la palma de tu mano, dispuesta para decir adiós.
La separación estaba sobre la mesa
en el punto donde apoyabas el codo.

En lo que pasaba por tu mente estaba la separación,
en lo que escondías en mi, en lo que no escondías,
la separación estaba en tu serenidad.
En tu miedo ilimitado estaba la separación.

Enamorarse, así, de repente, como si se abriese una puerta...

Mentira todo lo que hemos escrito sobre nosotros.
No ha sido lo que fue, sino lo que quise
que fuera entre nosotros.
eran mis anhelos puestos en mis inalcanzables ramas,
era mi sed, sacada del pozo de mis sueños.
Los había dibujado sobre la luz.
Todo lo que escribí sobre nosotros es verdad.
Tu belleza:
es decir, un cesto de frutas o bien una comida campestre;
estar lejos de tí:
es decir, el que me vuelva el último farol
en la última calle de la última esquina de la ciudad.
El que esté celoso de tí:
es decir, el que corra, con los ojos vendados, de noche, tras los trenes.

Mi felicidad:
es decir, el río soleado que rompe su dique y corre.

Todo lo que escribí sobre nosotros es mentira.
Todo lo que escribí sobre nosotros es verdad.

Leipzig, 30/9/1960

__________

Poesía Libre. Revista de Poesía. Ministerio de Cultura, Managua (Nicaragua) Años IV. Número 10, enero de 1984.

Responsable: Julio Valle-Castillo

Consejo Editorial:

Carlos Calero (Monimbó); Juan Ramón Falcón (Condega); Marvin Ríos (Niquinohomo); Cony Pacheco (Subtiava); Gonzalo Martínez (Bluefields); Gerardo Gadea (Ejército Popular Sandinista)

miércoles, 28 de octubre de 2009

Roque Dalton: Sobre el negocio bíblico

Roque Dalton: Sobre el negocio bíblico

-
 
Dice la Biblia
que Cristo multiplicó para el pueblo
el pan y los peces.
*
Si lo hizo, hizo bien,
y eso lo hace más grande que un gran general
que ganara mil batallas donde murieron millones de pobres.
*
Pero en la actualidad los norteamericanos
para evitar que el pan y los peces se multipliquen
y todo el mundo soporte con resignación
el hambre multiplicada que es parte del gran negocio,
multiplican la producción de Biblias
en todos los idiomas que hablamos los pobres
y nos las envían en manos de jóvenes rubios
que han sido minuciosamente adiestrados por sus Generales.

-

(De 'Poesía Libre. Año V, nº 14, marzo de 1985. Revista de Poesía. Ministerio de Cultura, Managua (Nicaragua)
-
Responsable: Julio Valle-Castillo
.
Consejo Editorial:
Carlos Calero (Monimbó); Juan Ramón Falcón (Condega); Marvin Ríos (Niquinohomo); Cony Pacheco (Subtiava); Gonzalo Martínez (Bluefields); Gerardo Gadea (Ejército Popular Sandinista)

martes, 10 de junio de 2008

AGOSTINHO NETO: Algunos poemas

1.-
Aquí estoy yo
Mussunda amigo
aquí estoy
contigo
con la firme victoria de tu alegría
de tu conciencia
O ió kalunga ua mu bangele
O ió kalunga ua mu bangele-lé-lelé…
Cuando volví
las casuarinas había desaparecido de la ciudad.

Y también tú
Amigo Liceu
voz consoladora de los ritmos calientes de la fiesta
en las noches de los sábados infalibles…


2.- “Fuego y ritmo”

Sones de grilletes en las carreteras
cantos de pájaros
bajo el verdor húmedo de los bosques
frescura en la dulce sinfonía
de los cocotales
fuego
fuego en el césped
fuego sobre las calientes planicies de Cayatte

Caminos largos
llenos de gente llenos de gente
llenos de gente
en éxodo de todas partes
caminos largos hacia los horizontes cerrados
más caminos
caminos abiertos por encima
de la imposibilidad de los brazos

Hogueras
danza
tam-tam
ritmo

Ritmo en la luz
ritmo en el color
ritmo en el son
ritmo en el movimiento
ritmo en las grietas sangrantes de los pies
descalzos
ritmo en las uñas arrancadas
Más ritmo
ritmo

¡Oh voces dolorosas de África!


3.- “Aquí en la cárcel”

Aquí en la cárcel
yo repetiría a Hikmet
si pensase en ti Marina
y en aquella casa con un abuelo y un niño

Aquí en la cárcel
yo repetiría a los héroes
si alegremente cantase
las canciones guerreras
con que nuestro pueblo aplasta la esclavitud

Aquí en la cárcel
yo repetiría a los santos
si les perdonase
las crueldades y las mentiras
con que nos destruyen la felicidad.

Aquí en la cárcel
la rabia contenida en el pecho
espero pacientemente
el paso de las nubes
por la fuerza de la historia

Nadie
impedirá la lluvia


4.- “Noche oscura”
¡Ay, es tan triste la noche sin estrellas”

Un día
mi sol cayó en el mar
y me anocheció

Un día empezó una noche sin estrellas.

Pero en la noche oscura
los corazones se levantan

¡Ah! ¡Es tan alegre la madrugada!

Sobre la curva del río del río Cuanza
el sol se sumerge
rojo
recortando en el horizonte sombras de palmeras.





Autor: Solidaridad.net- Fecha: 2005-01-01

(TOMADO DE LA WEB: http://www.solidaridad.net/articulo2372_enesp.htm