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lunes, 19 de mayo de 2008

José Mª Amigo Zamorano: 'La alegre otoñada de 'Fiat Umbra''

Alegre otoñada de 'Fiat umbra'



Ya hace unos día nos comunicó Isabel Escudero la salida de un nuevo libro de poesías suyo titulado 'Fiat Umbra' que la Editorial Pre-Textos le había editado. Estaba muy alegre. Y con razón no a todos le publica una editorial tan prestigiosa.

Conocemos, un poco, a Isabel Escudero. Su poesía. Su empeño poético. Su laborar cantando. 'Coser y cantar' se rotula uno de sus libros. Su lucha por la lectura en voz alta de la poesía. De modo que nos hemos dejado llevar por la caricia de las palabras. Por su rima. Su ritmo. Su cadencia. Por su música: 'Traca de trinos / trizan / la copa del pino'. Pasamos la vista por sus versos leves, ligeros, como lo hacemos, caminando, por las florecillas del sendero, dejándonos llevar por la belleza de su colorido. Sin detenernos a meditar en cada copla. Sin preocuparnos por los detalles. Sin pormenorizar su contenido. En una primera lectura.

Igualmente dejamos que nuestro oído capte los trinos, deleitándonos con al música sin pararnos a meditar en las diferencias de uno y otro canto. Que solo la música nos lleve. Sin importarnos saber el pico que modula esa canción que acompaña nuestro alegre caminar: 'Canta la alondra; / quien la escuche, a ella / ¡qué le importa!'. Henchidos de gozo por todo lo que existe.

Aun 'No sé si debo / hacer ver a los otros / lo que yo veo'. Duda Isabel y con razón, dándose cuenta de que cada uno tiene su 'cadaunada' que le nace, que le brota, de lo que ha vivido, de su historia personal, pequeña pero historia al fin y al cabo. Y es suya y es nuestra. Hay quien le emociona la vista del oleaje de los campos de trigos, cebadas y avenas, enrojecidos de amapolas, ondulados por el viento. Pero a otros no les dice nada, acostumbrados, como están, a las oleadas de vehículos ritmadas por el sonidos de los cláxones, cogidos de la mano de su abuelo por las tascas del barrio de su urbe. 'En el espejo / la verdad se mira: / Si me parezco mentira'. Podemos preguntarnos: ¿Verdad o mentira? Y eso qué mas da. Para unos es verdad absoluta porque es su vida y la reivindica. Y nadie, ni nada, va a distorsionar su poética leve, alegre, firme, su andar erecto por la vida. Y si algo le sale al paso con afán agresivo o feo lo neutraliza embelleciéndolo: 'Hermosura: / el sol sacando diamantes / de la basura'.

Muchos de los que lean el 'Fiat umbra' de Isabel Escudero, sentirán, como hemos sentido nosotros, una inundación de luz, claridad y alegría. Y, a pesar del título, sentirán un rejuvenecimiento. Ahora y en la hora de sus muertes. Notarán la primavera, aunque sea en el otoño o en el ocaso de sus vidas. Ahora y en la hora. Presente. La muerte. La muerte siempre presente. Pero no en danza macabra, en fúnebre cortejo, como en las 'Coplas a la muerte de su padre' de Jorge Manrique, sino con una cierta serenidad y risa, como la risa irónica de Pepe Bergamín, de quién cita unos versos de su último libro titulado, no por casualidad, 'Esperando la mano de nieve': 'Me estoy muriendo cada día / desde hace muchísimo tiempo; / no sé si desde que nací / soy un muerto de nacimiento'.

Esa reflexión irónica casi a las puertas de la muerte por parte de Bergamín ilumina la vida y la muerte de los demás. Es como un bálsamo. Tranquiliza: 'Aquel aro de mi niñez / me va llevando / tras él', dice la poetisa extremeña metiendose por las breñas del tiempo que se va. Tranquiliza la aceptación de la muerte como algo natural. Sin traumas. Para ello hay que irse preparando poco a poco: 'Cae la nieve / sobre el anciano: / cuando todo está escrito, / página en blanco'. Nombrándola. Citándola como cita el torero al toro. Mirándose al espejo de los ojos del toro. E ir contando de cuando en cuando las arrugas que el tiempo marca: 'A mis sesenta / aquí frente al mar: / olas que vienen y van'. Son como las llamadas de atención de la fugacidad del tiempo. De que él se va primero con pasos de plomo y luego con pasos de pluma. De todo ello tratan también los versos de la poetisa de Quintana de la Serena (Badajoz)

Las citas nos indican, ya, que la autora no ha variado su poesía; sigue siendo el proverbio, la copla, los haikus... estrofas de pocos versos... fogonazos, chispazos, bocaditos, pasteles pequeños... Cita a Machado (D. Antonio), muy admirado por la poetisa, a Bergamín (D. José), a Chicho Sánchez Ferlosio, o los poetas japoneses cultivadores del haiku como Yosa Buson y Hobayashi Issa. En las 190 páginas del libro, efectivamente, los deslumbramientos de esos chispazos o fogonazos son continuos desde el primero: 'Guadaña de luna / tiembla en el agua: / ¿de qué duda?' hasta el último: 'Mas por más atrás que miro, / no me acuerdo / de haber nacido'. Si bien está dividido en seis partes ante poniéndole un soneto de D. Antonio Machado y una larga cita de D. Agustín García Calvo 'compañero de mis días' y terminando, 'a modo de epílogo', con el 'Elogio del Ciprés' de Horacio en versión rítmica del ya mentado D. Agustín García Calvo.

En su reseña del diario ABC el profesor de literatura de la Universidad de Salamanca, García Jambrina, termina diciendo: 'Un oasis, en fin, de fresca tinta en medio de la aburrida pedantería literaria. Una canción que cuando suena, es de todos, porque, en verdad, no es de nadie. Ya lo dice la copla:

Para que no sea del todo
mía, con tinta robada escribo
la poesía.'


Qué vamos a decir nosotros si ya lo dice el profesor...

martes, 27 de febrero de 2007

Carlos Ortega: 'La lengua Blanda'

Título: La Lengua Blanda
Autor: Carlos Ortega
Editorial: Visor

Carlos Ortega, poeta, director de la Biblioteca Nacional, vallisoletano (1965) joven y sin embargo sereno, de sosegado trato en lo público y en lo privado, mantiene (milagrosamente) en la vorágine de la ola cultural, en medio del barullo de nombres propios y artistos, el soseigo y la finura para pensar y hacer versos, y hacerlos bien y precisos como un encaje suave y exacto de un tiempo. Carlos Ortega pertenece al grupo poético de Valladolid de larga y fértil obra (Un ángel mas, El signo del gorrión, etc...) Escritores y poetas laboriosos y enamorados de la escritura y la voz verdaderas (Esperanza Ortega, Gustavo Martín Garzo, Gonzalo Abril, etc... todos ellos galardonados con prestigiosos premios literarios, y sin embargo, buenos poetas, buenos escritores)
Carlos Ortega inscribe en sus versos ese tempo anchuroso, de vivo latido, de una infancia perdida y siempre renovada. Tiempo pendiente de un hilo 'por una ley de infancia que admite estas metáforas'.
Pero mejor que hablar de ello es asomarse a ver qué dicen los propios versos.

EL SEPULCRO VACÍO

de Carlos Ortega

Ante la puerta azul sentada,
no esperaba a nadie de dentro ni de fuera.
Luto, óvalo blanco de su rostro.
No daba sombra su hermosura,
ni daga sombra el lilo,
ni aire corría. O si corría,
no haciéndose notar.
Por cómo descansaba sus manos
en el seno, no reclamaba nada.
¿Piden algo vegetales o piedras
en al muda defensa de lo que son?
¿El tamo dominaba en secreto los rincones
en la muda defensa de lo que son?
El tamo dominaba en secreto los rincones
del patio, crecía avena loca
en las panzas de tierra que el exceso cemento
no lograba cubrir, y cerca de las tapias.
Como una vieja fuente de la que solo mana,
desportillado el caño, agua turbia,
así el dolor de la mujer.
No más mundo ni ajetreo. Silencio,
obstinación, inercia de su figura inmóvil,
la tarde consumiendo toda espera.
Si alguien poco sagaz la hubiese dado
noticias -y bastaba con una voz oscura-
habrá estallado igual que el cristal fino
al que una nota aguda alcanza el corazón.
Pies de fieltro, pañuelos
negros para vendar la herida.
Hombres con jerseys muy tupidos
cruzaban por el patio sin mirarla,
atentos solo a sortear los desniveles.
Una cansada naturaleza
en el despliegue de los siglos
mordía en el saqueo de una luz inclemente.

(La reseña de Isabel Escudero sobre el libro de Carlos Ortega está entre las páginas X y XI del suplemento de 'Caminar Conociendo' denominado 'Fontana Sonora' del nº 5 de julio de 1996)

miércoles, 21 de febrero de 2007

ISABEL ESCUDERO: '¿Algo se mueve? o del Viaje al Turismo'



Isabel Escudero: ‘¿Algo se Mueve? O del Viaje al Turismo’

Al siemprevivo caminante de estos bosques, a Rufino, que con su andar hizo caminos.

Que ya no hay viajes, ni viajeros: que todo es ya Turismo y turistas, que lo mismo le aguarda a usted en Sanghai que en el restaurante (chino) de la esquina y viceversa, que lo mismo va a pasar en las Chimbambas que en la telepantalla de su salita de estar; y que en ambos sitios solo pasará lo que está mandado, si es que pasa algo, parece ley implacable de los tiempos que más que correr vuelan. Así que vamos a ver si desde este CAMINAR CONOCIENDO que todavía confía –con terca inocencia- en conferir un tinte sagrado y misterioso en eso de ‘camino’ y ‘conocer’, a ver, pues, si desde este camino que se hace al andar y al desandar, y desde este conocer que se hace desconociendo lo sabido, podemos mover algo que no sea dinero, algo que por un instante se escape al ojo de la Pro-Videncia y por fin sin voluntad ni vigilancia se mueva.
Pero veamos algunas de las dificultades –si no la imposibilidad- de eso que llamamos movimiento.
La cosa es que la cuestión tanto Arriba, en los mismos cielos, como abajo a ras de tierra, parece consistir en moverse. Que eso llamamos la Realidad, tanto la cotidiana y ‘natural’ como la extraordinaria –y que antaño solíamos llamar ‘sobrenatural’- se fabrica con el movimiento; que solo eso de moverse y que las cosas se muevan hacen Realidad y su Ciencia: la Física.
Y sin embargo, a pesar de la evidencia, o quizá por ella, uno se pregunta sospechoso: ‘pero… ¿es que algo se mueve?’; porque es que si miramos a lo Alto, a eso del firmamento –al Universo como dice la Ciencia- el moverse de una estrella implica automáticamente su destrucción: la estrella se deshace en su fuga; ya no es lo que era; su corrimiento es su desaparición: cuando se corre una estrella se pierde. Pero, ¿qué pasa por acá abajo con eso del movimiento y los turistas que van o viene por doquier? ¿Qué les pasa, o no les pasa, a ellos cuando, tan extenuados como optimistas, se cruzan una y otra vez y al reconocerse intercambian sonrisas y saludos con tan mecánica naturalidad y en la desasosegada trama babélica? ¿Y en esa infantil carrera que menea al mundo, qué les pasa a ellos, o no les pasa, que tenga algo que ver con aquella fatal carrera de los astros? La cuestión es tan vieja como el mundo, y ya el zorro de Zenón la atacó certeramente por el centro. Pero la imposibilidad y la contradicción siguen estando vivitas y coleando y se presentan desnudas al sentido común cuando menos te lo esperas.
Veamos: que uno, al menos acá abajo, se mueve para y por ser el que es, y que no hay movimiento sin ‘identidad’ parece, pese a las apariencias, un hecho de pura lógica; y que el movimiento no se demuestra ni andando, ya que la condición primera es que usted, el que anda, se mantenga igualito a si mismo durante todo el trayecto, y que como aquella rodante naranjita de Mairena, aunque penas y descalabros contra esquinas y malos amores no le dejen ni en sombra de lo que era, sólo si queda alguna partícula que le sea particular y propia, que le haga a usted y al prójimo reconocerse y reconocerle –aunque sea en el más recóndito de sus escondrijos- o sea, que siga siendo usted el que es, inmutable, es gracias a eso y sólo por eso que usted se ha movido (¿Se acuerda de aquella clase de Sofística en la que el maestro ante el asombro de los aprendices afirmaba: ‘que todo cuanto se mueve es inmutable, es decir, que no puede afirmarse de ello otro cambio que el cambio de lugar; que el movimiento corrobora la identidad del móvil en todos los puntos de su trayectoria. Que sea lo que sea aquello que se mueve, no puede cambiar, por el mismo hecho de moverse’. Pues eso.) Claro que usted lo tiene más fácil que la pobre naranjita de Mairena, tan común la pobre; usted es un Nombre Propio y mientras que usted no pierda su nombre y no solo eso, sino que todos sus prójimos y prójimas le pierdan a usted de su memoria, la ilusión de moverse está garantizada. Tendría usted que, al revés de Ulises, perderse en el maremagno de los mares, entregarse al canto de las sirenas y al pasto de los dioses, convertirse en cerdo, arrastrarse por lodos y pedregales y, aún con eso, si al tornar a su hogar, su vieja nodriza, al palpar la cicatriz de su infancia, le reconoce, usted no se habrá de verdad ‘movido’ ni un ápice; se habrá desplazado, cambiado de lugar, pero usted seguirá inmutable siendo lo que es. O como aquel viejo samurai que al volver de la larga guerra no es reconocido por ninguna de sus siete concubinas y tan solo su caballo lo reconoce.
Recordemos de nuevo las palabras de Mairena: ‘Si lo que se mueve no puede cambiar, es el movimiento la prueba más firme de la inmutabilidad del ser, entendiendo por ser ese algo que no sabemos lo que es, ni siquiera si es, y del cual en ese caso pensamos el movimiento’. (En cuanto a nuestra pregunta del título, dejaremos para otro día, aunque sean inseparables, la cuestión del ‘algo’, que tiene tanta miga como el que ‘se mueve’). Lo cierto es que el movimiento, a la manera eleática, tiene que pensar un ser inmutable, al cual se le atribuye. Y concluye el maestro ‘Si todo, pues, se mueve, nada cambia’. ‘Si algo cambia, no se mueve’. ‘Si todo cambiase, nada se movería’.
Pero me parece que no vale tampoco hacer demasiados distingos entre transformación y movimiento. Ante la observación del alumno sobre la distinción entre cambio de lugar o movimiento y cambios cualitativos, ya sabéis lo que le respondió Mairena: ‘Dejémonos de monsergas… Los cambios cualitativos, si son meras apariencias que solo contienen cambios de lugar o movimientos, están en el caso que ya antes hemos analizado (arriba); si son otra cosa, escapan al movimiento y son, necesariamente inmóviles. Siempre vendremos a parar a lo mismo: el movimiento es inmutable y el cambio es inmóvil’. Y añade que si se estiman estas diferencias pasaría que: ‘si el cambio es una realidad y el movimiento es otra, la realidad absoluta sería demasiado heterogénea’.
Y ya mucho antes de Mairena y su maestro Abel Martín, la aporía de Zenón planteaba con desparpajo la contradicción suma en que se basa toda Física en cuanto la roza el lenguaje: ‘Un móvil ni se mueve donde está ni donde no está…’ porque si está no se mueve, y si no está ni se mueve ni puede hacer cosa alguna.
Así que, dado ese vínculo constitutivo recíproco entre ‘movimiento’ e ‘identidad’, no nos debe extrañar que en el Progreso de al Historia –en el Progreso del Progreso- cuando la constitución de la identidad individual refinada por el cual al Humanismo, amenaza con suprema perfección de esa entelequia del Hombre (mayúsculo y civilizado) una de las notas o rasgos sustantivos y definitorios de ‘Individuo’ (idéntico a si mismo) será el de su movimiento libre y continuo, y a ser posible uniformemente acelerado, de tal manera que precisamente su índice de de identidad individual será su motilidad y disponibilidad de movimiento: él es el que se mueve. Su capacidad de movimiento debe ser ilimitada y metafísicamente perfecta: ‘si estoy volando en avión a Ámsterdam soy Pepito’ o ‘si es martes estamos en Bélgica’.
No es de extrañar, pues, el éxito desmedido del automóvil particular –del coche individual- fenómeno coincidente con el auge de las democracias y paradigmático de esta constitución individual progresada vía movimiento. Los pies del Régimen demotecnocrático de los Países Desarrollados del llamado Estado del Bienestar, tiene que estar siempre moviéndose. Los mismos mensajes publicitarios de los anuncios de coches establecen bien claramente la similitud y simultaneidad de los términos ‘velocidad’ y ‘persona’, sin separar velocidad del objeto y personalidad del objeto, ya que en el caso del automóvil propio particular (máxima perfección de la mónada individual democrática) más bien el sujeto es el artefacto y el conductor un implemento cada vez más secundario. El éxito, pues, en todo el Mundo Desarrollado demuestra bien a las claras las hondas conexiones entre la constitución del Individuo moderno típico del tecnohumanismo democrático y su vana constitución con movimiento uniformemente acelerado, el desplazamiento sin fin de un sitio a otro como señal de ‘libertad personal’ (nótese que esta tan cacareada libertad personal consiste en la práctica –en el caso ejemplar del automóvil- en ir donde va todo el mundo a la misma hora y por la misma autopista, pero eso sí: con la ilusión democrática de hacerlo por gusto y libertad personal.
Y sin duda, otro fenómeno actual parejo y tan paradigmático como el del automóvil sobre la sustentación recíproca de ‘movimiento’ e ‘identidad’, es el del Turismo colectivo. Esas grandes oleadas de turistas movidos de la Zeca a la Meca, traídos y llevados de acá para allá, también al parecer, por decisión y gusto personal. ¿Es ese afán desmedido de constitución individual, de individualismo cada vez más autista el que hace moverse y removerse sin parar a las gentes de todos los Países Desarrollados? ¿Es la fiera necesidad de una Historia ya vieja y cansina que no tiene guerras donde mover y morir a sus peones? ¿son los espasmos automáticos de una Realidad demasiado hecha y maniática, amenazad de su propia fe, que entra en impaciencia motora en demencia senil y agita a sus átomos (individuos) y a sus moléculas (grupos) de acá para allá sin cesar hasta la tercera, cuarta o quita edad si es preciso? ¿O es que el mundo, ya papel de dinero (desaparecidas las cosas ya todas dinero), necesita batirse al mismo ritmo frenético del dinero, otra mentira que vive sólo de su movimiento?
Sea lo que sea, parece ser signo de los tiempos ese movimiento desquiciado y constante, esa fe incansable, esa seguridad de saber a donde se va y por lo tanto ir (olvidando la sabia conseja del poeta: ‘caminante no hay camino…’). Los zapatones del Régimen del Desarrollo no pueden pararse como aquellas zapatillas rojas del cuento.
Ya hemos visto (con ayuda de Mairena, de Zenón y del sentido común) como, al menos por aquí abajo, solo lo inmutable se mueve, y lo cambiante está quieto; y por Allá Arriba parece que correr/se es perderse, que moverse implica destrucción y negación instantánea de lo que se es: dejar de ser el/la/lo que se es. Y que estas razonables imposibilidades y paradojas desdicen el ilusorio trajín de los turistas (sin que ellos lo sepan, claro está)
Visto que eso de moverse, que parece lo más natural y evidente del mundo, es prácticamente imposible y que el movimiento no se demuestra ni andando, habría que ser astuto y buscarle las vueltas a esa naturaleza paradójica del tiempo y el movimiento, y quizá al llevarle la contraria pueda ser que de verdad algo se mueva; a lo mejor tenemos que pararnos para que algo nos pase, como esos árboles inmóviles que agitan sus cabellos al viento y por cuyo firme tronco la sabia rebulle incansable, quedarse quietos y despiertos y a lo mejor así pasa algo.

(*) Isabel Escudero es profesora de la UNED de Madrid y poetisa.
Estación de Las Navas del Marqués, abril de 1996.
En memoria de Rufino González, de las gentes y los campos de la Estación, que tanto le añoran

(TEXTO QUE PUBLICÓ LA REVISTA ‘Caminar Conociendo’ Nº 5 DE JULIO DE 1996 EN LAS PÁGINAS 28-29)