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jueves, 29 de marzo de 2007

Caminar Conociendo, Nº 5: TITULARES de PORTADA

'Antiguos Libros Hallados' por Manuel Sánchez Mariana,
Director del Fondo Histórico de la Universidad de Alcalá de Henares
*
A LOS 100 DEL CINE ESPAÑOL:
Manuel Villegas López,
Juan Antonio Bardem,
Calle Mayor
y Las Navas del Marqués
*
Nuestro tema:
EL CAMINO
*
SOLIDARIDAD NAVERA
*
LA ACADEMIA DE LOS FLORIDOS DE AMSTERDAM
*
Entrevista a Luis Garrido
*El sueño de la Razón (homenaje a Goya): José Mª Amigo Zamorano
*Gracias a Rufino (recordatorio): Agustín García Calvo
*Días del Desván (relato): Luis Mateo Díez
*Tánger: mito y realidad, Rajae Boumediane

Agustín García Calvo: 'Gracias a Rufino'

Gracias a Rufino(*)


Por Agustín García Calvo(*)


Hay un sitio por donde el Barrio de la Estación de las Navas pude decirse que termina: pues ello es que poco más allá de ese sitio se abre el túnel de Mataborricos, y se sabe que, cuando se salga de él por la otra punta, ya no será lo mismo; ya se verán desaparecer por las hondonadas los últimos chalés desperdigados, y allá lejos la ermita, y luego serán otros pinares y otros aires.


En ese sitio, pues, si sube uno al terraplén del ferrocarril, por entre las jaras y saltándose los alambres desvencijados, se encuentra con que las múltiples vías de la estación van reduciéndose a las solas dos que irán a meterse por el túnel; y por allí no se ve, a estas horas, ánima viva, nadie que atroche por los vericuetos de los jarales ni que vaya a trepar; al otro lado, por la torrentera o sendero pedregoso hacia el recuesto, ni siquiera las vacas sueltas van a ir a perderse por esos andurriales, ni apenas un perro abandonado de veraneantes tiene probabilidades de ir a dar en tal sitio a ladrarles a la luna menguante cuando salga: allí no hay, aparte de los rieles, las traviesas y el balasto, más que algún poste, por ejemplo el de las luces de primer aviso para la entrada a la estación, y en todo caso, enfrente, al otro lado, sola una casa medio arrumbada, donde raro será que ni aun algún vagabumdo vaya a buscar abrigo, cuando haga peor tiempo que el que ahora hace, ya bien entrada la primavera. Hay también por allí, pegada a las vías, una caseta de guardagujas, olvidada, de los tiempos en que el cambio de agujas se hacía a mano, y que ahora debe de hacer tantos años que no se usa para nada, que hasta parece milagro que la hayan dejado en pie, astillada y denegrida. Y, por lo demás, nada: algunos pinos atrás, bajo el terraplén; otros pinos en lo alto, al otro lado de las vías, y entre ellos acaso, por ventura, el alfilerazo de la primera estrella; y algún vencejo que otro chillando tardíamente, algún bando de cuervos que va graznando a recogerse entre las peñas, y alguna sospecha de culebra o sapo por entre las zarzas polvorientas; y los pedruscos, y la grava, y las arenas.

Ese sitio, para los ojos de algún descuidado pasajero, será sitio, sin más, como otro sitio cualquiera de navas o serranías.

Si, pero es por ese sitio por donde un hombre fue a salirse de este mundo; y eso lo ha dejado señalado con una marca que le ha abultado los relieves y avivado los colores de tal modo que lo distingue de todos los sitios de la tierra.

___________
(*) Rufino González, vecino del Barrio de la Estación, murió en primavera atropellado por un tren.

(*)Agustín García Calvo. Zamora, 1926. Catedrático de latín. Escritor. Autor de obras de muy diversos géneros: narrativa, poesía, teatro, filosofía.


EN LA PÁGINA 5 DEL NÚMERO 5 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' DE JULIO DE 1996

José Mª Amigo Zamorano (*): 'El Sueño de la Razón'

El Sueño de la Razón



Que era él, F. de G. y L., el del sueño: un sueño de soldado que se fue casi sin nada, sin despedirse: tan sólo una entrañable y sangrienta remembranza y, con el proyectil extraviado que se acantonó en su corazón, se la zamparon...

Por ese impulso espontáneo que, con toda carga de razón, le había llevado a acercarse a la fuente para enjugar sus labios de añoranza con otra fuente o manantial de su pueblo...

Lo hizo con apresuramiento, casi con avaricia, desatendiendo todas las reglas, todas las medidas de cautela que, en momentos de guerra, deben tomarse, mirando a los cuatro puntos cardinales, incluso a la bóveda celeste y al centro de la tierra, si fuera posible, ya que el adversario está, o puede estar, en cualquier parte y hasta revoloteando como las avispas en torno a los veneros...

Lo del avispero lo habían recordado, con toda razón, hablando de su guerra... Era una equiparación muy expresiva, aunque a lo que se referían era más espeluznante, era más peligroso que los avisperos reales que él conocía "desollado" -si "desollado" diría- es decir: a las mil maravillas... Y que, indudablemente, estaban en cualquier parte: ya fuera el tronco de un árbol, o la hendidura de una roca, ya debajo de las pizarras del tejado, o entre las plantas de los pimientos de las huertas y podía esquivarlos...

Como podía evitar a esas avispas que se congregaban para beber, como él, a la fuente; "Venero" denominaban a una en su pueblo, evoca; otra "Venerillo", otra "Fontuana"... ¡O aquella que se pronunciaba con sonido tan cadencioso, "Palancarruca"!...

Y los recuerdos se le agolpaban, se empujaban, se atropellaban, como las bestias de su pueblo cuando las guiaba a beber al abrevadero o pilón; que estaba unido a la fuente por un canalillo del que se sustentaba...

Con buena imaginación los antepasados -es de suponer- la habían construido para que la sobrante rellenara ese depósito -pilón que ya se ha dicho- para satisfacer la sed de las vacas, los ñus, las mulas, los okapis, los elefantes, cebras... Y no se extraviara en la tierra inútilmente...

Estaba al lado de un arroyuelo que, en el estío, como ahora, descendía casi seco, pues en toda la extensión de su curso los campesinos hacían pozas, quedándolo sin jugo, para regar sus huertas...

Mientras caminaba, podía observar que hacían aquí también lo mismo: a ambas márgenes del lecho del riachuelo existían huertas muy bien cuidadas, casi con esmero... Con parecido cuidado y esmero con que lo hacía él, en las suyas, y sus familiares... Que hacía mucho tiempo que no las veía... Como no veía a su mujer ni a su hijo, ni tan siquiera sabía qué había sido de ellos, llegando hasta el extremo de pensar, como lo pensaba, que bien pudieran haberse muerto ¡Dios o Jehová o Alá el Misericordioso no lo quisiera!...

Desecha esa idea contemplando las inmediaciones de la fuente hacia donde encaminaba sus pasos y que tantísimo se parecían a las de su pueblo... Nada extraño, por otra parte, ya que por donde caminaba, por donde guerreaba, la nostalgia le jugaba malas pasadas...

Lo que era sorprendente, eso si, son los lagrimones que aparecen en sus ojos en ese momento; precisamente ahora; cosa que nunca le había sucedido; ahora que su impulso le expide hacia al centro, en el claro de la arboleda, donde se halla la fuente y su abrevadero, colmado de un exuberante y resplandeciente júbilo como el día...

¡Tanto se le parecen a su tierra natal, que no ha podido contener las lágrimas!...

Llegado, contempla el fluir del agua, escucha arrebatado su murmullo, se agacha al caño y arrima sus labios para beber... Pero antes no se resiste a llevar a cabo lo mismo que hacía antaño: pasar a la parte de atrás de la fuente y hacer lo que los animales, pero pudorosamente, disimulado su príapo (cipote lo llamaban por su pueblo) a la vista de extraños, entre los dedos de su mano derecha...

Dio la vuelta y se puso a orinar... Gesto reflejo, que ya se decía, de las bestias que separando las extremidades de atrás, levantaban el rabo, abrían o entreabrían los labios (la seta, se decía por allí) de sus órganos reproductores, impúdicamente, y descargaban sus chorros amarillentos y calientes en el barro que humeaba... De la misma manera hacía él siempre, cosa natural por otra parte, nada del otro mundo...

Se abrochó la abertura del pantalón, miró al frente, movimiento involuntario, pareciéndole observar algo que se deslizaba entre los árboles... Árboles que, convino, tal vez alucinaba, como los de su mismo pueblo...

Como o semejante o parecido o similar no eran las palabras exactas, ya que se dio cuenta que estaba, efectivamente, en su pueblo... Lo que le produjo un considerable júbilo, una desmesurada alegría, y, colmado de razón, unas incontenibles ganas de gritar, y cantar, y saltar...

Anhelos que fueron tronchados en agraz por una proyectil que partió de los árboles, donde había creído vislumbrar algo que le acechaba, o espiaba... Y que ahora, a deshora, ya tarde, irremediablemente tarde, comprobó que era su esposa pertrechada de fusil o carabina quien llena, repleta, atiborrada -con toda la razón del mundo- de patriotismo por defiende las tierras de intrusos...

Y que camina acercándose y crece y se agiganta y cuando los labios de Goya inician, en los estertores de la muerte, un tenue, apenas audible "¡cariño!", el gigantesco, el descomunal, el monstruoso ser lo agarra, como si de un suculento bocadillo de carne se tratara y, mirándolo con ojos abiertos como platos, muerde con fruición, primero cabeza y brazo derecho, y continúa luego con el izquierdo que colgaba ensangrentado...

Y que, Francisco de Goya y Lucientes, despertándose sobresaltado, dijo:

-¡Joder con los sueñitos de la razón!... ¡Producen monstruos!...

__________
(*) José Mª Amigo Zamorano, director de la revista 'Caminar conociendo', es Maestro de Enseñanza Primaria

(RELATO APARECIDO EN LAS PÁGINA 4 y 5 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' Nº 5, JULIO DE 1996)

Staf de la revista 'Caminar Conociendo' nº 5

Staf del Nº 5 de 'Caminar Conociendo'
Dirección y Coordinación:
José Mª Amigo Zamorano
Redacción:
José Mª Amigo Zamorano
Amparo Moreno Blasco
Maquetación:
Juan Carlos Álvarez
J. M. Amigo Zamorano
Fco. Javier Flóres Nácar
Puri Santamaría Luelmo
Ilustraciones:
Juan Carlos Álvarez
Marina Martín
Úrsula Martín
Mari Paz Menéndez
Portada:
Juan Carlos Álvarez
Contraportada:
'Cuento con epílogo' sobre foto de Irene Méndez Rodríguez e ilustraciones de J. C. Álvarez
Diseñaron el número:
El director de la revista (Maestro)
Juan Carlos Álvarez (Diletante)
Fco. Javier Flores Nácar (Obrero)
María Jesús García (Junta de la Biblioteca)
Andrés Linares (Director de Cine)
Pilar de Miguel Moreno (Psiquiatra)
Pilar Pato (Veterinaria)
Amparo Moreno (Ex-periodista de TVE)
Luis Peris-Mencheta (Economista)
José Quirós Manjón (Cartero)
Miguel Quirós Manjón (Biólogo)
Félix Rosado (Periodista)
Puri Santamaría (Encargaad de la Biblioteca)
Distribución:
1.500 ejemplares
Edita:
Junta de al Biblioteca
C/Francisco Segovia, 3
05230 Las Navas del Marqués (Ávila)
Depósito Legal:
AV-176-94
Tratamiento de Texto y Fotografía:
G. Badás & H. Pérez
Imprime:
Grafi 3
Patrocinaron este número:
Ayuntamiento de Las Navas del Marqués
Audio-Bar Mordor
Carnicería Marcelino Manjón
Colegio Público 'Vicente Aleixandre'
Comisiones Obreras (CC.OO)
Con-Vento, bar de copas
D. Rafael J. Peña Manjón (Farmacéutico)
Hermanos Sastre
Librería Azañedo
Librería Borrajatos (Ávila)
Librería Martín
Librería Ópalo (Ávila)
Licores Álvarez
Obhisa, Obras Hidráulicas, SA
Relojería-Joyería Larper
Sastrería-Camisería José María Martín
Tun-Tun
Ultramarinos Adrián Blanco
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Toda biblioteca es como un punto de encuentro de hombres y mujeres de distintas ideologías expuestas en sus obras. Creadores o simplemente exhibidores de las mismas, ellos son los responsables. De la misma manera, las ideas que se vierten en 'Caminar Conociendo' son responsabilidad exclusiva del que las rubrica. La Junta de la Biblioteca, entidad editora de la publicación, no entra ni sale en esto, respeta la Libertad de Expresión y punto.

Manuel Sánchez Mariana: 'Antiguos Libros Hallados'

Manuel Sánchez Mariana (*):
‘Antiguos Libros Hallados’


El reciente hallazgo en Barcarrota (Badajoz) de un conjunto de libros antiguos tapiados desde hace varios siglos, entre los que ha aparecido nada menos que una edición desconocida del Lazarillo de Tormes, nos hace reflexionar y nos alerta una vez más sobre el constante peligro que ha acechado siempre, y hoy acecha con más riesgo que nunca, a la conservación del patrimonio intelectual del hombre.
El libro es una materia frágil, está compuesta de hojas de una sustancia susceptible de una fácil desintegración, pasto de las llamas, alimento de insectos, soporte de colonias de microorganismos que proliferan gracias a su facilidad para absorber la humedad. Pero esa materia débil es a la vez vehículo de ideas, de ideas audaces capaces de despertar pasiones que pueden conducir a su destrucción. Con todo, el enemigo principal del libro es quizá la indiferencia, la desidia y el abandono, que han conducido a la destrucción del soporte del pensamiento en mayor medida quizá que los agentes de la naturaleza.
Si pensamos en todo ello, no podremos menos de considerar milagroso el que haya pervivido una buena parte del pensamiento humano trasmitido a través de la escritura. Las utopías de autores como Bradbury sobre la salvación de la palabra escrita han sido ya realidad en épocas pasadas. Los bibliotecarios de la Biblioteca de Alejandría lograron trasmitir la literatura de la antigüedad hasta la Edad Media, los monjes de los monasterios hicieron pervivir hasta el Renacimiento, la invención de la imprenta parecía haber asegurado su supervivencia. Pero hoy de nuevo la palabra escrita se ve amenazada.
Nos vienen a la memoria algunos casos notorios de destrucción de libros y algunos hallazgos extraordinarios que rozan casi lo inverosímil. Entre las bibliotecas monásticas españolas de la Edad Media, una de las mayores riquezas en códices fue la de Oña, al norte de la provincia de Burgos: ¿para qué diréis que se empleó el pergamino de los códices, ornados de ricas miniaturas? Pues, según un testimonio antiguo, ¡para asar chorizos! Pero alguien podría pensar que el caso es propio de un núcleo rural y entre gente poco ilustrada, y que en otro medio no habría tenido lugar; nada más lejos de la realidad: en el siglo XVIII, los colegiales del Colegio Mayor de San Ildefonso, de la Universidad de Alcalá, vendieron sus códices árabes a un polvorista para fabricar cohetes para utilizar en sus festividades. En este contexto, el caso de libros malvendidos a traperos o anticuarios avispados, como los del Monasterio de Silos, en el siglo XIX, que fueron a parar a París y a Londres, es comparativamente menor, pues al menos los libros se conservan.
Algunos hallazgos sorprendentes de restos escapados a la destrucción nos llaman especialmente la atención. Hoy nos parece milagroso que unos libros emparedados como los hallados en Bancarrota –y no es este caso único-, fruto quizá de una ocultación apresurada por un riesgo de control ideológico, se hayan conservado en buenas condiciones. Otro caso bastante conocido es el del manuscrito de las obras de Gonzalo de Berceo que guarda la Real Academia Española, cuyas hojas de pergamino tapaban las ventanas de una vivienda rural en una aldea de Castilla, donde fueron descubiertas por un sacerdote que acudió a atender a un moribundo. Pero el caso más chocante es quizá el del hallazgo de una buena parte del archivo de la Casa de Altamira, malvendido en el siglo pasado, demostración de que ni siquiera los estamentos en los que podríamos depositar más confianza por ser depositarios de la cultura están exentos de culpa; el caso es narrado detalladamente por don Agustín González de Amezúa al editar el epistolario de Lope de Vega –cuyos originales, que estaban en dicho archivo, desaparecieron, por cierto-, y aquí nosotros lo resumimos: un día, a finales del siglo XIX, iba el conde de Valencia de Don Juan por la Calle Mayor de Madrid, cuando sintió urgencia de hacer sus necesidades corporales, solicitando permiso para ello en una tienda de comestibles; cual no sería su sorpresa cuando tras satisfacer sus demandas físicas y al echar mano a un montón de papel, se encontró en ella una carta autógrafa de don Gonzalo Fernández de Córdoba, llamado el Gran Capitán; demandó rápidamente al tendero el origen de aquellos papeles, y supo que, junto a otros que tenía para envolver la mercancía, procedían de la casa nobiliaria antes citada. Gracias a su adquisición, hoy puede consultarse en el Instituto de Valencia de Don Juan.
El recuerdo de estas anécdotas debe alertarnos sobre los peligros que hoy más que nunca acechan para la transmisión de los libros a las futuras generaciones. La baja calidad del papel y de las tintas de impresión de los libros actuales, cuya duración apenas está garantizada para una generación, la contaminación ambiental que dificulta y encarece la conservación y provocará previsiblemente la destrucción de colecciones no sometidas a un control riguroso y caro, la sustitución progresiva del libro por los nuevos soportes cuya duración tampoco está garantizada, son amenazas frente a las que debemos actuar si queremos que las futuras generaciones dispongan de una buena herencia intelectual semejante o superior a la nuestra.

(*)Manuel Sánchez Mariana es Director del Fondo Histórico de la Universidad de Alcalá de Henares




DE LA PÁGINA 6, DEL NÚMERO 5 DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO' DE JULIO DE 1996

Andrés Linares(*): 'La Desaparición de las Salas de Cine en España'

Andrés Linares



1. Problemas generales:




Los cambios por los que atraviesa la exhibición cinematográfica en España están provocando un replanteamiento de los medios en que se desarrolla, con consecuencias bastante negativas para el cine en los pueblos y zonas rurales.


Tras un dilatado periodo en el que se procedió al cierre de numerosas salas en todo el país, salas que se convirtieron en bingos, bancos o garajes, desde hace pocos años años parece estar invirtiéndose la dicha tendencia, con la construcción de complejos de multicines en la periferia de las grandes ciudades y la reconversión de las salas excesivamente grandes y anticuadas del centro. Eso ha suscitado un notable optimismo, llegándose a afirmar que en 1995 se inaguraría prácticamente una nueva pantalla al día en el territorio nacional.


No obstante, eso va acompañado de astectos no tan positivos, como la concentración de las cadenas de exhibición en unas pocas empresas, muchas veces multinacionales. Así, la mayor cadena española, Cinesa, fue absorvida en 1991 po UCI, propiedad de la norteamericana Paramount, mientras que la Warner Bros ha desenbarcado recientemente en el campo de la exhibición con la contrucción de grandes complejos de hasta 16 multicines.


Siguiendo al lógica del mercado, la oferta se limita a seguir la demanda, sin esforzarse por crearla o mantenerla y mientras tanto grandes zonas rurales e incluso capitales de pronvincia y núcleos de población importantes ven desaparecer sus antiguas salas de cine, algunas de ellas con gran solera, sin que se vean sustuidas por otras nuevas, aunque sean de menor tamaño.


Para frenar esa tendencia, algunos países de la Unión Europea, como Grecia o Dinamarca, vienen aplicando leyes que impiden el cierre de salas, pasando aquellas cuyos propietarios no las consideren rentables a manos del ayuntamiento correspondiente, que las mantienen como servicio cultural a la comunidad, encargándose de su gestión, al tiempo que las utilizan no solo para proyectar películas, sino también para representaciones teatrales, actuaciones musicales, etc., con lo que consiguen una rentabilidad económica, pero sobre todo social y cultural.


Medidas similares podrían aplicarse en España, sobre todo en las zonas menos atractivas para el capital privado que controla el mercado de la exhibición, como las rurales, los núcleos urbanos medios y pequeños...


2. El ejemplo de Las Navas del Marqués


Según la información obtenida, en Las Navas del Marqués llegó a haber en un momento hasta tres salas de cine funcionando simultáneamente: el cine SANVY, desaparecido a causa de un hundimiento en 1970 sin que se pusieran los medios para su reconstrucción; el MATUTE, que cerró hacia 1977-78, y reconvertido actualmente en disco bar y el MARIA VICTORIA, que consiguió mantenerse abierto hasta hace tres o cuatro años, que está actualmente (por entonces cuando se hizo el artículo) en venta (ya se vendió y en su lugar hay un banco).


En caso de existir en España una legislación semejante a la de los países citados, a cuyo ámbito pertenecemos, no sería ya posible la venta de la única sala que queda en el pueblo, sino que sus propietarios se verían obligados a mantener el uso de la misma, aunque fuese adaptando su tamaño a otro que hiciese rentable la explotación; o, en su defecto, el Ayuntamiento se haría cargo de la misma, previa indemnización.


Aparte de la ultilidad social y cultural de una sala de cine, tampoco es de desdeñar la importancia económica de una población como Las Navas del Marqués, con un elevado número de veraneantes que no encuentra en ella ningún atractivo recreativo ni cultural y se ven obligados a desplazarse a núcleos cercanos, como El Escorial o incluso Navalperal de Pinares simplemente para poder ver una película.




(*) Andrés Linares es director de cine




EN LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NUÉRO 5, PÁGINA 10 DE JULIO DE 1996

miércoles, 28 de marzo de 2007

Román Gubern: 'Recuerdo y Homenaje a Manuel Villegas López'

Román Gubern
Román Gubert (*):
‘Recuerdo y Homenaje a Manuel Villegas López’

Manuel Villegas López fue un donostiarra inteligente y culto, atento espectador del cine desde su juventud y tuvo la fortuna de crecer de crecer en este arte en su etapa formativa, cuando se estaba constituyendo como una forma estética nueva y cuando sus imágenes eran todavía mudas. Los historiadores actuales del cine, nacidos ya en la época sonora, envidiamos secretamente a quienes tuvieron el privilegio de verlo crecer en la etapa de su inocencia, pero también en la etapa de su experimentación, envuelta en debates interminables acerca de su polémica identidad estética. Así podría legarnos Villegas en 1935 un precioso librito, titulado expresivamente ‘Espectador de sombras' (1935), que constituye un extraordinario testimonio de esta época y de su percepción gozosa del cine, cuando este se estaba constituyendo en un nuevo arte.
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Pero Villegas López no fue solo un escritor y un crítico de rigor intelectual, tanto con la pluma como con el micrófono (fue, en Unión Radio, uno de los primeros críticos radiofónicos en España, de 1932 a 1935), sino también un activista. Primero en el frente del cineclubismo, formando parte del grupo fundador del G.E.C.I. (Grupo de Escritores Cinematográficos Independientes), cuyo manifiesto fundacional apareció en septiembre de 1933 y que publicó varios libros valiosos, entre ellos: ‘Cita de ensueños’, de Benjamín Jarnés, y también en el Cineclub Imagen, que proyectó por primera vez en España, seguida de fulminante prohibición, ‘Tierra sin pan’ de Buñuel. Pero su activismo tuvo su etapa más arriesgada durante la tragedia de al guerra civil, cuando en 1937 fue nombrado jefe de los Servicios Cinematográficos republicanos, e incluso dirigió, gran cantidad de documentales y de cortometrajes de propaganda.
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Como tantos otros intelectuales españoles, Villegas López partió para el exilio y desde Buenos Aires prosiguió su magisterio, escribiendo algunos de sus libros más fundamentales, entre ellos su Charles Chaplin, el genio del cine (1943) que sería repetidamente reeditado en versiones sucesivamente ampliadas y puestas al día. Al principio de los años 50 regresó a España y es cuando tuve la oportunidad de conocerle y tratarle. El siempre tuvo una gran deferencia hacia mi y reseñaba puntualmente todos mis libros, en el papel o en las ondas, y me piropeaba siempre que podía acerca de la prodigalidad de mi escritura y la variedad de temas que trataba. Un día me dijo una frase que nunca olvidaré: ‘Gubern, usted tiene una cabeza como la de Napoleón, pues es capaz de pasar de un cajón a otro de su cerebro como si nada, abriéndolos y cerrándolos en un periquete’. Yo ignoraba que Napoleón tuviera tal facultad, pero es una frase que siempre he recordado con cariño. Era extraordinariamente reacio a hablar de sus experiencias cinematográficas durante la guerra civil. Cuando hubo que incluir su biografía en la Enciclopedia Espasa me designó a mi como su biógrafo e intenté aprovechar esta oportunísima ocasión para sonsacarle datos de esta agitada época de su vida, pero choqué con su hermetismo.
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Supongo que había sufrido bastante y, por demás, la dictadura seguía todavía en pie, por lo que no juzgaba oportuno recordar sus actividades antifascistas. Cuando en 1967 se celebraron las Primeras Jornadas Internacionales de Escuelas de Cine en Sitges, que se adivinaban de alto voltaje reivindicativo frente a las autoridades, fue nombrado presidente de aquel evento, pero su fino olfato político le hizo oler que aquello acabaría en un estallido y envió un diplomático telegrama excusando su asistencia por razones de salud. De manera que me tocó actuar a mi como presidente en funciones, por ausencia de Villegas. Su azarosa vida le había enseñado a ser prudente.

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Villegas López había apoyado en esta década al Nuevo Cine Español, que celebró con artículos y con un libro, de modo que siempre quiso estar junto a los jóvenes y sus inquietudes, con el apoyo de su sabiduría y experiencia. Fue un maestro para muchos de nosotros, que no lo olvidaremos fácilmente.

(*) Román Gubert es catedrático de Comunicación Audiovisual en la Universidad Autónoma de Barcelona. Autor de ‘La mirada opulenta. Exploración de la iconosfera contemporánea’ ‘Imagen pornográfica y otras perversiones gráficas’, así hasta más de una veintena.

EN LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, NÚMERO 5, PÁGINA 11 DE JULIO DE 1996

Manuel Villegas López, Pionero de la Crítica de Cine de España

Eusebio García Luengo
MANUEL VILLEGAS LÓPEZ,
PIONERO DE LA CRÍTICA DE CINE DE ESPAÑA

(Hablamos con el escritor Eusebio García Luengo)

Por Félix Rosado


La revista ‘Caminar Conociendo’ dedica un espacio al cine, en el homenaje a un Centenario que acaba de celebrar el nacimiento del Séptimo Arte. El mundo del cine no termina en el celuloide. La visión de las películas por parte de la llamada crítica especializada es parte fundamental en el eco que puedan despertar entre el público, que es el que paga. Aunque hay que dejar claro que muchas veces los aficionados dan la espalda a la opinión de los expertos. En nuestro país la crítica cinematográfica surgió en torno a los años 30. Manuel Villegas López fue uno de sus pioneros.

El hecho de que esta revista haya seleccionado a Manuel Villegas López para hablar de este episodio no obedece a otra causa que la de su vinculación, más o menos esporádica, con Las Navas del Marqués. Entre los muchos visitantes ilustres de esta localidad hay escritores, poetas, militares, cantantes, políticos, futbolistas de renombre, etc. Y no podían faltar cineastas. Incluso la película ‘Calle Mayor’, de Juan Antonio Bardem, tuvo sus orígenes en un guión elaborado en Las Navas, basándose en la obra teatral ‘La señorita de Trévelez’ de Arniches.

Manuel Villegas López vino a Las Navas a finales de los años 20. Para recordar ese pasado nos desplazamos a Madrid donde entrevistamos a Eusebio García Luengo, autor y crítico teatral y amigo personal de Villegas López en aquella época, con quien mantuvimos una animada charla en el bulevar de la calle Ibiza.

Ambos críticos, cinematográfico y teatral, coincidieron en el pueblo durante el verano, aunque fue después cuando trabaron amistad en la Capital de España. ‘Vivió en el Barrio de Argüelles y yo iba mucho por su casa entonces’, comenta Eusebio García Luengo. Y apunta que ‘lo de Villegas López’, el segundo apellido, ‘lo llevaba por el prurito de destacar como pariente de Vicente López, insigne pintor, a quien rendía de esta manera un homenaje’. Por eso conservó siempre en su firma el citado apellido. Lo define como un hombre con sentido del humor, gran lector y polifacético, aunque centrado en el cine. En este sentido, añade que ‘íbamos mucho al cine y él pertenecía al grupo de escritores de cine, era uno de los pioneros críticos del cine, como tal’.

Entonces, en aquella época, la figura de crítico cinematográfico no existía, ‘eso sí, había ese grupo de escritores y algunos cine club, aunque muy pocos’. Villegas se encontraba entre ellos y empezó a hacer crítica en Unión Radio, única radio importante que existía en Madrid. Además de Villegas recuerda que estaban Gómez Mesa y Rafael Gil, que también fue director de cine e hizo algunas películas de bastante éxito.

Villegas desde un principio ejerció como crítico de cine, es importante subrayarlo porque la figura dominante era la de crítico de teatro, con gente como Antonio Espina, Manuel Machado, Arturo Nori, Fernando Almagro…’. En los periódicos aparecían gacetillas sobre cine, pero ‘no firmadas’ hasta que se inició la andadura con unos pocos profesionales.

El camino de Villegas López se vio truncado temporalmente –como el de todos los españoles- por el trágico episodio de la Guerra Civil. En este periodo, en el lado republicano, elaboró algunos documentales, ‘quizá asépticos y moderados, porque él no era nada extremista’, sobre la vida de esos años. ‘Como sabía mucho de cine, le encargaron, creo, no sé si por parte del Gobierno Central de Madrid o por los organismos catalanes, unos documentales, quizá nada belicosos pero suficiente para que se animase a irse exiliado a Argentina unos cuantos años, aunque luego fue de los primeros en volver a España’.

(Lo que tampoco sabe Eusebio García Luengo es que si esos documentales se destruyeron o se conservan en alguna filmoteca)

Indica, no obstante, que tampoco debió de ser mucho lo filmado, pues la carencia de material cinematográfico era notable. La llamada División del Campesino si contaba con un grupo de cine, al frente del cual estaba Antonio del Amo, ‘pero Villegas estaba en una zona más aséptica y contaba con menos material, no sé si disponía de los mismos medios pero no creo’.

Lo cierto, señala, es que las películas sobre la guerra civil española son casi todas rehechas con material tomado de los archivos franceses y alemanes y poco de los propios españoles.

Villegas continuó su labor como crítico en Buenos Aires, hasta que la nostalgia, la familia y el hecho de no tener nada que temer le animaron a volver a España. A partir de entonces, ambos amigos se vieron poco.

Recuerda también que entre sus obras posteriores se halla un ‘libro importante’, editado por Taurus, sobre Charles Chaplin Charlot’. Es, tal vez, opina, una de las mejores obras que se han hecho sobre el célebre cómico.

La última obra publicada de Manuel Villegas López apareció en el año de 1991. Se trata de ‘Aquel llamado nuevo cine español’, en ediciones J. C. Madrid, de la colección ‘Obras completas de Manuel Villegas López’.

Así concluyó una carrera que había abierto un camino a la crítica cinematográfica española en esos duros años que se vivieron durante la República. Un recuerdo que se puede plasmar en las alusiones a unas reuniones que se desarrollaban en la Granja del Henar, café muy significativo en aquella época en Madrid, donde se congregaba todo el mundo de las letras y la intelectualidad, como García Lorca o Valle-Inclán, poetas y escritores que quedan en la memoria, pero también gente muy diversa, entre ellos Manuel Villegas López, pionero de la crítica cinematográfica en España.

(*)Félix Rosado es periodista

PAGINAS 12-13 DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, NÚMERO 5 DE JULIO DE 1996

Trazos Biográficos de Manuel Villegas López




TRAZOS BIOGRÁFICOS
DE MANUEL VILLEGAS LÓPEZ

Por Félix Rosado y José Bernaldo de Quirós

Manuel Villegas López, que nació en 1906 en san Sebastián y murió en 1980, está considerado como uno de los grandes y más importantes críticos y ensayistas del mundo cinematográfico; García Escudero le ha definido en ‘Film Ideal’ como el primer gran teórico del cine español.

Por los años veinte veranea en Las Navas del Marqués; conoce al escritor Eusebio García Luengo; más tarde, en Madrid, se hacen amigos y crean la revista ‘Letra’ junto con F. Carmona Nanclares que tiene una vida efímera.

Colabora hasta 1935, en las principales revistas de la época, destacando sus artículos en Nuestro Cinema, Film Popular y Films Selectos.

Fue crítico en Unión Radio –actualmente Cadena SER- entre los años 1932 y 1935.
Se exilió en 1939 a América del Sur. Allí colaboró en revistas y periódicos de Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro. Escribió ‘Cine del medio siglo’ (1946) y ‘Cine francés’ (1947). Escribe al tiempo un ‘Diccionario Universal del Cine’ (1948) que no llegó a publicarse por divergencias con la editorial. En 1950 fundó y dirigió el Centro de Estudios Cinematográficos.

Regresó a España en 1953 y colaboró en ‘Film Popular’, ‘Films Selectos’, ‘Nuestro Cinema’, ‘Film Ideal’, ‘Cinestudio’. Y en casi todas las revistas de la época ‘Índice’, ‘Objetivo’, ‘Ínsula’. También de 1962 a 1965 fue colaborador habitual de la revista ‘Triunfo’.

En 1964 fue premiado por el Ministerio de Información y Turismo.

Finalmente en 1965 obtuvo un justo reconocimiento al recibir la Medalla de Oro de la Federación Nacional de Cine Clubs.

En 1980 se le concede el Premio CEC a título póstumo.

ÚLTIMA OBRA ( PÓSTUMA)

Colección de las ‘Obras Completas de Manuel Villegas López'. Ed. JC, Madrid 1991.

Esta colección incluye la mencionada anteriormente sobre ‘Charlot’: ‘Charles Chaplin. El genio del cine’.

Merece la pena dejar constancia de las propias palabras que el mismísimo Charles Chaplin, sin ir más lejos, dijo del libro que le dedicó Villegas: ‘Es el mejor y más profundo estudio que se haya realizado sobre mis películas y la visión más hermosa, acertada y generosa de cuantas me han dedicado’.

El resto de la colección de sus obras incluye los siguientes títulos:

*La nueva cultura
*Arte, cine y sociedad
*El cine en la sociedad de masas
*Los grandes y fundamentales nombres del cine
*Aquel llamado cine español
*En el esplendor del cine francés


Félix Rosado y José Bernaldo de Quirós

EN LA PÁGINA 13 DEL NÚMERO 5 DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’ DE JULIO DE 1996

Jacoba Conde: 'De Vigo a Santiago, por el bien de todos'


De Vigo a Santiago, por el bien de todos


por Jacoba Conde(*)


Cuando de niña vivía en Santiago de Compostela, de vez en cuando y tanto en las suaves tardes de verano como bajo la cruel persistencia de la lluvia invernal, subía hasta la casa de mis tías una extraña y pobre mujer de tipo céltico -o de lo que vulgarmente se entiende por tal-, con el cabello enmarañado o semirrecogido por una cinta oscura, que quizá hubiera querido ser diadema, pero que, caída sobre la frente, le daba el aspecto de un McEnroe descalificado. En el rostro atezado se abrían, gementes et flenctes, unos leoninos ojos melados que miraban con fijeza obsesiva. A cualquiera que le abriese la puerta, la mujer le preguntaba respetuosamente por mi tía Concha -con ningún otro miembro de la familia entablaba conversación- y una vez delante de ella, le espetaba con voz aguda y plañidera:

--¡Ai, señora, fágame unha caridad, que non teño cousa ningunha y le ando de Santiago a Vigo e de Vigo a Santiago por el bien de todos!

Así remataba siempre la misma frase, en clarísimo castellano: 'por el bien de todos' -airosa cimera-. Escondidas detrás de la puerta, mis hermanas y yo conteníamos la risa, mientras mi tía atendía a la viajera. Y durante años la frase de al mujer perteneció al acervo del léxico familiar para expresar el andar de alguno de nosotros, confusos y atolondrados, de un lado para otro, como ella sin descanso iba y venía de la mítica y eterna Compostela, a la marítima, populosa y desestructuradamente moderna ciudad de Vigo. No parecen demasiados kilómetros cuando se recorren cómodamente en coche por la actual autovía; pero es aún mejor en tren, como nosotros en aquellos años, cantando a voz en grito, a contraviento, asomados a las ventanillas -a riesgo de que alguna carbonilla se nos colara en un ojo-, olfateando el aire y ansiosos de la punzada limpísima del aroma marino. Llegando a Carril, poco antes de Carril, lo celebrábamos:

--¿¡El mar, el mar?!, gritábamos como diez mil y sin Jenofonte.

Aunque en Vigo me nacieron -como dijo Clarín de su Zamora natal y, de la también zamorana Tábara, León Felipe-, a Compostela me llevaron aún sin memoria, con solo algún balbuceo sonrosado. En esa ciudad donde la piedra se afirma resuelta, ahincada en tierra y emergente contra el cielo, allí aprendí que la vida es un camino con vocación de inmortalidad, como la línea tiende al infinito. Y todavía ahora, después de tantos años, me acuerdo algunas veces de la patética imagen de aquella mujer peripatética y se me antoja que su petición encerraba una extraña y profunda sabiduría, pues se sabía acreedora a la generosa ayuda de todo bicho viviente porque ella se había querido caminante incansable, pasajera continua, viajera de ida y vuelta, peregrina en círculo, laberíntica, asentando su vivir en la permanente dinámica de andar su camino.

Como Gilgamesh en busca de la inmortalidad y Ulises de retorno a la patria, como Ruy Díaz, el Castellano, tras su honor perdido –que era también el de su pueblo- y Alonso Quijano, el Bueno, en su camino de lucha por hacer realidad –que es ficción- su proyectada persona, su decidida máscara de caballero andante, de auténtico y no fantástico Amadís; así, también, todos somos caminantes de un camino sin sentido aparente, sin otro ni más sentido que el caminar mismo. Ya lo dijo Juan Ramón –los poetas, siempre-:

--‘Andando, andando, que quiero llegar tardando’.

Llegar ¿a dónde? A la muerte, sin duda. No nos engañemos.
Por si la vida es camino, que cada uno recorra el suyo propio, el que le corresponda, el marcado por los dioses –o por sabe quién-. Y bien puede ser que parezca que, como el de la mujer de los ojos amarillos, no tiene sentido alguno; pero a no dudarlo, entonces habrá alcanzado la máxima dimensión y tan alta que ni él mismo será capaz de reconocerla, puesto que, de tan propio no habrá existido nunca ninguno como el suyo, ninguno conocido ni reconocido imposible, por tanto, de medir: inmensurable.
Verdaderamente, pues, a la medida del hombre.

(*) La autora es profesora de literatura.
(Creemos que, Jacoba Conde, es un seudónimo que esconde –nunca mejor dicho- a la poetisa María Paz Díez-Taboada)

EN LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, NÚMERO 5, PÁGINA 17 DE JULIO DE 1996

martes, 27 de marzo de 2007

PAZ DÍEZ-TABOADA: 'Lucerna'


Mari Paz Díez-Taboada:
‘Lucerna’

Lucerna Ventosa, quae dicitur Karcessa… urbem munitissimam…, est in valle viridis…

Estas palabras latinas, pertenecientes al Liber Sancti Iacobi de las Crónicas del Pseudos-Turpin, parte IV del famoso Codex Calixtinux (S. XII), -que los gallegos llamamos O Calistiño y cuya autoría se atribuyó falsamente al papa Calixto II-, se refiere a la misteriosa Ventosa o Carcesa, poderosa y muy fortificada ciudad sarracena, situada en la más larga y conocida de las rutas que llevaban a Compostela, o sea, en el ‘camino francés’ o Camino de Santiago por antonomasia. Tratando de precisar su ubicación, la Crónica añade que ‘est in valle viridis’, o sea, en el valle verde… pero, ¿en cuál de los valles verdes por los que discurre el mítico Camino?; y sigue: ante ella un día llegó un día llegó Carlomagno, con sus pares y mesnadas; la sitió y atacó, pero las rojas murallas de la ciudad infiel resistían los envites de los franceses y el Emperante elevó sus ruegos a Jacob Bonaerges el Hijo del Trueno solicitando el milagro. Oyó Santiago al cristiano y de los Montes Aquilianos bajó impetuoso un fiero turbión que derribó las murallas y arrolló casas y habitantes, hundiendo para siempre a Lucerna en un lago, tranquilo y misterioso, en donde, convertidos en ágiles y ondulantes peces negros, nadan los sarracenos.
Frecuentemente, los cantares épicos medievales explotaban asuntos, casos y cosas ya narradas en las crónicas; aunque también sucedía a la inversa, o sea, que estas prosificaran lo que aquellos narraban en verso –así, por ejemplo, en la Primera Crónica General de Alfonso X el Sabio se encuentra la versión en prosa del viejo cantar perdido de Los Siete Infantes de Lara-. Anseis de Carthage (S. XII) y Guy de Bourgogne (S. XIII) son dos chansons de geste del ciclo carolingio, que tiene por asunto principal las hazañas de Carlomagno y sus doce pares; en ambas se narra esta misma leyenda y, curiosamente, las dos aluden al rojo encendido de las murallas de la legendaria Lucerna: ‘Li mur… plus vermeil ke charbons en foyer’ y ‘Murs vermeils…’.
El ilustre investigador francés Joseph Bédier rastreó exhaustivamente el oculto camino de esta leyenda, que, como todas, está estrechamente ligada a una tierra concreta y basada en hechos históricos, confundidos y amalgamados en la imaginación popular. Bédier pudo determinar que Ventosa era el nombre con que, desde comienzos de la Edad Media, se conocía popularmente la céltica Bérgidum –apellidada Flavium tras ser conquistada por los romanos-, que estaba ubicada en el cerro llamado aún hoy día Castro de la Ventosa, en la comarca leonesa de El Bierzo –derivación del latinizado Bérgidum-, a pocos kilómetros del pueblo de Pieros, en pleno Camino de Santiago. También averiguó que Carcesa o Karcesa es topónimo derivado del río antiguamente llamado Cárcere o Cárcer, que corre por un estrecho y umbrío valle al que da nombre, el Valcarce, que, en tiempos modernos, curiosa e ilógicamente –como pescadilla que se muerde la cola-, ha venido a dar al río (1*). Mas le costó averiguar lo del valle viridis, pero en el tomo XVII, de la Santa Iglesia de Astorga, de la monumental obra del padre Flórez de Setien, La España Sagrada, encontró que Santa Marina de Valverde era el nombre de la parroquia principal de lo que hoy son tierras de Corullón, pueblo berciano próximo al Castro y también a Valcarce.
Pero, ¿de dónde brotó el turbión que arrolló a la infiel y poderosa Lucerna?, ¿cuáles son los picachos en que los francos, peregrinos a Santiago, creyeron ver las míticas ardientes murallas de la ciudad?, ¿dónde el lago en la que quedó anegada…? Y, ¿aún andarán allí los sarracenos convertidos en peces negros por el Bonaerges, dada su contumaz resistencia al cristianismo? Pues, sí…
Y ahora la leyenda nos retrotrae a un tiempo más lejano y al más bello lugar de la muy bella comarca berciana. Hemos de caminar hasta Las Médulas, con sus rojos picachos que en el fulgor del ocaso semejan desde elejos muros incendiados o ardientes torres de una ciudad en llamas. Es cosa de leyenda, sin duda, y, sin embargo, volviendo de Galicia a León, en una hermosa tarde de verano, hace ya unos años de este torpe fin de siglo, creí ver desde el coche un incendio tan furioso y tan próximo, que despavorida le grité a mi marido:
--‘¡Miguel, está quemándose el monte, ahí cerca…!’
Y mi leonés particular me dijo sonriendo:
--‘¡Que no, que son los picos rojos de Las Médulas iluminadas por el sol del poniente!’
Como yo, así también lo han visto desde hace mil años los ojos asombrados de peregrinos extranjeros, atentos al prodigio, a verdades ocultas y misterios…
Fue Roma –‘el pueblo-rey’, como dijo Chateaubriand- la insaciable codicia del Imperio, la que proyectó la ruina montium que dio origen a Las Médulas. Desde los imponentes Montes Aquilianos, cuyo pico más alto recibe hoy el nombre de La Aguiada, diversos carriles tallados en la roca viva, hacían confluir las aguas de la lluvia y neveros en las oquedades y túneles que el sudor de los esclavos –los humillados amos y señores de aquellas tierras vencidas- iba horadando en las entrañas del monte; por allí se colaban las aguas en turbión, arrollando a su paso piedra y tierra hasta unos desaguaderos y cribas situados más abajo, en donde se escogían y lavaban las pepitas de oro; luego, abriendo unas compuertas, se dejaba que las aguas, barro y limo siguieran la pendiente hasta reposarse en lo que es hoy día el lago Carucedo. Así, horadando como un queso de Gruyere y atravesado una y otra vez por la furia del agua, el monte acabó por derrumbarse, mostrando desde entonces sus rojizas entrañas descarnadas. Y, efectivamente, en el sereno lago, de formación artificial, nadan delgados y ágiles peces negros que los bercianos conocen bien: los pescan y se los comen. Pero lo que pudo averiguar Bédier y que hasta ahora nadie ha desvelado es en donde estaba Lucerna, la ciudad que el Pseudos-Turpin identificaba con Bérgidum Flavium, llamada Ventosa, también Carcesa, en tierras de Valverde, que muy bien pudiera ser la actual Corullón; Lucerna, que la leyenda carolingia soñó como la sarracena Luiserna, bien defendida por sus murallas rojas y hundida para siempre en el extraño Lago, por obra y gracia del tánden ‘emperador Carlomagno / apóstol Santiago’. En mis tierras del Noroeste existían y aún hay muchos lagos y lagunas –Antela, Dañinos, Cospeito, Isoba, Ausente, Sanabria…; también en el mar, en la costa lucense, frente a San Miguel reinante –en donde se supone sumergida, asolagada en el misterio de las aguas, una ciudad infiel y perversa que fue castigada por los poderes sobrenaturales. Como la bretona Is, de la que habla Renán, la ciudad sumergida vive, como en sueños, y en ciertos momentos del ciclo anual –al amanecer del día de San Juan, el día último del año a las doce de la noche… da señales de vida. Pero de todas ellas ninguna más bella que Lucerna. Se asentó en el viejo Castro céltico y es Ventosa, la encerrada en Valverde; irguió poderosa sus muros flamantes en Las Médulas y duerme para siempre, bajo el cristal del Lago Carucedo, el sueño de su vida misteriosa.
Y, sobre todo, avanza por el Camino de Santiago, discurre multiforme en las páginas de nuestra literatura –Gil y Carrasco, Unamuno, Casona, Cortezón…- y vive imperecedera en la memoria colectiva de las gentes del Noroeste.

Paz Díez-Taboada es profeso9ra de literatura; poetisa connotada y autora de varios estudios literarios, entre ellos de Valle-Inclán.


(1*) Idéntico fenómeno lingüístico ha ocurrido en las zonas próximas de la provincia de León; así, al unirse el nombre del río Oza a ‘Val’, apócope de valle, para denominar a éste, la ‘o’ diptongo en ‘ue’ y de Valdeoza se pasó a Valdueza, nombre actual del río; y lo mismo en el caso de Orna: Val de Orna > Valdorna >Valduerna. O sea, que si antiguamente eran los ríos –Oza, Orna, Cárcer- los que daban los nombres a los valles –Valdueza, Vardorna, Valcarce-, el pueblo ha rebautizado los ríos con el nombre de los valles.

PAGINAS 20-21 DE ‘CAMINAR CONOCIENDO’ NÚMERO 5 DE JULIO DE 1996

Paz Díez-Taboada: La Caída


Paz Díez-Taboada: ‘La caída’

Lo susurran las hojas de los árboles,
Lo murmuran los ríos y las fuentes,
Lo comentan en corro, bajo la parra augusta,
Los campesinos de melados ojos;
Lo clama, sucesiva, la ondulante
Fila de peregrinos en mil lenguas:
¡Cayó, cayó Lucerna, la dorada!
Se hundió en el barro de los sueños.
La arrastró hasta el olvido el turbión que, furioso,
Derrumbó con estrépito la majestad del monte.

Mari Paz Díez-Taboada
(de ‘Lucerna’, libro de poemas inédito)

PAGINA 21 DE ‘CAMINAR CONOCIENDO’ NÚMERO 5 DE JULIO DE 1996

lunes, 26 de marzo de 2007

Antonio Escudero / Joaquín Lledó: Paralelismo navero-extremeño

ANDANDO O EL BOSQUE DE ANTONIO ESCUDERO

(PARALELISMO NAVERO-EXTREMEÑO)
por Joaquín Lledó y Antonio José Escudero Ríos (*)

Lago de la Ciudad Ducal (Las Navas del Marqués)

Solo eres lo que te falta
(Antonio Quintana)

Pasaron un largo momento allí, junto a la fuente que alegre mana, sentados en el rústico banco que protege la techumbre de paja, conspirando ensoñaciones a propósito de los ‘Arieles’, ese misterioso grupo del que ambos formaban parte –en realidad creación de uno de ellos- y que, según decían los rumores, tenían como principal objetivo fomentar el interés por la cultura judía de Extremadura y dar a conocer en Israel, y entre las gentes del Libro, Extremadura, La Otra Tierra de Promisión donde tantos y tantos hebreos vivieron, gozaron y penaron. El uno, soñando intercambios culturales, realizaciones conjuntas, cooperaciones técnicas y mil otras cosas de índole semejante, pues desde que había escrito aquella novela titulada ‘La isla de ensueño’ era muy dado a imaginar utopías y repúblicas ideales. El otro, hijo de Israel, dándose el placer de soñar nuevos bosques que plantarían sus manos, que ya tantos árboles habían plantado aquí en Las Navas del Marqués, y allí, pues había sido sin duda el principal promotor de este bosquecillo que crece en la cacereña Hervás y que lleva el nombre de ese sabio judío, el profesor Haim Beinart, que tanta y tan excelente tarea ha realizado para acercar las dos culturas.
Y dábase a imaginar un nuevo bosque, que llevaría el nombre de su padre, el maestro Antonio Escudero, plantado ahora en el Santuario de Piedraescrita, en la Serena, donde, como a él le gustaba decir, ‘sólo se oye el silencio, el balido de las ovejas y el bronco ladrido de los mastines’.
Un bosque donde habría lugar para todos los sueños pero también para todos los recuerdos, pues habría árboles que perpetuarían la memoria de Inés Gallardo, que duerme el sueño eterno en tierra de Campanario o la del reciente y tristemente fallecido Rufino González, cuya vida se llevó ese tren que pasa por estas Navas que dicen del Marqués. Erguidos cipreses, pinos y plateados olivos señalarían el cielo, recordándoles a ellos dos, que les conocieron, su ausencia, pero a todos, aun aquellos que de ellos nunca oyeron hablar, estos árboles recordarían que entre el cielo y la tierra existe algo sagrado; algo que no es sino el vínculo de amistad que une al hombre, a cualquier hombre, con el hombre, es decir con todos los hombres. Claro que, decía, habrá también árboles para dar sombra y cobijo a los enamorados y, cómo no, acacias para aquellos que aman los misterios.
Y, oyéndole soñar en voz alta de esta manera, pensaba el otro aquello que decía María Paz Díez-Taboada en su bello librito de poemas ‘Rumor de día’:

‘… toda creación es un inflado
Blanco mantel sobre la verde hierba,
Que, cual tienda de alárabes errantes,
Acoge un mundo pródigo en tesoros ocultos.


Y se dejaba ir a las ensoñaciones de su amigo; se dejaba ir a ese mundo lleno de bosques por el que transitaban gozosas romerías.
Luego, cuando el calor se hizo menos agobiante, abandonaron el fresco refugio de la fuente y, sin dejar de conversar, se dirigieron hacia el cercano lago. Hablaban los dos casi al unísono y cualquiera que se les hubiese acercado habría tenido la impresión de que hablaban de cosas dispares sin escucharse el uno al otro, pues el uno hablaba, como siempre, de calendarios judíos, de lunas y estrellas, de celestes esferas, citando algunas veces el libro de Paz, que al parecer le había complacido:

Clama otra vez aún con resonante
Redoble de dolor sobre la curva
Piel de la tierra que florece, vuelta
De espaldas al horror que gira en torno

Mientras el otro volvía una y otra vez a sus árboles y citaban a Plinio, pues fue este romano –que por cierto murió en las operaciones de rescate de los habitantes de Pompeya sepultados bajo la lava del Vesubio- quien dijo: ‘No menos que las estatuas divinas en donde resplandece el oro y el marfil, adoramos los bosques sagrados y en ellos el silencio mismo’. Pero quien esto hubiere pensado, quien hubiese deducido de su manera de conversar, que en realidad el uno al otro no se escuchaban, se habría equivocado. Porque el uno y el otro decían, aún diferente, en verdad era lo mismo y por ello de manera ceñida se entrelazaba, como se entrelazaban las ramas de árboles diferentes o como parecen conjuntarse astros que en realidad moran en lugares muy distintos y alejados, para terminar formando la bóveda celeste de un mismo sueño. De la misma manera si uno parecía estar ausente de aquel hermoso paisaje de Las Navas, pues no hacía más que hablar de Extremadura, recordando ahora ese ‘Bosque Yehuda Haleví’ que en Hervás lleva el nombre del gran poeta hebreo y, un poco más tarde, aquel otro ‘Jardín Isaac Rabin’ campanariense; y si el otro también parecía ausente, pues continuaba hablando de festividades agrícolas pautadas por los ciclos de la luna y de los misteriosos cómputos cabalísticos a los que se entregaban los sacerdotes hebreos para armonizar estos cielos con aquellos que rige el ardiente sol, de repente, como un milagro, los árboles del uno se transformaban en los cipos con que el otro realizaba sus cómputos astronómicos, y las órbitas de los astros de los que hablaba este ya no eran sino señales en los cielos creados sólo para guiar el peregrinar de alegres romerías hacia los bosques del otro.
Y así llegaron al lago. Y éste, atrapando sus voces hizo la conversación más sosegada. Y mientras caminaban por la orilla, dando lentamente la vuelta al líquido espejo, los dos se pusieron a hablar de aquello que, durante los últimos días, habían centrado –en parte- su quehacer: la publicación de esas actas de las Jornadas Extremeñas de Estudios Judaicos.
Esas actas que por fin –había pasado más de un año- se iban a publicar y que para ellos era tan importante, pues era un hito en ese caminar que en realidad no llevaba a ningún sitio, ya que era simplemente señal de un propósito de amistad entre dos pueblos lejanos, y al mismo tiempo cercanos. Y hablaban de ello aquí, en este lago de Las Navas del Marqués porque en realidad era aquí donde la idea de ese caminar hacia un mejor conocerse había comenzado a fraguarse. Y ambos estaban contentos de que este camino comenzasen a aparecer ya las primeras claras señales… que eran para el uno como estrellas en el cielo, y para el otro como árboles de un edén de la Otra Tierra de Promisión, cuyas piedras y rumores son también vestigios de aquella añorada Separad hacia la que el corazón y los ojos siempre retornaban.

Joaquín Lledó y Antonio José Escudero Ríos. Los autores son director de cine e investigador respectivamente.
Campanario (Badajoz) /Las Navas del Marqués (Ávila)
Abril de 1996 / Nisán 5756

TODO ELLO EN LAS PÁGINAS 22 y 23 DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’ NÚMERO 5 DE JULIO DE 1996

martes, 20 de marzo de 2007

López Andrada: 'Entrevista a Luis Garrido'

Entrevista a Luis Garrido

Por Alejandro López Andrada, 17 de marzo de 1996


Madrileño de nacimiento, Luis Garrido, es, hoy por hoy, a pesar de no ser lo suficientemente reconocido, uno de los narradores más originales y auténticos de nuestro país. Su capacidad fabuladora, su mágica prosa, su personalísima visión de la realidad, le han convertido en un autor con un mundo literario muy genuino; así lo demuestran sus muchos libros publicados hasta el momento, entre los que destacaríamos: ‘Los niños que perdimos la guerra’, ‘El maqui’, ‘Las hogueras de San Juan’ y ‘La década oscura’. Recientemente, ha publicado en la editorial VOSA su última novela ‘El hombre del abrigo largo’, un libro cargado de misterio y de símbolos inquietantes, al que hacemos referencia en esta entrevista.
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PREGUNTA.-Hemos visto que en su narrativa –al menos, en la mayor parte de sus libros- suele mezclar con gran acierto el lado mágico de la vida con su ángulo real: ¿es así su visión del mundo que nos rodea o, por el contrario, esto lo utiliza como una técnica literaria?


RESPUESTA.-Creo en el ángulo real de la vida, y sobre este aspecto escribo; pero también creo que en todo lo real hay magia y fantasía. Son dos palabras sin las que no comprendo la vida cotidiana.
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PREGUNTA.-En la mayoría de las obras publicadas hasta el momento, suele aparecer la atmósfera oscura y plomiza de la postguerra española, ¿hasta que punto han influido aquellos años tan duros y difíciles en su alma de escritor?


RESPUESTA.-La postguerra hizo que cambiase el colegio por las herramientas de trabajo. Dejé de ser niño para ser adulto con solo doce años. Le estoy agradecido al cambio porque influyó en mi forma de ver y sentir la vida. No me puedo olvidar de ‘La década oscura'. En ella, soporté la dura realidad y la adorné con la fantasía de un niño. Esto se nota en mis libros sobre la época.

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PREGUNTA.-Centrándonos en esta, su última novela, ‘El hombre del abrigo largo’, nos ha sorprendido, ante todo, ese ángulo simbólico del argumento, la metáfora de Dios hecho hombre en medio de los perseguidos y los marginados, ¿qué ha pretendido con esto?, ¿reivindicar, entre tanto materialismo el lado romántico y místico de un hombre en la sociedad?
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RESPUESTA.-Casi todos los humanos, esperamos que la solución a los grandes problemas venga del cielo. Es un tópico; pero es lo que nos hace meditar, orar y tener esperanza. Después de las influencias de profetas y mesías, nunca pasó nada; nada cambió en lo importante. Siguió la injusticia y la desigualdad y el mundo siguió su curso. La solución nunca viene del cielo; pero cada uno tiene su particular visión para arreglarlo. Y, ‘El hombre del abrigo largo’, puede ser un visionario que, en este final del siglo XX, intenta dar soluciones. Pero al final del libro se ve que nunca pasa nada.
Los movimientos cósmicos suelen ser circulares y todo termina donde empieza.
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PREGUNTA.-En su anterior novela ‘Las hogueras de San Juan’, tocaba el lado mágico y onírico de la realidad contando una historia que, en ocasiones, rozaba la fantasía; en su opinión, ¿hace falta fantasía en la actual narrativa española?
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RESPUESTA.-La narrativa contemporánea (en algunos casos) intenta contar al hombre, lo que cree que le interesa. Y con mayor o menor rigor le narra la marcha cotidiana de los días. Pero no debemos olvidar que el lector necesita creer en algo que no puede tocar con las manos. Es una inquietud que está implícita en el mundo onírico. Desde tiempos remotos cuando no sabía el origen de las cosas, levantaba su vista al cielo y creía en astrólogos, en magos, brujas, hechiceros, y se dejaba conducir por el sumo sacerdote. Creo que siempre seguiremos creyendo en lo sobrenatural.
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PREGUNTA.-Tenemos entendido que en los años sesenta, cuando se inició la aventura editorial de ‘Alfaguara’, tuvo una relación amistosa con los hermanos Cela, Jorge y Camilo José, ¿qué ha quedado de aquella vieja e interesante amistad?
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RESPUESTA.-Mi relación con los hermanos Cela, durante cinco años, fue laboral. Solo fui un componente de la Dirección que ayudó a crear ‘Alfaguara’. Mis relaciones con Camilo y Jesús Huarte, se limitaron a lo laboral y solo con Juan Carlos y Jorge Cela intimé como personas, aparte del trabajo diario. También tuve y tengo desde entonces, amistad con la mayoría de los escritores que publicaron en ‘la novela popular’. A Camilo, le he vuelto a tratar al intervenir en la publicación de su libro ‘El camaleón soltero’. Creo que me considera y yo a él, le respeto y le admiro.
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PREGUNTA.-Su última novela ha visto la luz en una pequeña editorial madrileña, VOSA, que va abriéndose camino, lenta pero firmemente, en un mercado literario de nuestro país, ¿publicar un buen libro –así opinamos del suyo- en una pequeña editorial puede suponer un pesado lastre para su posterior difusión comercial?

RESPUESTA.-Para mi publicar en VOSA, es un orgullo; creo que llegará a ser una editorial con personalidad y acierto. No olvido que ‘Alfaguara’, también empezó siendo pequeña; pero con acertadas ambiciones literarias… El tiempo se encargó de darle la razón. Publicó a noveles que hoy están entre los consagrados y se preocupó de veteranos ‘Raros y olvidados’. VOSA, sigue ese camino y no tardará en demostrar que también tiene razón.

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PREGUNTA.-Por la distancia temporal que existe entre la publicación de su anterior novela y ésta última, suponemos que es autor de escritura lenta y laboriosa, ¿es esto así? Y por otra parte, ¿está escribiendo actualmente algún libro nuevo? Nos gustaría saber qué proyectos, de carácter creativo o literario, tiene en la actualidad.

RESPUESTA.-Esta pregunta la relaciono con las dos anteriores, pues llevo años trabajando en una novela que se titulará ‘Cuando el libro muerde’ en la que cuento mis experiencias sobre: escritores, editores, libreros, críticos, premios, distribuidores y todo el trasfondo que hay entre bastidores en la farándula del mundo del libro. Mientras tanto escribo cuentos para revistas y hago los guiones para el programa de la COPE, ‘La hora de los sueños’ en el que puedo desarrollar la magia y la fantasía.


TOMADO DE LAS PÁGINAS 24, 25 y 26 DEL NÚMERO 5 DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’ DE JULIO DE 1996






lunes, 19 de marzo de 2007

Luis Garrido: 'Viajar es otra cosa'

VIAJAR ES OTRA COSA
Por Luis Garrido

Me gustan los viajes y la naturaleza; para mi, viajar no es hacer kilómetros. No es subir a un avión, o un tren o un autobús y trasladarme de un lugar a otro sin mas estímulo que el de sentir que mi persona está pisando un suelo que no me es habitual. Para mi viajar es recorrer los caminos, los senderos, las veredas y mezclarme con las gentes; saber sus inquietudes y comprobar con sorpresa que, muchos de ellos, lo que desean es ir al lugar del que yo vengo.

No siempre sincronizan los acordes, a veces se rebelan contra la servidumbre, contra la imposición de marchar en caravana por esas pistas en las que no hay curvas peligrosas. En las que marcan las salidas y las zonas de descanso, en las que todo son facilidades, en las que no ves nada aparte del asfalto, en las que apenas sientes, como un soplo, al compañero de viaje que te adelanta indiferente, aunque tú lleves su misma dirección.

La sorpresa que puede surgirte cuando, a propósito, procuras perderte en una gran ciudad tratando de ver algo distinto a lo que un guía profesional quiera.
Me gustaría ser siempre un transeunte y nunca habitante censado en algún sitio; un viandante, andarín y viajero que llegase a los lugares a bordo de mis pies... 'Y hacer camino', (como dijo Machado) y poder contemplar la naturaleza que también forma parte de la misión del caminante. Montañas, valles, colinas, riachuelos, arroyos, senderos olvidados, bosques y campos habladores en los que, además de personas, hay otros seres vivos a los que poder observar.

También viajar es ver la vida de los pequeños moradores de la naturaleza... Al topo, cuando levanta la tierra para avanzar por su galería... Mirar las plumas sucias, el ojo colérico y el pico largo de la urraca... La mariposa volar sobre als flores y huir de los pájaros en un zigzag que parece una poesía de fuga... Descubrir nidos abandonados que fueron vivienda temporal de pequeños buches hambrientos... Quedar admirado ante esas gotas de miel que son las abejas cuando salen del panal; oír a las ranas en la charca avisando, con su croar, que están en el mundo para algo y a la araña tejedora tendiendo sus redes para vivir; y poder comprobar como triunfa la voluntad de las hormigas; vigilar a la inquieta y vivaracha lagartija que se conforma con un mosquito y un rayo de sol. Y así, con interés por todo lo pequeño: lo que tal vez parezca poco interesante, voy haciendo mi camino, sin olvidar que tanto en lo rural como en lo rubano, viajar es conocer...

Soy viajero por vocación. He recorrido parte de los cinco continentes; pero sobre todo España, en tren, en coche, a pie, visitando ciudades, pueblos y comarcas, conviviendo con sus gentes, tratando de absorber sus costumbres, tristezas y alegrías, su sabiduría pequeña de hombre de a pie.


(*) Luis Garrido es librero y escritor. En nuestra biblioteca se pueden leer los libros 'Historias de postguerra', 'El maqui' y 'La décado oscura'.
(TOMADO DE LAS PÁGINAS 24 y 25 DEL NÚMERO 5 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' DE JULIO DE 1996)

 

viernes, 16 de marzo de 2007

Luis Mateo Díez: 'Días del Desván' (I)



DÍAS DEL DESVÁN I.



La nieve era la vendimia del invierno y anunciaba los bienes de una larga cosecha que florecía en los frutos blancos. Llegaba al Valle como una sorpresa que todos los años se repetía, porque casi siempre disfrazaba su advertencia en el temblor helado que la presagiaba, y el presagio se incumplía una y otra vez hasta que, de pronto, amanecía el Valle helado.

La emoción más primitiva de la nieve es que une la soledad con el silencio, no la soledad del abandono sino la que surge como un sentimiento de desposesión y lejanía que, por primera vez, anuncia lo poco que somos y la nada que nos acecha. La nieve suscita una conciencia física de esa soledad que reduce nuestra palpitación y alimenta un silencio que procede del vacío que contiene lo que se borra.

No es una emoción dramática porque el sentimiento que la conforma nace de la placidez misma con que vuelan los copos, de esa parsimonia que contagia la mirada con la solemnidad de lo que parece detener el tiempo, acaso también borrarlo. Hay en ella una fascinación de suavidad y ensueño que lo emparenté con el sosiego de las hogueras, una paralela fijación entre el hielo y las pavesas.

La nevada detenía la vida porque sumergía el mundo y transformaba el Valle en un paisaje inexistente que lo expandía más allá de sus límites geográficos, más allá de la realidad y el sueño, en algún lugar de la memoria de la infancia que no iba a coincidir con ningún recuerdo concreto, apenas con el fulgor de esa emoción primitiva que alentaría el misterio de las más primitivas emociones del Desván.

La nieve goteaba por las comisuras de las claraboyas y la luz húmeda iba filtrando el níquel del invierno, un brillo de metal magnético que imantaba los rincones polvorientos y depuraba la atmósfera, hasta convertir el Desván en un fanal que amortiguaba la herencia de su decrepitud y antigüedad.

Los niños no fueron dueños de ese sentimiento desolador de la nieve hasta que no habitaron el refugio en los días en que la nieve aislaba su existencia, cuando no se podía salir de casa y la escuela permanecía cerrada.

Entonces en el Desván corrían las horas más inusitadas, las del asueto obligado que les mantenía con la imaginación arrecida y una sensación de tedio y frío que doblegaba el ánimo casi hasta el abatimiento.

La soledad y el silencio conformaban un eco en la lejanía del Valle inundado, en la desposesión de los paisajes que saqueaba la nieve hasta hacerlos desaparecer, como si la nieve fuese el ladrón que se apropiaba de todo aquello en lo que podía posarse, o el fantasma que ahuyentaba cualquier apariencia de vida.

La oquedad de una nada tan fría, como la del fanal niquelado, auspiciaba algún sueño remoto, la sensación de que la misma mano helada de la nieve se había apoderado del Desván hasta desvalijarlo por completo.

Les costó un tiempo superar ese peso inexplicable que la nieve depositaba en sus corazones, como si el refugio no sirviera para salvaguardarles y el propio peso detenido en el tejado fuera horadando los declives, antes de su desprendimiento.

Ese sentimiento derivó un día hacía la euforia hacia los bienes que la nieve anuncia bajo el sol. El Valle brilló como el espejo blanco de la vendimia, con el fulgor nacarado de las bodas y las cosechas. Había un cielo azul y fue la primera vez que los niños se alzaron hasta las claraboyas y lograron abrirlas.

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Luis Mateo Díez

(De la página I de 'Fontana Sonora', suplemento de la Revista 'Caminar Conociendo, nº 5 de julio de 1996)

Luis Mateo Díez: 'Días del Desván' (y II)


Días del Desván y II.

Lo que Almo contó juraba habérselo oído a su padre, y del padre de almo todos tenían la impresión de un hombre tan extremadamente serio, que aquello debía de ser vedad por extraordinario que pareciera.

Lo contó una de esas tardes de invierno que larvaban el oscurecer con más desidia que inquietud, como si las horas inmovilizaran el sopor y los niños no encontraran el aliciente de ningún juego.

Se habían sentado en el soportal de la plaza, arracimados en el mismo poyo, con los cabases desordenados a sus pies. La plaza estaba sumergida en el silencio que la deshabitaba y hasta el agua de los caños de la fuente manaba con mayor sigilo, como si la desgana del invierno la contuviera.

Tal como lo contaba Almo, la noche no había hecho ninguna advertencia de nieve, al menos una advertencia suficiente para que Birno pudiera calcular las complicaciones de aquellos siete kilómetros hasta el pueblo, desde la bocamina de Canzo, por los pinares y las selvas del Rebueno.

No era la hora habitual porque no coincidía con ninguno de los turnos, y Birno había tenido que hacer algunas labores especiales y el camión en el que había subido, había bajado hacía un buen rato. Los siete kilómetros por los pinares y las selvas le parecieron el mejor atajo y, por lo que comentaba el padre de Almo, no reparó en nada que no fuese el pensamiento de llegar a casa lo antes posible.

La nieve llegó por el camino en la dirección que Birno llevaba y en los trechos en los que el camino se hacía sendero o se adelgazaba hasta el límite de una huella que se internaba en la maleza, arreciaba como si los copos volaran más inquietos.

El padre de Almo, que conocía a Birno de toda la vida, dijo que solo un hombre joven y fuerte como él pudo seguir adelante, cuando pasados algunos kilómetros la nieve ya cuajaba en la espesura del pinar y, mucho más, por la selva de los helechos, sabiendo Birno que el tiempo que llevaba andando no coincidía con un tramo favorable de trayecto, y la noche cumplía sus horas mientras más se extraviaba.

Por las profundidades del Rebueno se escuchó la respiración de la alimaña. Ahora la nieve caía con mayor parsimonia, densa y ociosa, en ese punto en que la nevada ya no se resigna a ceder, porque conquista la convicción de que se hará eterna. La respiración llegaba como un rastro más ávido que sofocado, y Birno se detuvo un instante.

El lobo calla y se agacha, decía Almo que había contado su padre, cuando la presa se para, y cuantas veces lo haga la presa lo hace el lobo, teniendo en cuenta que el lobo teme al hombre y no le va a atacar hasta que lo tenga derrotado.

Lo escuchaba con absoluta nitidez, como si el silencio de la nieve sirviera para ampliar el eco de la persecución.

Birno llevaba un rato sintiendo la humedad helado que amenazaba los músculos, porque su ropa sorbía los copos y sus pasos se habían hecho demasiado lentos. Intentó agilizarlos pero fue imposible. El rastro de la alimaña era cada vez más cercano, tanto, contaba el padre de Almo, que hubo un momento en que, al volver se percibió su hocico, del mismo modo que unos pasos después, vio brillar sus ojos.

Del pinar y la selva a la Corrala la noche se hizo más larga que ninguna. Al menos más larga que todas las que Birno pudiera recordar juntas.

El lobo corría a su alrededor, le adelantaba, le aguardaba, volvía a perseguirle. Era un bicho enorme y, cuando Birno alcanzó la vuelta del camino que, hacia la Corrala, señala un abedul gigante, lo vio tendido en la nieve, al pie del abedul, como si hubiera elegido ese punto, desde donde ya podía avistarse el pueblo, para poner fin a la persecución.

Fue entonces cuando Birno se detuvo y sintió que el miedo, un miedo que venía creciendo en su cuerpo como el musgo de la congelación, paralizaba su mente, enquistaba su voluntad, desvanecía la conciencia, al tiempo que comenzaba a percibir una extraña salpicadura en las venas que, sólo por un instante, alertó el latido de lo que deja la vida en el umbral de la muerte.

El lobo husmeó con sigilo y receló de aquel cuerpo varado que ya no tenía respiración y retomó el rastro de su acecho, la huella que la nieve velaba en el camino de la persecución, como si quisiera regresar sobre sus pasos al interior de la selva petrificada.

Almo dijo que su padre fue el primero que vio a Birno llegar al pueblo, porque esa madrugada los mineros del primer turno adelantaban la entrada y él tenía que ir antes.

Venía entre nieve como si la nieve le creciera del cuerpo y caminaba como un autómata, con pasos firmes y mecánicos.

Lo que más impresionó al padre de Almo fueron los ojos de Birno, la mirada helada que solo comenzó a desentumecerse cuando se sentó desnudo, con una manta a los hombros, ante la estufa de serrín. Eran los ojos de la alimaña que le había perseguido y sólo con mirarlos comprendía uno, aseguraba el padre de Almo, lo que el miedo había matado para siempre en el corazón de aquel muchacho.

Luis Mateo Díez nació en Villablino (León). Abogado. Premios: de la Crítica, Nacional de Literatura, entre otros.

(Estos dos textos inéditos enviados a ‘Caminar Conociendo’ pertenecen a un ‘relato de la infancia’ en el que actualmente (*) trabaja el autor.

(*)Después lo convirtió en un libro de relatos con este mismo título, ‘Días del Desván’ que publicó hace pocos años.
-Estos relatos de Luis Mateo Díez aparecieron en las páginas I, II y III de ‘Fontana Sonora’, suplemento de la revista ‘Caminar Conociendo’, del número 5 de julio de 1996-