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jueves, 29 de marzo de 2007

Agustín García Calvo: 'Gracias a Rufino'

Gracias a Rufino(*)


Por Agustín García Calvo(*)


Hay un sitio por donde el Barrio de la Estación de las Navas pude decirse que termina: pues ello es que poco más allá de ese sitio se abre el túnel de Mataborricos, y se sabe que, cuando se salga de él por la otra punta, ya no será lo mismo; ya se verán desaparecer por las hondonadas los últimos chalés desperdigados, y allá lejos la ermita, y luego serán otros pinares y otros aires.


En ese sitio, pues, si sube uno al terraplén del ferrocarril, por entre las jaras y saltándose los alambres desvencijados, se encuentra con que las múltiples vías de la estación van reduciéndose a las solas dos que irán a meterse por el túnel; y por allí no se ve, a estas horas, ánima viva, nadie que atroche por los vericuetos de los jarales ni que vaya a trepar; al otro lado, por la torrentera o sendero pedregoso hacia el recuesto, ni siquiera las vacas sueltas van a ir a perderse por esos andurriales, ni apenas un perro abandonado de veraneantes tiene probabilidades de ir a dar en tal sitio a ladrarles a la luna menguante cuando salga: allí no hay, aparte de los rieles, las traviesas y el balasto, más que algún poste, por ejemplo el de las luces de primer aviso para la entrada a la estación, y en todo caso, enfrente, al otro lado, sola una casa medio arrumbada, donde raro será que ni aun algún vagabumdo vaya a buscar abrigo, cuando haga peor tiempo que el que ahora hace, ya bien entrada la primavera. Hay también por allí, pegada a las vías, una caseta de guardagujas, olvidada, de los tiempos en que el cambio de agujas se hacía a mano, y que ahora debe de hacer tantos años que no se usa para nada, que hasta parece milagro que la hayan dejado en pie, astillada y denegrida. Y, por lo demás, nada: algunos pinos atrás, bajo el terraplén; otros pinos en lo alto, al otro lado de las vías, y entre ellos acaso, por ventura, el alfilerazo de la primera estrella; y algún vencejo que otro chillando tardíamente, algún bando de cuervos que va graznando a recogerse entre las peñas, y alguna sospecha de culebra o sapo por entre las zarzas polvorientas; y los pedruscos, y la grava, y las arenas.

Ese sitio, para los ojos de algún descuidado pasajero, será sitio, sin más, como otro sitio cualquiera de navas o serranías.

Si, pero es por ese sitio por donde un hombre fue a salirse de este mundo; y eso lo ha dejado señalado con una marca que le ha abultado los relieves y avivado los colores de tal modo que lo distingue de todos los sitios de la tierra.

___________
(*) Rufino González, vecino del Barrio de la Estación, murió en primavera atropellado por un tren.

(*)Agustín García Calvo. Zamora, 1926. Catedrático de latín. Escritor. Autor de obras de muy diversos géneros: narrativa, poesía, teatro, filosofía.


EN LA PÁGINA 5 DEL NÚMERO 5 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' DE JULIO DE 1996

miércoles, 28 de marzo de 2007

Jacoba Conde: 'De Vigo a Santiago, por el bien de todos'


De Vigo a Santiago, por el bien de todos


por Jacoba Conde(*)


Cuando de niña vivía en Santiago de Compostela, de vez en cuando y tanto en las suaves tardes de verano como bajo la cruel persistencia de la lluvia invernal, subía hasta la casa de mis tías una extraña y pobre mujer de tipo céltico -o de lo que vulgarmente se entiende por tal-, con el cabello enmarañado o semirrecogido por una cinta oscura, que quizá hubiera querido ser diadema, pero que, caída sobre la frente, le daba el aspecto de un McEnroe descalificado. En el rostro atezado se abrían, gementes et flenctes, unos leoninos ojos melados que miraban con fijeza obsesiva. A cualquiera que le abriese la puerta, la mujer le preguntaba respetuosamente por mi tía Concha -con ningún otro miembro de la familia entablaba conversación- y una vez delante de ella, le espetaba con voz aguda y plañidera:

--¡Ai, señora, fágame unha caridad, que non teño cousa ningunha y le ando de Santiago a Vigo e de Vigo a Santiago por el bien de todos!

Así remataba siempre la misma frase, en clarísimo castellano: 'por el bien de todos' -airosa cimera-. Escondidas detrás de la puerta, mis hermanas y yo conteníamos la risa, mientras mi tía atendía a la viajera. Y durante años la frase de al mujer perteneció al acervo del léxico familiar para expresar el andar de alguno de nosotros, confusos y atolondrados, de un lado para otro, como ella sin descanso iba y venía de la mítica y eterna Compostela, a la marítima, populosa y desestructuradamente moderna ciudad de Vigo. No parecen demasiados kilómetros cuando se recorren cómodamente en coche por la actual autovía; pero es aún mejor en tren, como nosotros en aquellos años, cantando a voz en grito, a contraviento, asomados a las ventanillas -a riesgo de que alguna carbonilla se nos colara en un ojo-, olfateando el aire y ansiosos de la punzada limpísima del aroma marino. Llegando a Carril, poco antes de Carril, lo celebrábamos:

--¿¡El mar, el mar?!, gritábamos como diez mil y sin Jenofonte.

Aunque en Vigo me nacieron -como dijo Clarín de su Zamora natal y, de la también zamorana Tábara, León Felipe-, a Compostela me llevaron aún sin memoria, con solo algún balbuceo sonrosado. En esa ciudad donde la piedra se afirma resuelta, ahincada en tierra y emergente contra el cielo, allí aprendí que la vida es un camino con vocación de inmortalidad, como la línea tiende al infinito. Y todavía ahora, después de tantos años, me acuerdo algunas veces de la patética imagen de aquella mujer peripatética y se me antoja que su petición encerraba una extraña y profunda sabiduría, pues se sabía acreedora a la generosa ayuda de todo bicho viviente porque ella se había querido caminante incansable, pasajera continua, viajera de ida y vuelta, peregrina en círculo, laberíntica, asentando su vivir en la permanente dinámica de andar su camino.

Como Gilgamesh en busca de la inmortalidad y Ulises de retorno a la patria, como Ruy Díaz, el Castellano, tras su honor perdido –que era también el de su pueblo- y Alonso Quijano, el Bueno, en su camino de lucha por hacer realidad –que es ficción- su proyectada persona, su decidida máscara de caballero andante, de auténtico y no fantástico Amadís; así, también, todos somos caminantes de un camino sin sentido aparente, sin otro ni más sentido que el caminar mismo. Ya lo dijo Juan Ramón –los poetas, siempre-:

--‘Andando, andando, que quiero llegar tardando’.

Llegar ¿a dónde? A la muerte, sin duda. No nos engañemos.
Por si la vida es camino, que cada uno recorra el suyo propio, el que le corresponda, el marcado por los dioses –o por sabe quién-. Y bien puede ser que parezca que, como el de la mujer de los ojos amarillos, no tiene sentido alguno; pero a no dudarlo, entonces habrá alcanzado la máxima dimensión y tan alta que ni él mismo será capaz de reconocerla, puesto que, de tan propio no habrá existido nunca ninguno como el suyo, ninguno conocido ni reconocido imposible, por tanto, de medir: inmensurable.
Verdaderamente, pues, a la medida del hombre.

(*) La autora es profesora de literatura.
(Creemos que, Jacoba Conde, es un seudónimo que esconde –nunca mejor dicho- a la poetisa María Paz Díez-Taboada)

EN LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, NÚMERO 5, PÁGINA 17 DE JULIO DE 1996

martes, 27 de marzo de 2007

PAZ DÍEZ-TABOADA: 'Lucerna'


Mari Paz Díez-Taboada:
‘Lucerna’

Lucerna Ventosa, quae dicitur Karcessa… urbem munitissimam…, est in valle viridis…

Estas palabras latinas, pertenecientes al Liber Sancti Iacobi de las Crónicas del Pseudos-Turpin, parte IV del famoso Codex Calixtinux (S. XII), -que los gallegos llamamos O Calistiño y cuya autoría se atribuyó falsamente al papa Calixto II-, se refiere a la misteriosa Ventosa o Carcesa, poderosa y muy fortificada ciudad sarracena, situada en la más larga y conocida de las rutas que llevaban a Compostela, o sea, en el ‘camino francés’ o Camino de Santiago por antonomasia. Tratando de precisar su ubicación, la Crónica añade que ‘est in valle viridis’, o sea, en el valle verde… pero, ¿en cuál de los valles verdes por los que discurre el mítico Camino?; y sigue: ante ella un día llegó un día llegó Carlomagno, con sus pares y mesnadas; la sitió y atacó, pero las rojas murallas de la ciudad infiel resistían los envites de los franceses y el Emperante elevó sus ruegos a Jacob Bonaerges el Hijo del Trueno solicitando el milagro. Oyó Santiago al cristiano y de los Montes Aquilianos bajó impetuoso un fiero turbión que derribó las murallas y arrolló casas y habitantes, hundiendo para siempre a Lucerna en un lago, tranquilo y misterioso, en donde, convertidos en ágiles y ondulantes peces negros, nadan los sarracenos.
Frecuentemente, los cantares épicos medievales explotaban asuntos, casos y cosas ya narradas en las crónicas; aunque también sucedía a la inversa, o sea, que estas prosificaran lo que aquellos narraban en verso –así, por ejemplo, en la Primera Crónica General de Alfonso X el Sabio se encuentra la versión en prosa del viejo cantar perdido de Los Siete Infantes de Lara-. Anseis de Carthage (S. XII) y Guy de Bourgogne (S. XIII) son dos chansons de geste del ciclo carolingio, que tiene por asunto principal las hazañas de Carlomagno y sus doce pares; en ambas se narra esta misma leyenda y, curiosamente, las dos aluden al rojo encendido de las murallas de la legendaria Lucerna: ‘Li mur… plus vermeil ke charbons en foyer’ y ‘Murs vermeils…’.
El ilustre investigador francés Joseph Bédier rastreó exhaustivamente el oculto camino de esta leyenda, que, como todas, está estrechamente ligada a una tierra concreta y basada en hechos históricos, confundidos y amalgamados en la imaginación popular. Bédier pudo determinar que Ventosa era el nombre con que, desde comienzos de la Edad Media, se conocía popularmente la céltica Bérgidum –apellidada Flavium tras ser conquistada por los romanos-, que estaba ubicada en el cerro llamado aún hoy día Castro de la Ventosa, en la comarca leonesa de El Bierzo –derivación del latinizado Bérgidum-, a pocos kilómetros del pueblo de Pieros, en pleno Camino de Santiago. También averiguó que Carcesa o Karcesa es topónimo derivado del río antiguamente llamado Cárcere o Cárcer, que corre por un estrecho y umbrío valle al que da nombre, el Valcarce, que, en tiempos modernos, curiosa e ilógicamente –como pescadilla que se muerde la cola-, ha venido a dar al río (1*). Mas le costó averiguar lo del valle viridis, pero en el tomo XVII, de la Santa Iglesia de Astorga, de la monumental obra del padre Flórez de Setien, La España Sagrada, encontró que Santa Marina de Valverde era el nombre de la parroquia principal de lo que hoy son tierras de Corullón, pueblo berciano próximo al Castro y también a Valcarce.
Pero, ¿de dónde brotó el turbión que arrolló a la infiel y poderosa Lucerna?, ¿cuáles son los picachos en que los francos, peregrinos a Santiago, creyeron ver las míticas ardientes murallas de la ciudad?, ¿dónde el lago en la que quedó anegada…? Y, ¿aún andarán allí los sarracenos convertidos en peces negros por el Bonaerges, dada su contumaz resistencia al cristianismo? Pues, sí…
Y ahora la leyenda nos retrotrae a un tiempo más lejano y al más bello lugar de la muy bella comarca berciana. Hemos de caminar hasta Las Médulas, con sus rojos picachos que en el fulgor del ocaso semejan desde elejos muros incendiados o ardientes torres de una ciudad en llamas. Es cosa de leyenda, sin duda, y, sin embargo, volviendo de Galicia a León, en una hermosa tarde de verano, hace ya unos años de este torpe fin de siglo, creí ver desde el coche un incendio tan furioso y tan próximo, que despavorida le grité a mi marido:
--‘¡Miguel, está quemándose el monte, ahí cerca…!’
Y mi leonés particular me dijo sonriendo:
--‘¡Que no, que son los picos rojos de Las Médulas iluminadas por el sol del poniente!’
Como yo, así también lo han visto desde hace mil años los ojos asombrados de peregrinos extranjeros, atentos al prodigio, a verdades ocultas y misterios…
Fue Roma –‘el pueblo-rey’, como dijo Chateaubriand- la insaciable codicia del Imperio, la que proyectó la ruina montium que dio origen a Las Médulas. Desde los imponentes Montes Aquilianos, cuyo pico más alto recibe hoy el nombre de La Aguiada, diversos carriles tallados en la roca viva, hacían confluir las aguas de la lluvia y neveros en las oquedades y túneles que el sudor de los esclavos –los humillados amos y señores de aquellas tierras vencidas- iba horadando en las entrañas del monte; por allí se colaban las aguas en turbión, arrollando a su paso piedra y tierra hasta unos desaguaderos y cribas situados más abajo, en donde se escogían y lavaban las pepitas de oro; luego, abriendo unas compuertas, se dejaba que las aguas, barro y limo siguieran la pendiente hasta reposarse en lo que es hoy día el lago Carucedo. Así, horadando como un queso de Gruyere y atravesado una y otra vez por la furia del agua, el monte acabó por derrumbarse, mostrando desde entonces sus rojizas entrañas descarnadas. Y, efectivamente, en el sereno lago, de formación artificial, nadan delgados y ágiles peces negros que los bercianos conocen bien: los pescan y se los comen. Pero lo que pudo averiguar Bédier y que hasta ahora nadie ha desvelado es en donde estaba Lucerna, la ciudad que el Pseudos-Turpin identificaba con Bérgidum Flavium, llamada Ventosa, también Carcesa, en tierras de Valverde, que muy bien pudiera ser la actual Corullón; Lucerna, que la leyenda carolingia soñó como la sarracena Luiserna, bien defendida por sus murallas rojas y hundida para siempre en el extraño Lago, por obra y gracia del tánden ‘emperador Carlomagno / apóstol Santiago’. En mis tierras del Noroeste existían y aún hay muchos lagos y lagunas –Antela, Dañinos, Cospeito, Isoba, Ausente, Sanabria…; también en el mar, en la costa lucense, frente a San Miguel reinante –en donde se supone sumergida, asolagada en el misterio de las aguas, una ciudad infiel y perversa que fue castigada por los poderes sobrenaturales. Como la bretona Is, de la que habla Renán, la ciudad sumergida vive, como en sueños, y en ciertos momentos del ciclo anual –al amanecer del día de San Juan, el día último del año a las doce de la noche… da señales de vida. Pero de todas ellas ninguna más bella que Lucerna. Se asentó en el viejo Castro céltico y es Ventosa, la encerrada en Valverde; irguió poderosa sus muros flamantes en Las Médulas y duerme para siempre, bajo el cristal del Lago Carucedo, el sueño de su vida misteriosa.
Y, sobre todo, avanza por el Camino de Santiago, discurre multiforme en las páginas de nuestra literatura –Gil y Carrasco, Unamuno, Casona, Cortezón…- y vive imperecedera en la memoria colectiva de las gentes del Noroeste.

Paz Díez-Taboada es profeso9ra de literatura; poetisa connotada y autora de varios estudios literarios, entre ellos de Valle-Inclán.


(1*) Idéntico fenómeno lingüístico ha ocurrido en las zonas próximas de la provincia de León; así, al unirse el nombre del río Oza a ‘Val’, apócope de valle, para denominar a éste, la ‘o’ diptongo en ‘ue’ y de Valdeoza se pasó a Valdueza, nombre actual del río; y lo mismo en el caso de Orna: Val de Orna > Valdorna >Valduerna. O sea, que si antiguamente eran los ríos –Oza, Orna, Cárcer- los que daban los nombres a los valles –Valdueza, Vardorna, Valcarce-, el pueblo ha rebautizado los ríos con el nombre de los valles.

PAGINAS 20-21 DE ‘CAMINAR CONOCIENDO’ NÚMERO 5 DE JULIO DE 1996

lunes, 19 de marzo de 2007

Luis Garrido: 'Viajar es otra cosa'

VIAJAR ES OTRA COSA
Por Luis Garrido

Me gustan los viajes y la naturaleza; para mi, viajar no es hacer kilómetros. No es subir a un avión, o un tren o un autobús y trasladarme de un lugar a otro sin mas estímulo que el de sentir que mi persona está pisando un suelo que no me es habitual. Para mi viajar es recorrer los caminos, los senderos, las veredas y mezclarme con las gentes; saber sus inquietudes y comprobar con sorpresa que, muchos de ellos, lo que desean es ir al lugar del que yo vengo.

No siempre sincronizan los acordes, a veces se rebelan contra la servidumbre, contra la imposición de marchar en caravana por esas pistas en las que no hay curvas peligrosas. En las que marcan las salidas y las zonas de descanso, en las que todo son facilidades, en las que no ves nada aparte del asfalto, en las que apenas sientes, como un soplo, al compañero de viaje que te adelanta indiferente, aunque tú lleves su misma dirección.

La sorpresa que puede surgirte cuando, a propósito, procuras perderte en una gran ciudad tratando de ver algo distinto a lo que un guía profesional quiera.
Me gustaría ser siempre un transeunte y nunca habitante censado en algún sitio; un viandante, andarín y viajero que llegase a los lugares a bordo de mis pies... 'Y hacer camino', (como dijo Machado) y poder contemplar la naturaleza que también forma parte de la misión del caminante. Montañas, valles, colinas, riachuelos, arroyos, senderos olvidados, bosques y campos habladores en los que, además de personas, hay otros seres vivos a los que poder observar.

También viajar es ver la vida de los pequeños moradores de la naturaleza... Al topo, cuando levanta la tierra para avanzar por su galería... Mirar las plumas sucias, el ojo colérico y el pico largo de la urraca... La mariposa volar sobre als flores y huir de los pájaros en un zigzag que parece una poesía de fuga... Descubrir nidos abandonados que fueron vivienda temporal de pequeños buches hambrientos... Quedar admirado ante esas gotas de miel que son las abejas cuando salen del panal; oír a las ranas en la charca avisando, con su croar, que están en el mundo para algo y a la araña tejedora tendiendo sus redes para vivir; y poder comprobar como triunfa la voluntad de las hormigas; vigilar a la inquieta y vivaracha lagartija que se conforma con un mosquito y un rayo de sol. Y así, con interés por todo lo pequeño: lo que tal vez parezca poco interesante, voy haciendo mi camino, sin olvidar que tanto en lo rural como en lo rubano, viajar es conocer...

Soy viajero por vocación. He recorrido parte de los cinco continentes; pero sobre todo España, en tren, en coche, a pie, visitando ciudades, pueblos y comarcas, conviviendo con sus gentes, tratando de absorber sus costumbres, tristezas y alegrías, su sabiduría pequeña de hombre de a pie.


(*) Luis Garrido es librero y escritor. En nuestra biblioteca se pueden leer los libros 'Historias de postguerra', 'El maqui' y 'La décado oscura'.
(TOMADO DE LAS PÁGINAS 24 y 25 DEL NÚMERO 5 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' DE JULIO DE 1996)

 

viernes, 9 de marzo de 2007

Manuel Blanco Chivite: Cualquier Tiempo Pasado Fue Peor

Cualquier Tiempo Pasado Fue Peor



por Manuel Blanco Chivite


Reseña:

Título: La década oscura (1940-1950)
Autor: Luis Garrido
Editorial: VOSA
Ciudad: Madrid
Año: 1994
(donado por el Ayuntamiento de Las Navas)

La 'Década oscura' comienza en Las Navas del Marqués y nos habla del tiempo y el lugar en el que aconteció su origen –el de Luis Garrido, su autor- su nacimiento al trabajo, a los libros y a la escritura: la España de 1940 a 1950.

E incluso, antes, cuando Genaro, el ganadero de Las Navas, encuentra ‘caminando por la carretera a un mozalbete que huye de los borregos’.


Son recuerdos grises tirando en demasiadas ocasiones a negros, matizados por el ansia de vida y saber de un muchacho dedicado desde los trece años a ganarse los garbanzos y aprender por el viejo método de ‘compóntelas como puedas’.

La vida de Luis Garrido ha sido trabajo, duro trabajo, escritura y libros. Libros en el más amplio y completo sentido de la palabra: los ha escrito, editado, vendido… Librero desde hace muchos años, lo sabe casi todo del mundo del libro.

Pero, sobre todo, es escritor. Su obra ha sido juzgada, criticada, justamente elogiada y reconocida en cada nueva entrega. Sus novelas y libros autobiográficos se sitúan en la gran tradición novelística española que va desde Cervantes y la picaresca a Galdós, Baroja y a los grandes narradores de fondo de hoy día.

Allí, en la calle Hermosilla, de Madrid, tiene su librería Luis GARRIDO. Madrugador e inquieto, se ha hecho, durante años, sus diez o doce folios diarios. Allí fue destilando los recuerdos de ‘La década oscura’, ‘aquella época’ ominosa, fatal, triste, de gris y de sangre…

‘Era una época difícil… solo con que alguien pareciese policía te echabas a temblar…’.


Si se cantaba era ‘porque cantar siempre ayuda a pasar calamidades’. Tiempos en que ni Caperucita ni los pimientos podían ser rojos, sino ‘colorados’; en los que se apreciaba un número capicúa en el billete del tranvía porque… ‘la única esperanza de mejora para la gente era la suerte y un capicúa se tomaba como símbolo de un afortunado presagio’.

De ‘aquella época’, de aquellos trabajos, de aquellos temores –‘ten cuidado, hijo, ya ves lo que la ha pasado a tu padre’- de aquellos silencios a hierro y fusil, de aquellos sudores anónimos, ha extraído Luis Garrido este libro. Nos cuenta su vida, sólo eso, nada menos que eso, y lo cuenta bien, construyendo cuidadosamente, línea a línea, un fresco traspasado de sangre, carne y hueso, voces, risas…

En la ‘Década oscura’ están los menos importantes, aquellos de quienes nadie habla a no ser, de tarde en tarde, algún escritor o algún poeta. Gentes sometidas, las que solo contaban para trabajar, producir y callar… las más importantes, las que levantaron el país y, de paso, sobre su esfuerzo, se hicieron las grandes fortunas del franquismo.

En esa década, pues, se fraguó la vocación y la voluntad de futuro de Luis Garrido y el carácter de un hombre trabajador, tenaz y sumamente observador con una memoria admirable, gracias a la cual, casi medio siglo después, ha podido darnos estas páginas.

Páginas que son el grito de ‘tantos jóvenes frustrados en sus estudios, en sus oportunidades, en sus posibilidades de futuro’, en unos momentos en que todo, cultura, canciones, cine, tebeos, cuentos infantiles, periódicos, NODO, discursos políticos, ‘encubría la realidad y el que trabajaba recibía migajas y los que estabn en la cima se comían el pastel’.

Luis Garrido a los 13, a los 14, a los 15 años, cuando recorría Madrid para ir a trabajar, tenía a su padre preso en la cárcel de Burgos, por política, claro está. Inició su andadura bajo el signo del trabajo precoz y aún hoy sigue en el tajo. no es mala síntesis.

Mi generación –escribe al final- se pasó la vida reconstruyendo sin tener apenas tiempo de juzgar si era buena o mala su actitud’.

Tampoco a nosotros nos toca juzgar; lo que la generación de Luis Garrido hizo posibilitó casi todo lo vino después, quizá todo. Y en este caso, y en nuestro país, si se puede decir que cualquier tiempo pasado (entre 1939 y 1975) fue peor; aunque, para muchos vaqueros de Las Navas del Marqués, ahora, el viento del Mercado Común Europeo le haya aventado parte –si no toda- de la cabaña ganadera.

Manuel Blanco Chivite, editor, periodista, autor de numerosas novelas, sobre todo negras, estuvo condenado a muerte en 1975 por el franquismo.


SE PUEDE LEER EN LA PÁGINA 26 DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’ NÚMERO 5 DE JULIO DE 1996

OVIDIO PÉREZ MARTÍN: 'Fragmentos del diario...'


FRAGMENTOS DEL DIARIO DE DON ALONSO QUIJANO, EL BUENO, HALLADOS EN UN LUGAR DE CUYO NOMBRE NADIE QUIERE ACORDARSE

Nota: una mañana del mes de abril, en mi buzón, encontré un pequeño paquete atado y lacrado. Estas ‘Memorias de don Alonso Quijano, era su misterioso contenido. Una nota me prometía ‘futuros envíos’. Desde aquí mi agradecimiento al anónimo remitente. Tal y como recibí estas memorias, sin faltar punto ni coma, las envío a la revista ‘Caminar Conociendo’

Fragmento primero


'Y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio'.
Cervantes


Fina ironía la de Cervantes cuando escribió esto. El mismo fue un gran lector y nadie le tomó por loco. Cuerdo y bien cuerdo hay que estar para escribir con tanto tino y fino ingenio como él hizo. Es de todos sabido que la lectura aviva el juicio y, si este se pierde, ayuda a restaurarlo. Si, además, por el mucho leer se duerme menos, por la misma razón se vive más. Yo siempre sembré mis tierras y recogí las mejores cosechas, lo que quiere decir que regía bien mi mollera. Pero donde Cervantes destila su mejor ironía es cuando dice: 'Rematado ya su juicio vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo y fue que le pareció convenible y necesario... hacerse caballero andante'. Todos sabemos que cualquier hombre que se precie, sin estar rematado en su juicio, mas bien en el mejor estado de lucidez, viene a dar en este razonable pensamiento: salir de casa e irse por el mundo, bien de caballero andante, bien de correcaminos, o de romero o... Lo que ocurre es que el ama, o la mujer, o los hijos, o el miedo, o el misterio, o todo ello reunido, hace desistir. Pero este es el más común pensamiento de los hombres. Todos deseamos ir a otra parte, pero son muy pocos los que se atreven. Algunos hacen el viaje de destierro dentro de su vecindad... De este razonamiento deduzco que Cervantes ironizaba y, para no ser desterrado por anarquizante, lamaba locura a la cordura. Sin estar loco él fue correcamino y caballero andante. Pero, sobre todo, en cualquier momento difícil construía puentes para pasar de su situación real a países imaginarios, aventura propia del que en nada se parece a los árboles, que allí donde nacen mueren.



Copió estas memorias Ovidio Pérez Martín que es abulense, maestro de primaria y poeta; autor entre otros, del poemario 'Cuaderno'.

TOMADO DE LA PÁGINA IV DE 'FONTANA SONORA', SUPLEMENTO DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO' NÚMERO 5 DE JULIO DE 1996


OVIDIO PÉREZ MARTÍN: 'Fragmentos del diario...'


FRAGMENTOS DEL DIARIO DE DON ALONSO QUIJANO, EL BUENO, HALLADOS EN UN LUGAR DE CUYO NOMBRE NADIE QUIERE ACORDARSE

Nota: una mañana del mes de abril, en mi buzón, encontré un pequeño paquete atado y lacrado. Estas ‘Memorias de don Alonso Quijano', era su misterioso contenido. Una nota me prometía ‘futuros envíos’. Desde aquí mi agradecimiento al anónimo remitente. Tal y como recibí estas memorias, sin faltar punto ni coma, las envío a la revista ‘Caminar Conociendo’


Fragmento segundo


'La del alba sería...' Cervantes


¿Cómo pudo Cervantes conocer mi pensamiento y deseo de marcahrme antes del alba y dejar este mi lugar donde apenas pasa otra cosa que las estaciones del año? Aquí se suceden los días como se sucede, inetrminable, la llanura. Arar la tierra, cuidar las merinas, mantener la troje con grano, con leña el corral... y seguir soñando al amor de la lumbre en la hora del alba... Fueron muchas las noches pasadas de claro en claro convenciéndome para escapar. He salido muchas veces a la hora del alba con mi galgo a cazar y hubiera querido perderme por los caminos para no regresar a la monotonía. Pero siempre, al atardecer, la conceincia apremia y, con las sombras pisándome los talones, he regresado al lugar, para inmediatamente soñar con irme de nuevo. ¡Qué gran escritor, Cervantes! Logró adivinar mis sueños y los escribió casi tal y como yo los soñaba al amor de la lumbre. Hasta acertó con exactitud la hora que yo hubiera elegido para cumplir mis sueños. 'La del alba sería...' Siento nostalgia de esa hora del alba que nuca cristalizó en salida. Y leo y releo continuamente esa página del gran libro y, a veces, siento como si de verdad yo fuera don Quijote.

Copió estas memorias Ovidio Pérez Martín que es abulense, maestro de primaria y poeta; autor, entre otros, del poemario 'Cuaderno'.

En la página IV de 'Fontana Sonora', suplemento de la revista 'Caminar Conociendo' número 5 de julio de 1996

OVIDIO PÉREZ MARTÍN: 'Fragmentos del diario...'


FRAGMENTOS DEL DIARIO DE DON ALONSO QUIJANO, EL BUENO, HALLADOS EN UN LUGAR DE CUYO NOMBRE NADIE QUIERE ACORDARSE

Nota: una mañana del mes de abril, en mi buzón, encontré un pequeño paquete atado y lacrado. Estas ‘Memorias de don Alonso Quijano, era su misterioso contenido. Una nota me prometía ‘futuros envíos’. Desde aquí mi agradecimiento al anónimo remitente. Tal y como recibí estas memorias, sin faltar punto ni coma, las envío a la revista ‘Caminar Conociendo’

Fragmento cuarto


Y ya es hora de que lo sepáis: Cide Hamete a quien Cervantes propone como autor del manuscrito donde encontró la inimaginable historia de don Quijote, no es otro que Alonso Quijano, personaje desdoblado de los dos anteriores, el original, vuestro seguro servidor -ya un poco viejo y aún vivo a pesar de haberme matado mi amigo don Miguel con una muerte que ya me gustaría a mi que así fuera- y el otro, el Ingenioso Hidalgo, sublimación del primero. También Cide Hamete es un personaje creado por don Miguel pero en cierto modo real. Pues aunque yo nunca escribí tales manuscritos, si fue cierto que muchas historias que en el Quijote aparecen se las conté yo al amor de la lumbre y yo las había imaginado en las interminables noches de invierno, cuando el insomnio y la aventura me acometían bajo las sábanas.

Y es que mi hogar fue siempre puerto para extraviados. Y extraviado llegó a mi puerta don Miguel, lleno de sueños y melancolía, abatido el ánimo y recién salido de la cárcel. De mia pláticas y sus fantasías surgió el Ingenioso Hidalgo... Todo lo que podemos llamar crónica de las Españas de nuestro tiempo, el mío y el de don Miguel, surge de cuantas pláticas tuvimos al amor de la lumbre, en las largas noches manchegas con la nieve cubriendo barbechos y sembrados.

Quede claro que nunca fui de aventuras de caballero andante, lo que mucho me pesa y que, como labrador, mis campos estuvieron labrados con primor siempre, eso es. Y la hora del alba -'La hora del alba sería'- nunca llegó para la aventura, sí a diario para mi trabajo. Aunque nuca es tarde si la dicha es buena.


Copió estas memorias Ovidio Pérez Martín que es abulense, maestro de primaria y poeta; autor entre otros, del poemario 'Cuaderno'.


En las páginas de 'Fontana Sonora', suplemento de la revista 'Caminar Conociendo' número 5 de julio de 1996

miércoles, 21 de febrero de 2007

ISABEL ESCUDERO: '¿Algo se mueve? o del Viaje al Turismo'



Isabel Escudero: ‘¿Algo se Mueve? O del Viaje al Turismo’

Al siemprevivo caminante de estos bosques, a Rufino, que con su andar hizo caminos.

Que ya no hay viajes, ni viajeros: que todo es ya Turismo y turistas, que lo mismo le aguarda a usted en Sanghai que en el restaurante (chino) de la esquina y viceversa, que lo mismo va a pasar en las Chimbambas que en la telepantalla de su salita de estar; y que en ambos sitios solo pasará lo que está mandado, si es que pasa algo, parece ley implacable de los tiempos que más que correr vuelan. Así que vamos a ver si desde este CAMINAR CONOCIENDO que todavía confía –con terca inocencia- en conferir un tinte sagrado y misterioso en eso de ‘camino’ y ‘conocer’, a ver, pues, si desde este camino que se hace al andar y al desandar, y desde este conocer que se hace desconociendo lo sabido, podemos mover algo que no sea dinero, algo que por un instante se escape al ojo de la Pro-Videncia y por fin sin voluntad ni vigilancia se mueva.
Pero veamos algunas de las dificultades –si no la imposibilidad- de eso que llamamos movimiento.
La cosa es que la cuestión tanto Arriba, en los mismos cielos, como abajo a ras de tierra, parece consistir en moverse. Que eso llamamos la Realidad, tanto la cotidiana y ‘natural’ como la extraordinaria –y que antaño solíamos llamar ‘sobrenatural’- se fabrica con el movimiento; que solo eso de moverse y que las cosas se muevan hacen Realidad y su Ciencia: la Física.
Y sin embargo, a pesar de la evidencia, o quizá por ella, uno se pregunta sospechoso: ‘pero… ¿es que algo se mueve?’; porque es que si miramos a lo Alto, a eso del firmamento –al Universo como dice la Ciencia- el moverse de una estrella implica automáticamente su destrucción: la estrella se deshace en su fuga; ya no es lo que era; su corrimiento es su desaparición: cuando se corre una estrella se pierde. Pero, ¿qué pasa por acá abajo con eso del movimiento y los turistas que van o viene por doquier? ¿Qué les pasa, o no les pasa, a ellos cuando, tan extenuados como optimistas, se cruzan una y otra vez y al reconocerse intercambian sonrisas y saludos con tan mecánica naturalidad y en la desasosegada trama babélica? ¿Y en esa infantil carrera que menea al mundo, qué les pasa a ellos, o no les pasa, que tenga algo que ver con aquella fatal carrera de los astros? La cuestión es tan vieja como el mundo, y ya el zorro de Zenón la atacó certeramente por el centro. Pero la imposibilidad y la contradicción siguen estando vivitas y coleando y se presentan desnudas al sentido común cuando menos te lo esperas.
Veamos: que uno, al menos acá abajo, se mueve para y por ser el que es, y que no hay movimiento sin ‘identidad’ parece, pese a las apariencias, un hecho de pura lógica; y que el movimiento no se demuestra ni andando, ya que la condición primera es que usted, el que anda, se mantenga igualito a si mismo durante todo el trayecto, y que como aquella rodante naranjita de Mairena, aunque penas y descalabros contra esquinas y malos amores no le dejen ni en sombra de lo que era, sólo si queda alguna partícula que le sea particular y propia, que le haga a usted y al prójimo reconocerse y reconocerle –aunque sea en el más recóndito de sus escondrijos- o sea, que siga siendo usted el que es, inmutable, es gracias a eso y sólo por eso que usted se ha movido (¿Se acuerda de aquella clase de Sofística en la que el maestro ante el asombro de los aprendices afirmaba: ‘que todo cuanto se mueve es inmutable, es decir, que no puede afirmarse de ello otro cambio que el cambio de lugar; que el movimiento corrobora la identidad del móvil en todos los puntos de su trayectoria. Que sea lo que sea aquello que se mueve, no puede cambiar, por el mismo hecho de moverse’. Pues eso.) Claro que usted lo tiene más fácil que la pobre naranjita de Mairena, tan común la pobre; usted es un Nombre Propio y mientras que usted no pierda su nombre y no solo eso, sino que todos sus prójimos y prójimas le pierdan a usted de su memoria, la ilusión de moverse está garantizada. Tendría usted que, al revés de Ulises, perderse en el maremagno de los mares, entregarse al canto de las sirenas y al pasto de los dioses, convertirse en cerdo, arrastrarse por lodos y pedregales y, aún con eso, si al tornar a su hogar, su vieja nodriza, al palpar la cicatriz de su infancia, le reconoce, usted no se habrá de verdad ‘movido’ ni un ápice; se habrá desplazado, cambiado de lugar, pero usted seguirá inmutable siendo lo que es. O como aquel viejo samurai que al volver de la larga guerra no es reconocido por ninguna de sus siete concubinas y tan solo su caballo lo reconoce.
Recordemos de nuevo las palabras de Mairena: ‘Si lo que se mueve no puede cambiar, es el movimiento la prueba más firme de la inmutabilidad del ser, entendiendo por ser ese algo que no sabemos lo que es, ni siquiera si es, y del cual en ese caso pensamos el movimiento’. (En cuanto a nuestra pregunta del título, dejaremos para otro día, aunque sean inseparables, la cuestión del ‘algo’, que tiene tanta miga como el que ‘se mueve’). Lo cierto es que el movimiento, a la manera eleática, tiene que pensar un ser inmutable, al cual se le atribuye. Y concluye el maestro ‘Si todo, pues, se mueve, nada cambia’. ‘Si algo cambia, no se mueve’. ‘Si todo cambiase, nada se movería’.
Pero me parece que no vale tampoco hacer demasiados distingos entre transformación y movimiento. Ante la observación del alumno sobre la distinción entre cambio de lugar o movimiento y cambios cualitativos, ya sabéis lo que le respondió Mairena: ‘Dejémonos de monsergas… Los cambios cualitativos, si son meras apariencias que solo contienen cambios de lugar o movimientos, están en el caso que ya antes hemos analizado (arriba); si son otra cosa, escapan al movimiento y son, necesariamente inmóviles. Siempre vendremos a parar a lo mismo: el movimiento es inmutable y el cambio es inmóvil’. Y añade que si se estiman estas diferencias pasaría que: ‘si el cambio es una realidad y el movimiento es otra, la realidad absoluta sería demasiado heterogénea’.
Y ya mucho antes de Mairena y su maestro Abel Martín, la aporía de Zenón planteaba con desparpajo la contradicción suma en que se basa toda Física en cuanto la roza el lenguaje: ‘Un móvil ni se mueve donde está ni donde no está…’ porque si está no se mueve, y si no está ni se mueve ni puede hacer cosa alguna.
Así que, dado ese vínculo constitutivo recíproco entre ‘movimiento’ e ‘identidad’, no nos debe extrañar que en el Progreso de al Historia –en el Progreso del Progreso- cuando la constitución de la identidad individual refinada por el cual al Humanismo, amenaza con suprema perfección de esa entelequia del Hombre (mayúsculo y civilizado) una de las notas o rasgos sustantivos y definitorios de ‘Individuo’ (idéntico a si mismo) será el de su movimiento libre y continuo, y a ser posible uniformemente acelerado, de tal manera que precisamente su índice de de identidad individual será su motilidad y disponibilidad de movimiento: él es el que se mueve. Su capacidad de movimiento debe ser ilimitada y metafísicamente perfecta: ‘si estoy volando en avión a Ámsterdam soy Pepito’ o ‘si es martes estamos en Bélgica’.
No es de extrañar, pues, el éxito desmedido del automóvil particular –del coche individual- fenómeno coincidente con el auge de las democracias y paradigmático de esta constitución individual progresada vía movimiento. Los pies del Régimen demotecnocrático de los Países Desarrollados del llamado Estado del Bienestar, tiene que estar siempre moviéndose. Los mismos mensajes publicitarios de los anuncios de coches establecen bien claramente la similitud y simultaneidad de los términos ‘velocidad’ y ‘persona’, sin separar velocidad del objeto y personalidad del objeto, ya que en el caso del automóvil propio particular (máxima perfección de la mónada individual democrática) más bien el sujeto es el artefacto y el conductor un implemento cada vez más secundario. El éxito, pues, en todo el Mundo Desarrollado demuestra bien a las claras las hondas conexiones entre la constitución del Individuo moderno típico del tecnohumanismo democrático y su vana constitución con movimiento uniformemente acelerado, el desplazamiento sin fin de un sitio a otro como señal de ‘libertad personal’ (nótese que esta tan cacareada libertad personal consiste en la práctica –en el caso ejemplar del automóvil- en ir donde va todo el mundo a la misma hora y por la misma autopista, pero eso sí: con la ilusión democrática de hacerlo por gusto y libertad personal.
Y sin duda, otro fenómeno actual parejo y tan paradigmático como el del automóvil sobre la sustentación recíproca de ‘movimiento’ e ‘identidad’, es el del Turismo colectivo. Esas grandes oleadas de turistas movidos de la Zeca a la Meca, traídos y llevados de acá para allá, también al parecer, por decisión y gusto personal. ¿Es ese afán desmedido de constitución individual, de individualismo cada vez más autista el que hace moverse y removerse sin parar a las gentes de todos los Países Desarrollados? ¿Es la fiera necesidad de una Historia ya vieja y cansina que no tiene guerras donde mover y morir a sus peones? ¿son los espasmos automáticos de una Realidad demasiado hecha y maniática, amenazad de su propia fe, que entra en impaciencia motora en demencia senil y agita a sus átomos (individuos) y a sus moléculas (grupos) de acá para allá sin cesar hasta la tercera, cuarta o quita edad si es preciso? ¿O es que el mundo, ya papel de dinero (desaparecidas las cosas ya todas dinero), necesita batirse al mismo ritmo frenético del dinero, otra mentira que vive sólo de su movimiento?
Sea lo que sea, parece ser signo de los tiempos ese movimiento desquiciado y constante, esa fe incansable, esa seguridad de saber a donde se va y por lo tanto ir (olvidando la sabia conseja del poeta: ‘caminante no hay camino…’). Los zapatones del Régimen del Desarrollo no pueden pararse como aquellas zapatillas rojas del cuento.
Ya hemos visto (con ayuda de Mairena, de Zenón y del sentido común) como, al menos por aquí abajo, solo lo inmutable se mueve, y lo cambiante está quieto; y por Allá Arriba parece que correr/se es perderse, que moverse implica destrucción y negación instantánea de lo que se es: dejar de ser el/la/lo que se es. Y que estas razonables imposibilidades y paradojas desdicen el ilusorio trajín de los turistas (sin que ellos lo sepan, claro está)
Visto que eso de moverse, que parece lo más natural y evidente del mundo, es prácticamente imposible y que el movimiento no se demuestra ni andando, habría que ser astuto y buscarle las vueltas a esa naturaleza paradójica del tiempo y el movimiento, y quizá al llevarle la contraria pueda ser que de verdad algo se mueva; a lo mejor tenemos que pararnos para que algo nos pase, como esos árboles inmóviles que agitan sus cabellos al viento y por cuyo firme tronco la sabia rebulle incansable, quedarse quietos y despiertos y a lo mejor así pasa algo.

(*) Isabel Escudero es profesora de la UNED de Madrid y poetisa.
Estación de Las Navas del Marqués, abril de 1996.
En memoria de Rufino González, de las gentes y los campos de la Estación, que tanto le añoran

(TEXTO QUE PUBLICÓ LA REVISTA ‘Caminar Conociendo’ Nº 5 DE JULIO DE 1996 EN LAS PÁGINAS 28-29)

martes, 13 de febrero de 2007

José Mª Muñoz Quirós: 'Viaje a Ítaca'


VIAJE A ÍTACA


Por José Mª Muñoz Quirós (*)


Cuando salgas de viaje para Ítaca’, en el principio mismo del amanecer, con la luz primera de la mañana, dispón de tu equipaje para un largo camino. En tus manos haz florecer el silencio de todas las caricias y abre los ojos, con el anhelo más rotundo de inmensidad. El horizonte queda lejos y el camino es difícil porque nada que sea hermoso se te da sin esfuerzo, se te regala sin antes haberlo ansiado profundamente.

En el mismo caminar está el descubrimiento del sendero. En el paso seguro se halla la emoción de cada obstáculo. Cuantos más lugares conozcas, mayor será la luz que al final se divisa. El corazón temblará, a veces, de incertidumbre y de miedo, y tal vez sientas el deseo de abandonar el camino, de quedarte quieto en la playa soleada de un instante. Que esta tentación no se refugio en tu corazón porque habrás fracasado. Que esta súbita y terrible deslealtad no se produzca nunca. El viajero de Ítaca es incansable, tenaz, inquebrantable. Sabe con la certidumbre de la intuición que Ítaca está siempre más allá, mucho más lejos, y que su estela perfumada de vientos y de brisas se encuentra en el recodo más impensado, en los parajes de la memoria nunca antes recorridos. El sol naufraga cada día con la tensión de la nostalgia, y sentirás el deseo de poseer lo que se te da con tanta belleza. Pero el engaño, el falso dios de cada instante es acecho tenaz, promesa que nada cumple, que se queda enquistada en lo próximo y en lo más inmediato. Ítaca, está más allá.

Mantén siempre a Ítaca en tu mente’ como una obsesión que no destruye, que tan solo invade tus ansias de llegar y la imposición permanente de no llegar nunca. En el conocimiento del camino está el disfrute de la meta, la verdadera tensión que cuaja en luz infinita y en sabiduría permanente, aprender a decir lo que subyace en cada cosa, lo que se viste de soledad y de silencio para que puedas llegar a su absoluta cercanía sin miedo. Estar próximo de Ítaca no te permite ausentarte del camino, dar gritos de júbilo, alegrarte con la inmediata prontitud: muchos espejismos incomprensibles te llenarán de tentaciones para que el caminar sea más rápido, para que la emoción no conozca el auténtico sentido de la llegada.

Tu mente sabe que no puede olvidar el destino que permanece ausente, la llama que ha de consumir, con lentitud, ese deseo hasta cumplirse. La desesperación solo conduce hasta los infectos arrabales de Ítaca, nunca hasta el centro poderoso donde se reconoce la plenitud de la vida, el misterio añorado de la Belleza. Nada te ofrecerá que tú no lleves, que no hayas conseguido en los mercados del camino, en la lentitud de cada cosa. Nada que tú no tengas será la recompensa, ese fruto que esperas ver granado en las manos que, viejas y cansadas, muestres tras el largo viaje. De tu experiencia se enriquecerá Ítaca, no tú de sus dones. ‘Ítaca te ha dado un viaje hermoso’, el transcurrir hasta las costas de ti mismo, hasta los acantilados de las playas más limpias. La permanencia en el camino ha encendido tu soledad hasta no estar solo, hasta la más infinita generosidad de tu alma.

Es difícil no cejar en el empeño, creer en lo que no conoces con absoluta claridad, viajar sin la guía que defina cada punto de tu camino. Pero es requisito esencial para llegar a la meta desconocer en qué altitud o en qué momento se producirá esa esperada eclosión de lo que has conseguido. ‘Pero no tiene ya más que ofrecerte’, y otra cosa no sueñes, porque solo los dones del viaje serán los pervivan en tu conocimiento, la clave que explique tu paso lento y sosegado. El cúmulo de sabiduría sabrá perdonar la pobreza de tu encuentro, la extraña desolación de aquel paisaje. Nadie te habrá engañado. Nadie se habrá burlado de tu esperanza. ‘Convertido en tan sabio’ serás capaz de comprender el sentido absoluto de Ítaca, la verdadera dimensión de su solitario mutismo. Entonces, cuando hayas finalizado el camino, cuando el aprendizaje haya sido esclarecedor de tu misma identidad y conozcas los misterios que se aferran a la condición última del ser y del vivir, ‘ya habrás comprendido el significado de las Ítacas’.


(*)José Mª Muñoz Quirós, abulense, profesor de literatura. Premios Ateneo de Salamanca, Tyflos de la ONCE entre otros. Destacamos los libros Razón de luna, La estancia, Carpe diem, y Avilas al alimón con el pintor Díaz-Castilla

Ilustración del artículo con un dibujo que Antonio Quintana hizo para la traducción de los poemas de Cavafis hecha por Alfonso Silván.


(artículo aparecido en la revista ‘Caminar Conociendo’ número 5, en la página 31, de julio de 1996)

viernes, 9 de febrero de 2007

José González Torices: 'El Camino de los Trigos Libres'



EL CAMINO DE LOS TRIGOS LIBRES

Por José González Torices

Creo que nací con el camino pegado al zancajo. O cada dedo de los pies, andariegos de la tarde, fue marcando la trocha de mis escritos, de mis nombres; la senda misma de la grajea y la alondra, del teso, de la liebre y del lagarto, de la sanguijuela y de la carpa, del campesino castellano que es tanto como rezar salmos de cardo y de trompeta, y gritar, desde el púlpito de su alma, tomillo de filósofo: ‘¡Coño, coño, coño!’.
Que los dedos de mi mano fueron dando tinta de escritura a las veredas de no pocos cuerpos campesinos, dioses de barro y barbecho, de pan candeal e iglesia sin cigüeña y misa, casi Villamar de juventud comunera.
Así está el escribidor ahora: recostado en la pajera del propio folio y poema de su vida interior; viendo pasar, trashumantes, las pisadas de los demás; recordando, sin duda, las suyas propias con cierta complacencia amarga. Que el tiempo se disfraza de goma de borrar de no pocas mañanas transcurridas de llanto y gozo. Y es que desde la meseta de los años, sintiéndose un joven cuarentón, nacido en la cuna del universo, acarrea tantos recuerdos en el bálago de su memoria que la ventana de sus ojos se convierten en tren y vía por el mapa de la piel.
Creo que mi primer gateo fue en dirección de las eras, en busca del trillo de la trilla y de la parva. Dice, ahora, que todo mi cuerpo huele a bálago; y mi palabra huele a pudridera y a bálago también y a siesta junto a la botija y cantar de grillos y cigarras. Es lo propio de un camino mozuelo en un pueblo de adobe castellano. Y luego mis pies se dieron en escalar los árboles en busca de nidos, casi tirando al cielo la mirada rebuscando, entre nubes, al Dios del catecismo de don José María, el cura. Que mis manos, dicen, huelen a pájaro gorrión, todavía en pelajillo, y a pichón sin volar en día de tormenta. Y más allá de la piel más cercana, el río Valderaduey con los espadones y las aguas llaganosas. Y al otro lado de la tabla de multiplicar, al maestro don Manolo. Yo allí, escardando divisiones y tardes lluviosas y lecturas del Quijote. Y yo allí, aún niño, domesticando perdices dentro de los sueños de la bicicleta imaginada, nunca mía, que fuimos, aquellos, los hijos de los pobres.
Como dice mi palabra, yo trazando caminos de tiza y pizarrín cerca del arado, con mi padre. Era mi Castilla, la del horizonte, la que espantaba liebres a los señoritos que subían a correrlas desde la ciudad. Un conde había entre ellos. Dicen que decían que si se llamaba en conde Gamazo.
Y así los caminos de Castilla y de Zamora y de León, se arrosieron dentro del pecho de aquellos niños que solo veníamos a la ciudad, Valladolid, a través del tren Burra, o el de Palanquines, llamado de esa manera por su lentitud en la escalada de Torozos arriba. Éramos los niños, los caminos de la postguerra, los que aprendimos a hablar a base de padecer, de enfermar, de enterrar parientes y bautizar hermanos.
Entre otros senderos, conocimos el de la ermita de la Virgen del Socastro; y el de la otra ermita, la que se juntaba con el cementerio. La ermita del Cristo. Un yacente melenudo, con los ojos revirados y manos ensangrentadas. Le contemplábamos desde la puerta, pegadas nuestras barbillas a la misma ventana cruzada por las verjas. Luego salíamos corriendo, perdiendo la zapatilla, gritando ‘que nos coge Dios’. Y aquel don Jesucristo, sueño endiablado, nos fue metiendo, como en un horno de carracas y tenebrarios, el miedo a las horas de la vida, a los días, al pecado sin saber lo que es pecar. ¡Pecar!. El camino del pecado estaba en espiar las bragas, tendidas en el tendal, al fresco, de doña Felisina, la viuda que según oímos estaba liada con don Simplicio Otero, un rico de andar a caballo, veterinario de nombre y no de estudio; que la vagancia le capó los cursos de la Universidad, en Salamanca (‘Lo que natura no da…’)
Los mozancos se hicieron hombres y los hombres poetas y páginas de novela y escena de teatro. Y aquellos hombres se hicieron ciudad y la ciudad les borro de la mirada, los campos de trigo y las amapolas y las ovejas y los días cerca de los nidos y los nidos oliendo a niños y los niños oliendo a cansancio ahora, a asfalto, a palabras sin pan, vacías.
Desde la línea que escribimos, que no es más que el patinete para volver al corral de nuestra infancia, vamos marcando la trocha de retroceso hacia aquello que fuimos y no volveremos a ser. ¿Volver? Nadie vuelve, nadie. La ciudad y el pueblo eres tú, como el mar de vientos y barbechos y sementeras eres tú o los campos de trigo libres o las alondras. Tú y tus alondras. Sólo hay un camino: el camino de la voz recordada que pueda que repita el campanario de un libro en la estantería, como un vetusto castellano, castellano viejo: ‘Era un buen hombre, coño. Coño, coño, coño, coño, era un buen hombre’.

(*) José González Torices nació en Quintanilla del Olmo (Zamora). Profesor, escritor y editor. Premios Unamuno, Sijé, Ciudad de Valladolid y Martín Abril de cuentos, novela, teatro y periodismo respectivamente.

DE LAS PÁGINAS 32-33, DEL NUMÉRO 5, DE LA REVISTA DE LA JUNTA DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA MUNICIPAL DE Las NAVAS DEL MARQUÉS, TITULADA ‘CAMINAR CONOCIENDO’ DE JULIO DE 1996

(*) GONZALEZ TORICES, José

(Quintanilla del Olmo, Zamora, 17/03/1947)
Estudia Magisterio en Tarragona y Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona. Becado por la Embajada Francesa, cursa estudios de Arte Dramático en Madrid. Desde 1976 reside en Valladolid, donde ejerce la docencia. En 1978 funda la editorial Castilla Ediciones, que publica libros destinados al estudio de la región castellano-leonesa. Actualmente dirige las colecciones Fuente Dorada, de Teatro Infantil y Juvenil, que edita Caja España de Valladolid; Zoo de Papel de Literatura Juvenil, en Ediciones Paulinas de Madrid; Campo de Marte, de Teatro Joven y Galería del Unicornio, teatro Infantil y Juvenil, de la editorial CCS de Madrid.Ha recibido numerosos premios, entre ellos el "Miguel de Unamuno", "Ciudad de Reinosa", "Villa de Aller" y otros, de cuentos. "Ciudad de Valladolid, "Xove" y "San Viator" de teatro. En poesía el "Fray Luis de León", el "San Lesmes Abad", "Florián de Ocampo", etc., además del premio "Villalar" de novela y el "Francisco Javier Martín Abril" de periodismo.

Bibliografía:
- Textos para una dramatización en la Escuela.- Bruño, 1972
- El rey de madera (Teatro).- Colección Bambalinas, 1973
- Teatro infantil.- Colección Bambalinas, 1974
- Cuentos infantiles.- Revista "Vida y Luz", 1974
- El cerco de la peste (Teatro).- Valladolid : Caja de Ahorros Provincial, 1976
- Villadormida. El cerco de las escobas (Teatro).- Edit. San Pío X, 1976
- Proceso a un espantapájaros (Teatro).- Valladolid : Caja de Ahorros Popular, 1980
- Nacho, el amigo de los pájaros.- Edic. Paulinas, 1980
- El milagro de las manos (Teatro).- Edic. Paulinas, 1982
- Teatro infantil.- Everest, 1983
- Esperando a Mambrú (Teatro).- Edic. Paulinas, 1983
- Cuentos infantiles y juveniles.- Edic. Paulinas, 1983
- Cuentos de fiesta.- Didascalia, 1983
- El dragón (Teatro).- Escuela Española, 1986
- Los miedos del general Tambor.- Escuela Española, 1987
- Tolo y los tambores. La Posada (Teatro).- Valladolid : Caja España, 1987
- Los secretos de la gata Nieva.- Everest, 1987
- Cuentos y poemas.- Santillana, 1987
- Las trompetas del rey Baltasar.- Escuela Española, 1987
- La noche de San Juan.- Everest, 1988
- Cuentos.- Revista F.C., 1988
- Palomas sueltas (Poesía).- Escuela Española, 1988
- Irico de Belén (Teatro).- Edic. Paulinas, 1989
- Mi teatrillo.- AGESA, 1989
- Canciones : Zoo musical, I.- Edic. Paulinas, 1989
- Déjame tener un gato.- Edic. Paulinas, 1989
- Los vencejos rojos (Teatro).- Valladolid : Diputación, 1990
- Tilín tilón, tijerilla y tijerón (Teatro).- Valladolid : Caja España, 1991
- Jugamos con los animales.- Edic. Paulinas, 1991
- La niña y el unicornio (Teatro).- Revista F.C., 1991
- El rey León (Teatro).- Revista F.C., 1991
- Tengo mucho cuento / il. Mª Jesús Leza.- Bruño, 1992
- El león y la familia Pococomo.- Edic. Paulinas, 1992
- El grito de las lechugas (Teatro).- Santillana, 1993
- Cuentos.- Santillana, 1994
- La cabeza del toro (Teatro).- Castilla Edic., 1994
- Cuentos.- Santillana, 1995
- El señor de las guerras (Teatro).- Edit. CCS, 1996
- La posada (Teatro).- Edit. CCS, 1996
- El laberinto de los pájaros y otros cuentos.- Castilla Edic., 1997
- Teatro de Navidad (3 v.).- Everest, 1997

viernes, 2 de febrero de 2007

Víctor M. Irún: León Felipe o el camino de la dignidad

LEÓN FELIPE O EL CAMINO DE LA DIGNIDAD

Por Víctor M. Irún (*)

Nadie fue ayer,
ni va hoy
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol…
y un camino virgen
Dios.


León Felipe

 
El poeta de Tábara –pueblo donde nació León Felipe Camino Galicia- abrió los ojos hacia un cielo de almizcle y hierbabuena. Entre sus barbas –como las de su querido Whitman- las mariposas habían edificado una farándula de sueños y quimeras. A lo lejos, la meseta castellana se irisaba de magentas heridas de muerte. En lontananza, dos o tres chozas de pastores y casi difuminado en el horizonte la barranca color sangre de toro de un pueblecito cualquiera.

El poeta de Tábara hizo visera con la mano. Un sol de perfil pelado le hizo cosquillas en el entrecejo; de su pantalón de pana gorda sacó una pequeña bolsa de cuero. En ella un grueso libro con las pastas gastadas ‘Vida de del Ingenioso Hidalgo…’. Leyó dos párrafos seguidos en voz alta a un auditorio silencioso compuesto por las piedras del camino, los jaramagos secos y las infinitas hormigas que pululaban sobre la tierra. Eran los párrafos del capítulo de los galeotes. Ginés de Pasamonte se burla groseramente de la petición del pobre loco que acaba –a él y a los otros presos- de liberarlos.

Yo no soy un filósofo.
El filósofo dice: pienso, luego existo.
Yo digo: lloro, grito, aúllo, blasfemo…
Luego existo
.

León Felipe, poeta solitario del pueblo, poeta con la voz colectiva del salmista, pasó por el mundo ‘intentando encontrar a Dios entre la niebla’, como don Miguel, pero en vez de la tupida barba blanca se topó con esa baba verde que el falso sacerdote va dejando en el cáliz, manchado de ignominia.

Y en el Cáliz y en la Hostia
Ya no hay más que babas
Del gran conserje Pedro
Oh, Pedro, Pedro, que vendiste las llaves
del templo.

A pesar de todo, nunca se hundió nuestro poeta ‘en el cieno de la tierra’ como esa piedra pequeña con la que comparara su propia vida en aquel inolvidable poema de ‘Versos y oraciones de caminante’, su primer gran libro.

Quiso dar con un camino personal intransferible por el que llegar a la médula de la justicia; al sentido de ese mundo de sinsentidos –pues solo en el compromiso y en la lucha por los derechos del hombre encontró León Felipe una respuesta a su desazón existencial.

¡Justicia, que bien la necesita el español!
¡Justicia, relincha Rocinante!

Justicia. A manos llenas. A grito pelado. ‘Con un grito de estopa en la garganta’. Justicia, contra los cuarteles, los paredones, los falsificadores de medallas y trofeos, contra los poetas tramposos también…’

Ahora que la justicia vale
Menos que orín de los perros.
Ya no hay locos.
En España ya
No hay locos’
.

Muchas –demasiadas veces- le tocó al poeta soportar los manteos y las burlas en ventas de Juanes Palomeques cargados de razón; la razón de los que están lejos de la ‘honda raíz del grito’. ¡Y cuantas veces te gritamos que nos hagas un sitio en tu montura y nos lleves contigo, por tu camino de perfección y purificación entre la sangre derramada en los acicates del día, a esa otra Ínsula Barataria donde seguro que ahora habitas impartiendo la inequívoca justicia del pueblo, sabio y sin ripios!

León Felipe avanza por una trocha pisoteando ortigas con sus chirucas de piel curtida.

La palabra Democracia la ha pisoteado el Ku-Klux-Klan’. El viejo vate norteamericano que Lorca cantó ‘tan bello como un pájaro, enemigo de la vid’ es un punto de luz en el crepúsculo herido.

Ahora que el siglo XX llega a su fin y el hombre no es mucho mejor que cuando lo de las Cruzadas o lo del famoso suceso de Pilatos y el loco Profeta judío… ‘!Hay que relinchar!’ Y en los estercoleros fugaces los sicofantes preparan sus rituales colectivos de exterminio bailando en torno a los becerros dorados –ahora se llaman dinero a espuertas, nacionalismos estrechos, fundamentalismos religiosos- pero… ¿a dónde irá este poeta errante llamado León Felipe?, ¿a dónde, qué camino ha elegido este viejo solitario, apartado del redil, silbando siempre la eterna sinfonía de un ‘viejo y roto violín?’.

Seguramente, va a encontrar en cualquier plaza, en cualquier calleja de un pequeño pueblo castellano, con los estandartes, las reliquias que ya solo le quedan al hombre para seguir viviendo con esperanza. Va a reivindicarlos…

El olor a chorizo y a morcilla, que sale de un ventanal donde una madre canta un romance de amor; el gorjear atropellado de los gorriones, huyendo de dos niños que juegan a cazadores cerca del campanario de la iglesia… O el sabor de las migas después del trabajo.

Y el derecho a compartirlos con el que nunca le dio este invento ni para un traje nuevo. El derecho a la dignidad de no tener que pasar sobre el cadáver de otro hombre para poder vivir bien.
-

Esa dignidad pisoteada por todos –y cada vez son más- Ku-Klux-Klanes del mundo, los de aquí, los de allí y los de más allá.
León Felipe, sigue tu camino, que nosotros te seguiremos porque ‘también tenemos hambre y sed de justicia.
-

(*) Víctor M. Irún es profesor de Literatura

(TEXTO DE LAS PÁGINAS 33-34 DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, Nº 5, JULIO DE 1996)



martes, 23 de enero de 2007

TÁNGER: MITO y REALIDAD



TANGER: MITO y REALIDAD

Por Rajae Boumediane

Al amante de Tánger

Tánger llorará por quien no la vio, y quien la vio llorará por ella”. Esta frase sobre mi ciudad natal está copiada literalmente de la novela Ashottar (Los Listos) de Mohammed Chukri. Es una frase que se repite por uno de los protagonistas. El autor está poseído por el amor hacia Tánger y piensa siempre en su noche que posee la fascinación de la muerte”, comienza diciendo la autora del artículo. Tánger es una ciudad misteriosa –continúa- mosaico de razas, religiones, culturas: judíos de Separad expulsados en 1492 por los Reyes Católicos, cristianos, musulmanes árabes, negros y blancos provenientes de los moriscos. Todos conviven en armonía. Parece como si las guerras y enfrentamientos se disolvieran al acercarse a la ciudad mágica, hija y madre del mar.


Tánger la blanca. Así se llamaba en su etapa de ciudad internacional, frecuentada por viajeros, excéntricos, aventureros y por quienes buscan un refugio, cansados y decepcionados de otras tierras, o de una forma falsa de vida. Numerosas banderas han ondeado en ella. Ninguna la ha conquistado. Occidente le ha puesto cerco y no ha logrado dominarla, menos doblegarla. Su encanto y duende permanecen intactos. De todas partes acuden a ella, desde el desierto y los montes Atlas, desde ultramar y desde el interior del continente africano.

Ninguna ciudad de su entorno ha sido tan amada por los occidentales. Escritores, poetas y artistas quedaron atrapados por su magia: Delacroix, Tennesse Williams, Jean Genet, Paul Bowles, Truman Capote.

Matisse confesaba:

-‘Un arte nuevo, nacido bajo el signo del dios apacible, se me ha aparecido en Tánger’.

La puerta de África: ejemplo de diálogo, a veces violento, entre la tierra firme y el mar, entre Europa y África, entre dos mares apenas separados. Encrucijada de senderos opuestos. Su puerto, codiciado por todos, ha albergado en sus radas hasta el último de los conflictos y azares de cuestión marroquí.

El viento de Levante, siempre amigo de Tánger, invita a la reflexión, a la inquietante compañía de las olas, esclavas de sus caprichos, sugiere a veces los paisajes de Gauguin y a veces los de Melvilla, en constante y extraña conjugación de forma, color y palabra. Desde el principio del siglo IV a. de C. fue testigo y observa a cuantos combaten por su dominio: cartagineses, romanos, fenicios, portugueses e ingleses, pero ninguno se entrega convirtiéndose –de ese modo- en tierra de nadie en novia de todos y mujer de ninguno, que no halla vencedor a quien ceñir su corona. Pero su leyenda se remonta a tiempos muy remotos, hasta los profetas. Sus pobladores cuentan que el Arca de Noé se detuvo sobre la meseta de Charf. Noé envío un pájaro a indagar el estado de la tierra. El pájaro regresó con barro en sus patas. Noé supo así que el diluvio había concluido y que la tierra volvía a ser habitable. Cuantos iban con él en el arca gritaron entonces: ¡Tinbit!, que significa ‘el barro llegó’. De ahí proviene el término ‘Tanya’, el actual nombre árabe de la ciudad.

Una de las maravillas es la cueva de Hércules. A través del Mediterráneo se ve Gibraltar a lo lejos. Desde el faro Malabata, 10 kms. al este y 12 al oeste, el Mediterráneo se encuentra con el océano Atlántico en Ras Spartel. Los mitos anidan allí, en la cueva de Hércules. Al entrar, primero sobrecoge la oscuridad, que cede paso a la luz a avanzar más. Se aprecia entonces la forma de la entrada, el perfil de un hombre que grita. En el techo se ven círculos incisos en la cúpula de piedra. Es la piedra de molino que fue cortada una vez del techo de la cueva para fabricar harina con la que alimentar a las gentes.

El mito y el pan cotidiano se mezclan en ella en un único alimento que nutre espíritu y cuerpo.

Cuenta la leyenda que la cueva de Hércules se había extendido para unir África y Europa, y separaba el mar de los romanos, el Mediterráneo, del mar de la Oscuridad, el Atlántico. Atlas, hijo de Neptuno, tenía tres hijas que vivían en un jardín donde crecían manzanas de oro. Las protegía un monstruo. Hércules luchó contra él y lo venció, pero durante la lucha, un golpe de Hércules, partió el monte en dos. De este modo se mezclaron las aguas azules del Mediterráneo con las verdes del Atlántico y Europa se separó de África. Hércules casó a su hijo Zofakis con una hija de Neptuno. Como fruto de ese matrimonio nació una bella niña a la que llamaron Tanyis. De ahí proviene el nombre de Tanyia: nombre árabe y actual de la ciudad. Por eso se dice que Hércules presidió la fundación de Tánger y presenta –en cierto modo- su pecado original.

Pero el enigma de Tánger continúa sin revelar, inaccesible, pese a cuanto indaguemos, no importa cuántas leyendas o historias reales se cuenten. Hemos de interrumpir aquí estas páginas, sugerencias y claves para acercarnos a su corazón. ¿Retomaremos alguna vez el hilo? Quien sabe…

Rajáe Boumediane, 15 de3 abril de 1996

(TOMADO DE LA REVISTA DE LA JUNTA DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA MUNICIPAL DE LAS NAVAS DEL MARQUÉS ROTULADA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, Nº 5, PÁGINA 51. JULIO DE 1996)

lunes, 15 de enero de 2007

MIGUEL DELIBES: El júbilo de andar



EL JÚBILO DE ANDAR

Por Miguel Delibes

Lo que yo he hecho y sigo haciendo es andar. Bien entre calles, por carretera, por senderos, a campo traviesa, cuesta arriba o cuesta abajo, pero, en cualquier caso, andar.
Me parece que fue González Ruano quien habló de la alegría de andar, alegría que yo he experimentado y experimento cada vez cada vez que muevo las tabas. Sin embargo, reconozco que esto de caminar –actividad que los médicos sensatos recomiendan a sus pacientes con objeto de conjurar el infarto y el estrés- no siempre resulta jubiloso para el que lo practica.
Caminando por el campo las cuatro estaciones nos ofrecen un paisaje variable, interesante siempre, en ocasiones fascinante: el charco de hielo que quebramos con nuestro pie, la carama en los tallos del rastrojo, la huella de nuestras pisadas en la escarcha, el aullido del viento, el vuelo de los pájaros, su canción de primavera, las paradas nupciales, el vagar de los insectos, el amarillear de las hojas de los árboles, el movimiento de las nubes, su forma, su color, el ondear de los trigales, el rumor del agua, los hileros del río, las primeras yemas en los árboles, etc, etc.
Por mi parte puedo afirmar que nunca me aburro caminando. Si es caso me impaciento cuando en casa me aguarda una tarea urgente que atender. Cuando esto ocurre, no acierto a dominar mis nervios, soy incapaz de abstraerme con la comedia callejera y únicamente pienso en regresar. Pero, de ordinario, a mi me encanta pasear; la alegría de andar, de Ruano, se convierte en júbilo en mi caso. Tanto que suelo hacerme a lo largo de diez kilómetros diarios, un par de horas a paso regular.
Ahora bien, lo peor de los paseos cronometrados es que el uso del reloj acaba generando manía de exactitud. Yo, por ejemplo, tengo medidos los minutos que invierto en rodear la mansión de mi casa y la de enfrente, de tal manera que cuando, de regreso de mi paseo despreocupado por las afueras de la ciudad, el cronómetro me anuncia que faltan seis u ocho minutos para cubrir el horario prefijado hago lo que el sereno de La verbena de la Paloma: dar otra vuelta a la manzana. A una o a otra, depende los minutos que falten. Y naturalmente, este suplemento de paseo, aunque sea breve, es un paseo mortificante, el cumplimiento de un deber hipotético que yo me he impuesto. Quiero decir con ello que la predisposición al paseo debe ser gozosa como la que muestra nuestro perro cuando intuye que vamos a abrirle la puerta de la calle. Si la perceptiva de estirar las piernas representa un aliciente para nosotros, el hecho de estirarlas será a buen seguro una operación fruitiva.
Otra cosa es la distribución del tiempo que hemos decidido destinar al paseo. Yo, habitualmente, camino una hora larga por la mañana y media o tres cuartos por la tarde, cambiando el itinerario. De mañana, antes de almorzar, suelo escapar a las afueras de Valladolid, a las apariencias de campo que brindan el Paseo de las Moreras o La Huerta del Rey, mientras un rato de cada tarde, antes del cine, la conferencia o el concierto, lo dedico a callejear. Horas y recorridos se alteran con las estaciones. El calor me induce a refugiarme en Campo Grande o a salir de casa a las nueve de la mañana, tan pronto me levanto, para volver poco después de las diez. En el campo las cosas varían, camino por la mañana una hora, y la de la tarde la dedico al tenis o andar en bicicleta –por supuesto también en la ciudad reduzco el tiempo de paseo cuando a la tarde me espera una actividad deportiva o le suprimo por completo, cuando dedico la jornada a la pesca o a la caza-. En resumidas cuentas, la media de diez kilómetros diarios la respeto, en tanto la jornada no me exige un desgaste físico superior.
Y hasta tal punto se ha convertido esto en una costumbre que cuando viajo, incluso por el extranjero, con cierto apresuramiento, procuro reservar un rato al paseo. Para ello suelo pernoctar en esos pequeños hoteles, muy confortables, que han salvado de la ruina viejas abadías o monasterios y, antes de cenar, camino cinco kilómetros por sus jardines o carretera adelante. A menudo esos paseos por lugares recoletos, señalados en las guías de turismo con un pájaro rojo –paradores al aire libre- me resultan lo mas tractivo y tonificante del viaje.
En los desplazamientos breves, a Madrid, suelo emplear otra argucia: detener el coche en pleno campo y dar una vuelta por cualquier camino vecinal y, acto seguido, reanudar el viaje. Y si voy acompañado y el día ha sido agitado, al regreso, me apeo unos kilómetros antes de llegar a casa, cedo el volante al acompañante y completo el recorrido en el coche de San Fernando. Aunque parezca paradójico, el paseo aventa la fatiga de la jornada, limpia los pulmones, entona los músculos y le deja a uno en condiciones de afrontar cualquier quehacer.
Esta práctica suele mantenernos en forma a pesar de los años. Por eso lo he hecho y lo sigo haciendo bien entre calles, por la carretera, por senderos, a campo traviesa, cuesta o cuesta abajo; en cualquier caso andar; si en Ruano era una alegría, la alegría de andar, en mi caso se convierte en júbilo, el júbilo de andar.

Miguel Delibes es vallisoletano. Catedrático. Miembro de la Real Academia de las Letras. Premios: Nadal, Príncipe de Asturias de las Letras y un largo ecétera

APARECIDO EN ‘CAMINAR CONOCIENDO’ Nº 5, JULIO DE 1996, PÁGINAS 18 y 19 CON ILUSTRACIONES DE ÚRSULA MARTÍN y Mª PAZ MENÉNDEZ

jueves, 11 de enero de 2007

Manuel Blanco Chivite: Nos parecemos sin dejar de ser diferentes (*)



por Manuel Blanco Chivite

Viajar, caminar:

El viaje es sin duda una de las vías de conocimiento. Viaje de placer, viaje de aventuras, viaje por motivos profesionales, viaje turístico, viaje iniciático, viaje obligario u obligado... En cualquiera de sus motivaciones, el viaje es una fuente de experiencias y saber. Tanto más cuanto mejor vista y más abierta mentalidad tenga el viajero.

El viaje está especialmente presente en la literatura de todos los tiempos y de todas las lenguas. Desde la 'Odisea' hasta 'En el camino' de Jack Kerouac.

En el caso de la literatura española no son pocos los autores viajeros y las obras que nos descrito el itinerario, placentero unas veces, esforzado otras, de muchos de nuestros escritores.

¿Qué es Don Quijote sino un inusitado viajero y qué sus aventuras sino incidencias de un azaroso itinerario?

Don Quijote, de la mano de Cervantes, hizo bueno, con varios siglos de antelación, la frase de D. Antonio Machado –cuyo último viaje fue el exilio- “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. No había y Don quijote salió a caballo y hubo.

Para no pocos de nuestros autores el viaje, salir a los caminos y emprender la marcha por los medios más eficaces y rápidos, fue una forma de salvar la cabeza o permanecer en libertad.

País de enraizado sectarismo, de odio cainita, por lo general orientado del poderoso hacia el débil y el crítico, España ha producido como pocos países, viajeros obligados, fugitivos, exiliados, perseguidos, emigrantes hambrientos…

La hoguera, la cárcel, la horca, el pelotón de fusilamiento o el hambre han empujado a millones de españoles al camino, fuera de su país a lo largo de la historia convulsa, trágica y grotesca.

Pero para no estancarnos en terrenos amargos, volvamos la vista a viajeros más lúdicos: Ciro Vayo que se unió al general carlista Dorregaray en sus andanzas por El Maestrazgo, a los quince años y por pura exaltación adolescente y aventurera; el mismo Ciro que atravesaría a pie España y recogería el paseo en “El lazarillo español”. Baroja siguiendo los itinerarios del general Gómez; Camilo José Cela con dos libros de paseos por la Alcarria y uno sobre el Pirineo de Lérida; la aventura –penúltima siempre- de los exiliados republicanos y antifascistas; su andadura por América Latina y por el barrio Latino de París; hasta el “territorio comanche” de Reverte o el “Cuaderno de Sarajevo” de Goytisolo.

El viaje, el camino, la andadura nos libera, nos enseña, nos da pan y trabajo –al menos eso encontraron tres millones de españoles en la Europa de los sesenta y otros muchos antes en Venezuela, México, Argentina, Cuba…- y nos conecta con el mundo. Los demás no sólo existen. Es posible ir y verlos, tocarlos, hablar con ellos. A veces, comprobación tan elemental, resulta sumamente necesaria para no perder de vista una verdad tan evidente como olvidada: que todos en todas partes nos parecemos mucho sin dejar de ser diferentes.


(*)Manuel Blanco Chivite nació en San Sebastián. Periodista y editor; es autor, entre otras obras de Diario de Etiopía, Ciudad sangrienta, Los comunicados del Lobo o Tría de negras.
Madrid 24 de marzo 1996

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Sumario:


"Todos en todas partes nos parecemos mucho sin dejar de ser diferentes"


(TOMADO DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, Nº 5, PÁGINA 16. JULIO DE 1996)
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(*) EL título se lo pusimos nosotros

viernes, 5 de enero de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Caminar Recordando


por José María Amigo Zamorano (*)

Al saber la triste noticia de la muerte de Elena Soriano me propuse rendir homenaje postrero, en "Caminar conociendo", a quien había sido una magnífica escritora y una animadora cultural de primer orden con la revista "El Urogallo"; ofrenda, además, para quien había tenido elogios hacia nuestra revista.
La escritora, -"suegra del Boyer", que recordó el Umbral, como en realidad lo fue-, murió en diciembre pasado. Dos años antes me escribió una carta breve en la que decía entre otras cosas: <<los "viejos" nos vamos muriendo con el siglo XX>>; no sabía -no podía saberlo- que su muerte estaba tan cercana, pero contaba, quizás, la desaparición de sus numerosos amigos y conocidos: María Alfaro, Juan Fernandez Figueroa ...
El azar me proporcionó materia para completar el número: el diario YA, en artículo de opinión de Medardo Fraile, recogía la noticia de la muerte del hispanista inglés Charles David Ley.
Sabía yo de este hispanista por mis conversaciones veraniegas con el viejo escritor y amigo García Luengo que lo había mentado varias veces como autor de un memorial en el que recogía, entre otras cosas, sus excursiones a Las Navas del Marqués con Cela, García Nieto y otros de la llamada Juventud Creadora. De manera que quedó hilvanado el número en torno a Elena Soriano, Charles David Ley y José García Nieto.
Me puse en contacto con escritores aconsejado por Eusebio y por Juan José Arnedo, marido de Elena, quien, a pesar del dolor por la muerte de su esposa, me facilitó direcciones e incluso donó la obra a la Biblioteca Pública de Las Navas.
Lo mismo hice con José García Nieto.
Unos enviaron colaboraciones -agradezco el obituario de El Mundo enviado Santos Sanz Villanueva y que, lamentablemente, no he podido reproducir entero por falta de espacio-, otros disculparon su negativa y, algunos, para que todo fuera real como la vida misma, a pesar de la confianza que pusieron sus más íntimos, ni contestaron.
Sobre el hispanista inglés, me dirigí a José Esteban, editor de sus memorias, "La costanilla de los diablos", para que me autorizara a publicar el capítulo VI y, de paso, si quería, presentara a su autor. Aceptó encantado lo que le agradecí.
Luego murió Carlos Gurméndez, insigne escritor, eminente filósofo de las pasiones, amigo de la escritora y conocido mío; cito esto porque me había contestado a finales de diciembre, recién venido de Galicia, prometiéndome que, en pasando las fiestas navideñas, me escribiría "un largo artículo sobre Elena Soriano": su muerte me impresionó y vime obligado a variar un poco la forma a fin de que Elena y Carlos hicieran el último "camino" juntos: amigos en vida, juntos en la muerte.
Tengo que decir que, contemplado ahora el número, me parece estar viendo un fresco de la Historia de la Literatura Española de los años 50 y 60, con sus luces y sombras. Años en los que cada uno logró sobrevivir como pudo, combatiendo el hambre y el odio cainita que trajo la guerra; e intentando abrir una pequeña rendija en el negro muro, a costa, muchas veces, de prohibiciones y exilios; verbigracia: Elena Soriano y Carlos Gurméndez entre los vencidos; también en la parte vencedora había, al parecer, personalidades que desafiaban la prepotencia de los mandos triunfadores escribiendo, por ejemplo, poemas de amor, cuando no se llevaba, y ejerciendo la tolerancia, como José García Nieto, según el catedrático y poeta Joaquín Benito de Lucas, máximo conocedor de su obra, quien no duda en calificar al Premio Cervantes de poeta "de la reconciliación nacional" en las páginas de "Caminar conociendo". Un pequeño fresco de un tiempo no tan negro (en literatura) como nos lo han pintado -por obra y gracia de gentes a las que me he referido- pero sin ese color rosado con que algunos hagiógrafos quieren disfrazarlo: dictadura y censura, haberla, la hubo: unos la vivieron y otros la estudian en los manuales de Historia.

(*) José Mª Amigo Zamorano es director de la revista 'Caminar conociendo'

EDITORIAL DEL NÚMERO 6 DE LA REVISTA EN LA PÁGINA 3