martes, 23 de enero de 2007

TÁNGER: MITO y REALIDAD



TANGER: MITO y REALIDAD

Por Rajae Boumediane

Al amante de Tánger

“Tánger llorará por quien no la vio, y quien la vio llorará por ella”. Esta frase sobre mi ciudad natal está copiada literalmente de la novela ‘Ashottar’ (Los Listos) de Mohammed Chukri. Es una frase que se repite por uno de los protagonistas. El autor está poseído por el amor hacia Tánger y piensa siempre en su noche que posee la fascinación de la muerte”, comienza diciendo la autora del artículo. Tánger es una ciudad misteriosa –continúa- mosaico de razas, religiones, culturas: judíos de Separad expulsados en 1492 por los Reyes Católicos, cristianos, musulmanes árabes, negros y blancos provenientes de los moriscos. Todos conviven en armonía. Parece como si las guerras y enfrentamientos se disolvieran al acercarse a la ciudad mágica, hija y madre del mar.


Tánger la blanca. Así se llamaba en su etapa de ciudad internacional, frecuentada por viajeros, excéntricos, aventureros y por quienes buscan un refugio, cansados y decepcionados de otras tierras, o de una forma falsa de vida. Numerosas banderas han ondeado en ella. Ninguna la ha conquistado. Occidente le ha puesto cerco y no ha logrado dominarla, menos doblegarla. Su encanto y duende permanecen intactos. De todas partes acuden a ella, desde el desierto y los montes Atlas, desde ultramar y desde el interior del continente africano.

Ninguna ciudad de su entorno ha sido tan amada por los occidentales. Escritores, poetas y artistas quedaron atrapados por su magia: Delacroix, Tennesse Williams, Jean Genet, Paul Bowles, Truman Capote.

Matisse confesaba:

-‘Un arte nuevo, nacido bajo el signo del dios apacible, se me ha aparecido en Tánger’.

La puerta de África: ejemplo de diálogo, a veces violento, entre la tierra firme y el mar, entre Europa y África, entre dos mares apenas separados. Encrucijada de senderos opuestos. Su puerto, codiciado por todos, ha albergado en sus radas hasta el último de los conflictos y azares de cuestión marroquí.

El viento de Levante, siempre amigo de Tánger, invita a la reflexión, a la inquietante compañía de las olas, esclavas de sus caprichos, sugiere a veces los paisajes de Gauguin y a veces los de Melvilla, en constante y extraña conjugación de forma, color y palabra. Desde el principio del siglo IV a. de C. fue testigo y observa a cuantos combaten por su dominio: cartagineses, romanos, fenicios, portugueses e ingleses, pero ninguno se entrega convirtiéndose –de ese modo- en tierra de nadie en novia de todos y mujer de ninguno, que no halla vencedor a quien ceñir su corona. Pero su leyenda se remonta a tiempos muy remotos, hasta los profetas. Sus pobladores cuentan que el Arca de Noé se detuvo sobre la meseta de Charf. Noé envío un pájaro a indagar el estado de la tierra. El pájaro regresó con barro en sus patas. Noé supo así que el diluvio había concluido y que la tierra volvía a ser habitable. Cuantos iban con él en el arca gritaron entonces: ¡Tinbit!, que significa ‘el barro llegó’. De ahí proviene el término ‘Tanya’, el actual nombre árabe de la ciudad.

Una de las maravillas es la cueva de Hércules. A través del Mediterráneo se ve Gibraltar a lo lejos. Desde el faro Malabata, 10 kms. al este y 12 al oeste, el Mediterráneo se encuentra con el océano Atlántico en Ras Spartel. Los mitos anidan allí, en la cueva de Hércules. Al entrar, primero sobrecoge la oscuridad, que cede paso a la luz a avanzar más. Se aprecia entonces la forma de la entrada, el perfil de un hombre que grita. En el techo se ven círculos incisos en la cúpula de piedra. Es la piedra de molino que fue cortada una vez del techo de la cueva para fabricar harina con la que alimentar a las gentes.

El mito y el pan cotidiano se mezclan en ella en un único alimento que nutre espíritu y cuerpo.

Cuenta la leyenda que la cueva de Hércules se había extendido para unir África y Europa, y separaba el mar de los romanos, el Mediterráneo, del mar de la Oscuridad, el Atlántico. Atlas, hijo de Neptuno, tenía tres hijas que vivían en un jardín donde crecían manzanas de oro. Las protegía un monstruo. Hércules luchó contra él y lo venció, pero durante la lucha, un golpe de Hércules, partió el monte en dos. De este modo se mezclaron las aguas azules del Mediterráneo con las verdes del Atlántico y Europa se separó de África. Hércules casó a su hijo Zofakis con una hija de Neptuno. Como fruto de ese matrimonio nació una bella niña a la que llamaron Tanyis. De ahí proviene el nombre de Tanyia: nombre árabe y actual de la ciudad. Por eso se dice que Hércules presidió la fundación de Tánger y presenta –en cierto modo- su pecado original.

Pero el enigma de Tánger continúa sin revelar, inaccesible, pese a cuanto indaguemos, no importa cuántas leyendas o historias reales se cuenten. Hemos de interrumpir aquí estas páginas, sugerencias y claves para acercarnos a su corazón. ¿Retomaremos alguna vez el hilo? Quien sabe…

Rajáe Boumediane, 15 de3 abril de 1996

(TOMADO DE LA REVISTA DE LA JUNTA DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA MUNICIPAL DE LAS NAVAS DEL MARQUÉS ROTULADA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, Nº 5, PÁGINA 51. JULIO DE 1996)

lunes, 15 de enero de 2007

MIGUEL DELIBES: El júbilo de andar



EL JÚBILO DE ANDAR

Por Miguel Delibes

Lo que yo he hecho y sigo haciendo es andar. Bien entre calles, por carretera, por senderos, a campo traviesa, cuesta arriba o cuesta abajo, pero, en cualquier caso, andar.
Me parece que fue González Ruano quien habló de la alegría de andar, alegría que yo he experimentado y experimento cada vez cada vez que muevo las tabas. Sin embargo, reconozco que esto de caminar –actividad que los médicos sensatos recomiendan a sus pacientes con objeto de conjurar el infarto y el estrés- no siempre resulta jubiloso para el que lo practica.
Caminando por el campo las cuatro estaciones nos ofrecen un paisaje variable, interesante siempre, en ocasiones fascinante: el charco de hielo que quebramos con nuestro pie, la carama en los tallos del rastrojo, la huella de nuestras pisadas en la escarcha, el aullido del viento, el vuelo de los pájaros, su canción de primavera, las paradas nupciales, el vagar de los insectos, el amarillear de las hojas de los árboles, el movimiento de las nubes, su forma, su color, el ondear de los trigales, el rumor del agua, los hileros del río, las primeras yemas en los árboles, etc, etc.
Por mi parte puedo afirmar que nunca me aburro caminando. Si es caso me impaciento cuando en casa me aguarda una tarea urgente que atender. Cuando esto ocurre, no acierto a dominar mis nervios, soy incapaz de abstraerme con la comedia callejera y únicamente pienso en regresar. Pero, de ordinario, a mi me encanta pasear; la alegría de andar, de Ruano, se convierte en júbilo en mi caso. Tanto que suelo hacerme a lo largo de diez kilómetros diarios, un par de horas a paso regular.
Ahora bien, lo peor de los paseos cronometrados es que el uso del reloj acaba generando manía de exactitud. Yo, por ejemplo, tengo medidos los minutos que invierto en rodear la mansión de mi casa y la de enfrente, de tal manera que cuando, de regreso de mi paseo despreocupado por las afueras de la ciudad, el cronómetro me anuncia que faltan seis u ocho minutos para cubrir el horario prefijado hago lo que el sereno de La verbena de la Paloma: dar otra vuelta a la manzana. A una o a otra, depende los minutos que falten. Y naturalmente, este suplemento de paseo, aunque sea breve, es un paseo mortificante, el cumplimiento de un deber hipotético que yo me he impuesto. Quiero decir con ello que la predisposición al paseo debe ser gozosa como la que muestra nuestro perro cuando intuye que vamos a abrirle la puerta de la calle. Si la perceptiva de estirar las piernas representa un aliciente para nosotros, el hecho de estirarlas será a buen seguro una operación fruitiva.
Otra cosa es la distribución del tiempo que hemos decidido destinar al paseo. Yo, habitualmente, camino una hora larga por la mañana y media o tres cuartos por la tarde, cambiando el itinerario. De mañana, antes de almorzar, suelo escapar a las afueras de Valladolid, a las apariencias de campo que brindan el Paseo de las Moreras o La Huerta del Rey, mientras un rato de cada tarde, antes del cine, la conferencia o el concierto, lo dedico a callejear. Horas y recorridos se alteran con las estaciones. El calor me induce a refugiarme en Campo Grande o a salir de casa a las nueve de la mañana, tan pronto me levanto, para volver poco después de las diez. En el campo las cosas varían, camino por la mañana una hora, y la de la tarde la dedico al tenis o andar en bicicleta –por supuesto también en la ciudad reduzco el tiempo de paseo cuando a la tarde me espera una actividad deportiva o le suprimo por completo, cuando dedico la jornada a la pesca o a la caza-. En resumidas cuentas, la media de diez kilómetros diarios la respeto, en tanto la jornada no me exige un desgaste físico superior.
Y hasta tal punto se ha convertido esto en una costumbre que cuando viajo, incluso por el extranjero, con cierto apresuramiento, procuro reservar un rato al paseo. Para ello suelo pernoctar en esos pequeños hoteles, muy confortables, que han salvado de la ruina viejas abadías o monasterios y, antes de cenar, camino cinco kilómetros por sus jardines o carretera adelante. A menudo esos paseos por lugares recoletos, señalados en las guías de turismo con un pájaro rojo –paradores al aire libre- me resultan lo mas tractivo y tonificante del viaje.
En los desplazamientos breves, a Madrid, suelo emplear otra argucia: detener el coche en pleno campo y dar una vuelta por cualquier camino vecinal y, acto seguido, reanudar el viaje. Y si voy acompañado y el día ha sido agitado, al regreso, me apeo unos kilómetros antes de llegar a casa, cedo el volante al acompañante y completo el recorrido en el coche de San Fernando. Aunque parezca paradójico, el paseo aventa la fatiga de la jornada, limpia los pulmones, entona los músculos y le deja a uno en condiciones de afrontar cualquier quehacer.
Esta práctica suele mantenernos en forma a pesar de los años. Por eso lo he hecho y lo sigo haciendo bien entre calles, por la carretera, por senderos, a campo traviesa, cuesta o cuesta abajo; en cualquier caso andar; si en Ruano era una alegría, la alegría de andar, en mi caso se convierte en júbilo, el júbilo de andar.

Miguel Delibes es vallisoletano. Catedrático. Miembro de la Real Academia de las Letras. Premios: Nadal, Príncipe de Asturias de las Letras y un largo ecétera

APARECIDO EN ‘CAMINAR CONOCIENDO’ Nº 5, JULIO DE 1996, PÁGINAS 18 y 19 CON ILUSTRACIONES DE ÚRSULA MARTÍN y Mª PAZ MENÉNDEZ

AGUSTIN GUTIÉRREZ PÉREZ: SENDEROS

"Ni aun hallando sabré... "
Claudio Rodríguez

Me echo a la calle de tu piel y llueve
la ternura salvaje de tus pechos;
el odio se me duerme entre los desdos,
y soy grito de sangre por tu vientre.

Me pierdo en la palabra de tu sexo
y alumbro paso a paso cada letra.
Se me moja la voz de lunas ebrias,
bebo la brasa antigua de tu cuerpo.

Cale y palabra encienden el segundo
que devora la arena del recuerdo:
tu ciudad que me vive y me hace mundo.

Hablo y camino, y persigo en silencio
la memoria del mar entre tus muslos,
mis pasos que se pierden por tu pelo.

Agustín Gutiérrez Pérez
(Del grupo 'Mediona', Tarragona)

EN 'CAMINAR CONOCIENDO', Nº 5, PAG. 42

jueves, 11 de enero de 2007

Manuel Blanco Chivite: Nos parecemos sin dejar de ser diferentes (*)



por Manuel Blanco Chivite

Viajar, caminar:

El viaje es sin duda una de las vías de conocimiento. Viaje de placer, viaje de aventuras, viaje por motivos profesionales, viaje turístico, viaje iniciático, viaje obligario u obligado... En cualquiera de sus motivaciones, el viaje es una fuente de experiencias y saber. Tanto más cuanto mejor vista y más abierta mentalidad tenga el viajero.

El viaje está especialmente presente en la literatura de todos los tiempos y de todas las lenguas. Desde la 'Odisea' hasta 'En el camino' de Jack Kerouac.

En el caso de la literatura española no son pocos los autores viajeros y las obras que nos descrito el itinerario, placentero unas veces, esforzado otras, de muchos de nuestros escritores.

¿Qué es Don Quijote sino un inusitado viajero y qué sus aventuras sino incidencias de un azaroso itinerario?

Don Quijote, de la mano de Cervantes, hizo bueno, con varios siglos de antelación, la frase de D. Antonio Machado –cuyo último viaje fue el exilio- “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. No había y Don quijote salió a caballo y hubo.

Para no pocos de nuestros autores el viaje, salir a los caminos y emprender la marcha por los medios más eficaces y rápidos, fue una forma de salvar la cabeza o permanecer en libertad.

País de enraizado sectarismo, de odio cainita, por lo general orientado del poderoso hacia el débil y el crítico, España ha producido como pocos países, viajeros obligados, fugitivos, exiliados, perseguidos, emigrantes hambrientos…

La hoguera, la cárcel, la horca, el pelotón de fusilamiento o el hambre han empujado a millones de españoles al camino, fuera de su país a lo largo de la historia convulsa, trágica y grotesca.

Pero para no estancarnos en terrenos amargos, volvamos la vista a viajeros más lúdicos: Ciro Vayo que se unió al general carlista Dorregaray en sus andanzas por El Maestrazgo, a los quince años y por pura exaltación adolescente y aventurera; el mismo Ciro que atravesaría a pie España y recogería el paseo en “El lazarillo español”. Baroja siguiendo los itinerarios del general Gómez; Camilo José Cela con dos libros de paseos por la Alcarria y uno sobre el Pirineo de Lérida; la aventura –penúltima siempre- de los exiliados republicanos y antifascistas; su andadura por América Latina y por el barrio Latino de París; hasta el “territorio comanche” de Reverte o el “Cuaderno de Sarajevo” de Goytisolo.

El viaje, el camino, la andadura nos libera, nos enseña, nos da pan y trabajo –al menos eso encontraron tres millones de españoles en la Europa de los sesenta y otros muchos antes en Venezuela, México, Argentina, Cuba…- y nos conecta con el mundo. Los demás no sólo existen. Es posible ir y verlos, tocarlos, hablar con ellos. A veces, comprobación tan elemental, resulta sumamente necesaria para no perder de vista una verdad tan evidente como olvidada: que todos en todas partes nos parecemos mucho sin dejar de ser diferentes.


(*)Manuel Blanco Chivite nació en San Sebastián. Periodista y editor; es autor, entre otras obras de Diario de Etiopía, Ciudad sangrienta, Los comunicados del Lobo o Tría de negras.
Madrid 24 de marzo 1996

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Sumario:


"Todos en todas partes nos parecemos mucho sin dejar de ser diferentes"


(TOMADO DE LA REVISTA ‘CAMINAR CONOCIENDO’, Nº 5, PÁGINA 16. JULIO DE 1996)
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(*) EL título se lo pusimos nosotros

viernes, 5 de enero de 2007

José Mª Amigo Zamorano: Caminar Recordando


por José María Amigo Zamorano (*)

Al saber la triste noticia de la muerte de Elena Soriano me propuse rendir homenaje postrero, en "Caminar conociendo", a quien había sido una magnífica escritora y una animadora cultural de primer orden con la revista "El Urogallo"; ofrenda, además, para quien había tenido elogios hacia nuestra revista.
La escritora, -"suegra del Boyer", que recordó el Umbral, como en realidad lo fue-, murió en diciembre pasado. Dos años antes me escribió una carta breve en la que decía entre otras cosas: <<los "viejos" nos vamos muriendo con el siglo XX>>; no sabía -no podía saberlo- que su muerte estaba tan cercana, pero contaba, quizás, la desaparición de sus numerosos amigos y conocidos: María Alfaro, Juan Fernandez Figueroa ...
El azar me proporcionó materia para completar el número: el diario YA, en artículo de opinión de Medardo Fraile, recogía la noticia de la muerte del hispanista inglés Charles David Ley.
Sabía yo de este hispanista por mis conversaciones veraniegas con el viejo escritor y amigo García Luengo que lo había mentado varias veces como autor de un memorial en el que recogía, entre otras cosas, sus excursiones a Las Navas del Marqués con Cela, García Nieto y otros de la llamada Juventud Creadora. De manera que quedó hilvanado el número en torno a Elena Soriano, Charles David Ley y José García Nieto.
Me puse en contacto con escritores aconsejado por Eusebio y por Juan José Arnedo, marido de Elena, quien, a pesar del dolor por la muerte de su esposa, me facilitó direcciones e incluso donó la obra a la Biblioteca Pública de Las Navas.
Lo mismo hice con José García Nieto.
Unos enviaron colaboraciones -agradezco el obituario de El Mundo enviado Santos Sanz Villanueva y que, lamentablemente, no he podido reproducir entero por falta de espacio-, otros disculparon su negativa y, algunos, para que todo fuera real como la vida misma, a pesar de la confianza que pusieron sus más íntimos, ni contestaron.
Sobre el hispanista inglés, me dirigí a José Esteban, editor de sus memorias, "La costanilla de los diablos", para que me autorizara a publicar el capítulo VI y, de paso, si quería, presentara a su autor. Aceptó encantado lo que le agradecí.
Luego murió Carlos Gurméndez, insigne escritor, eminente filósofo de las pasiones, amigo de la escritora y conocido mío; cito esto porque me había contestado a finales de diciembre, recién venido de Galicia, prometiéndome que, en pasando las fiestas navideñas, me escribiría "un largo artículo sobre Elena Soriano": su muerte me impresionó y vime obligado a variar un poco la forma a fin de que Elena y Carlos hicieran el último "camino" juntos: amigos en vida, juntos en la muerte.
Tengo que decir que, contemplado ahora el número, me parece estar viendo un fresco de la Historia de la Literatura Española de los años 50 y 60, con sus luces y sombras. Años en los que cada uno logró sobrevivir como pudo, combatiendo el hambre y el odio cainita que trajo la guerra; e intentando abrir una pequeña rendija en el negro muro, a costa, muchas veces, de prohibiciones y exilios; verbigracia: Elena Soriano y Carlos Gurméndez entre los vencidos; también en la parte vencedora había, al parecer, personalidades que desafiaban la prepotencia de los mandos triunfadores escribiendo, por ejemplo, poemas de amor, cuando no se llevaba, y ejerciendo la tolerancia, como José García Nieto, según el catedrático y poeta Joaquín Benito de Lucas, máximo conocedor de su obra, quien no duda en calificar al Premio Cervantes de poeta "de la reconciliación nacional" en las páginas de "Caminar conociendo". Un pequeño fresco de un tiempo no tan negro (en literatura) como nos lo han pintado -por obra y gracia de gentes a las que me he referido- pero sin ese color rosado con que algunos hagiógrafos quieren disfrazarlo: dictadura y censura, haberla, la hubo: unos la vivieron y otros la estudian en los manuales de Historia.

(*) José Mª Amigo Zamorano es director de la revista 'Caminar conociendo'

EDITORIAL DEL NÚMERO 6 DE LA REVISTA EN LA PÁGINA 3

Luis Alberto de Cuenca: Irlanda


Desde la Biblioteca Nacional
Luis Alberto de Cuenca*
Irlanda
Por Edward, Lord Dunsany, que cantara
las gestas de un caballo de madera
en cuento muy bello; por el libro
de Kells, iluminado por los ángeles;
por nuestra fe católica, basada
en la benevolencia de María
y no en la crueldad del dios hebreo;
por San Patricio, que te dio las cruces
de piedra que jalonan tus caminos;
por el héroe Cuchulainn y por Molly
Bloom, que lo atrajo hacia sus senos
y le dijo que sí, que lo quería,
en la última frase del Ulysses
yo te saludo, Irlanda, esta mañana
de septiembre en que todo está borroso
menos la geografía de tu isla,
desde donde me envías a la cárcel
un mensaje cargado de futuro.

Lisboa, 26 de septiembre de 1996
Luis Alberto de Cuenca: poeta e investigador del CSIC;
Premio de la Crítica del 85
Ilustra: Úrsula Martín

DE LA PÁGINA 5 DEL Nº 2 DE LA REVISTA DE LA BIBLIOCA PÚBLICA MUNICIPAL DE LAS NAVAS DEL MARQUÉS (AVILA) 'Caminar conociendo'

Luis Alberto de Cuenca: El bosque


Desde la Biblioteca Nacional
Luis Alberto de Cuenca*

El bosque

El bosque me contó la vieja historia.
Dijo que hubo otro tiempo en que los hombres
se aventuraban entre su espesura
en busca del oráculo divino.
Pero nadie llegaba a ver el centro
de la selva, donde la pitonisa
resolvía las dudas de los fieles.
Porque no había centro, porque el bosque
era y es un inmenso laberinto
sin principio ni fin, y porque el orden
de las cosas excluye las respuestas.
Y es así como, ciegos e ignorantes,
nos dirigimos hacia el precipicio
de la nada, perdidos en el bosque
de la traición, el odio y la mentira.
Eso me dijo el bosque en un susurro,
mientras yo iba camino de Damasco.


Lisboa, 26 de septiembre de 1996
Luis Alberto de Cuenca: poeta e investigador del CSIC;
Premio de la Crítica del 85
Ilustra: Úrsula Martín


POEMA TOMADO DE LA PÁGINA 5, DEL Nº 2 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO'