miércoles, 2 de enero de 2008

Jacinto Herrero Esteban

El pueblo que andaba a oscuras
vio una luz intensa.
Sobre los que vivían en tierra de sombras
brilló una luz.

Isaias, 9,1



Estos días tan breves de solsticio
en diciembre, caminan, aunque a oscuras,
hacia otra luz hundida en el poniente.
No habrá lugar a la melancolía
pues el sol vencerá porque aun existe
y brilla a las espaldas de esta noche.
(Tal nuestra vida asida a la esperanza
de no morir). Volver a la costumbre
de abrir la puerta a la desierta calle
y caminar sobre la escarcha. Dile
que espere al corazón, que para todos
habrá un sol cegador tras de la niebla.
Son hermosos los árboles desnudos
húmedos del relente en madrugada.

Jacinto Herrero Esteban

Avila 2002

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Neruda: 'Oda al Cactus de la Costa'

Un día
para tí,
para todos,
saldrá
desde tu corazón un rayo rojo,
florecerás también una mañana:
no te ha olvidado hermano,
hermana
no te ha olvidado,
no
la primavera:
yo te lo digo,
yo te lo aseguro
porque el cacto terrible,
el erizado
hijo de las arenas
conversando
conmigo
me encargó este mensaje
para tu corazón desconsolado.

Y ahora
te lo digo
y me lo digo:
hermano, hermana,
espera,
estoy seguro:
No nos olvidará la primavera.

*
Pablo Neruda
(Nuevas odas elementales)

jueves, 6 de diciembre de 2007

José Mª Amigo Zamorano: El Alijar navero en Urbano Blanco Cea

Acabábamos de hacernos cargo, mi esposa y yo, de la biblioteca de Las Navas del Marqués cuando recibimos un libro de Urbano Blanco Cea. Entonces yo escribí una letras que he encontrado por casualidad en un anuario. Sé que se las envié al corresponsal de 'El Diario de Ávila'. Supongo que lo firmaría él como si fuera su autor. Por entonces hice muchos escritos que luego firmaban los corresponsales. Fui una especie de 'negro'. No me importaba. Lo que quería es que se hiciera público lo que hacíamos en la biblioteca. Lo de menos era la firma del autor. Lo recuerdo ahora que Urbano Blanco Cea me ha enviado, por correo electrónico, el último de sus libros: 'El Alijar jara en flor', número 36 de la colección 'el toro de granito' que dirige mi buen amigo el poeta Jacinto Herrero Esteban. Me dice que lo presentó, aquí, en Las Navas, en el nuevo local que ha inaugurado la Caja de Ahorros de Ávila hace pocos días. Tengo que decir que cuando me lo envió yo no tenía el 'ordenata' porque se me había estropeado. Pero, con las ganas de leer lo que había escrito, me fui a sacarlo a un ciber. Un poco caro me salió. Y más cuando me acerqué a la exposición de pintura que se exhibe en ese local de la Caja que he mencionado más arriba. Y es que allí estaba, a la venta, el libro de Urbano. Seguro que a los diose no les gustaron mis maldiciones: valía casi un tercio menos de lo que me había costado en el ciber.

En fin... lo que escribí, antaño, fue lo siguiente:

"Un hermoso libro de poemas, de pasta marrón, en papel verjurado, ha entrado en esta biblioteca. Su autor: Urbano Blanco Cea. Su título: Lágrimas de ciego. Del que se han impreso 500 y éste es el número 20. Número 20 que, en nuestra biblioteca, se ha transformado en 12.563.


Amigo Urbano, acabo, como quien dice, de llegar a tu pueblo, no te conozco de nada, no sé quién eres, pero quiero comunicarte que con este número 12.563 ya estás en esta biblioteca, ya has cumplido "emocionado el sueño de figurar en su catálogo".Que lo sepan todos los naveros. Que lo sepan los pinos y los robles. Que este pregón vaya de risco en risco. Y lo oiga hasta Magalia.


Los maestros que te enseñaron a leer sentirán con orgullo que su semilla germinó.


Los mecenas que han invertido en sueños saben que tienen una realidad tangible.


Las Navas del Marqués debe saber que tiene, si no un poeta, si un "diletante escribidor". Por sus poemas se pasean, como por un jardín florido, los románticos, junto a Machado y Lorca.


Sobre tus versos, "buenos o malos" o "buenos y malos" que tú ya sabes que "de todo hay en la viña del Señor", levita un espíritu romántico y también machadiano y lorquiano.

Si te digo que no vas con la moda, que no se hacen los poemas, hoy en día, así, no te descubro nada: en tu "exordio" nos aclaras que has hecho lo que te gusta, que se es feliz haciendo lo que se quiere.

Te animo a que sigas en esa línea de sinceridad. Sabes que, a veces, como dice Goethe, "nuestros hechos nos amargan la existencia". De modo que, siendo siempre uno mismo, es una manera, como otra cualquiera, de no amargarnos la existencia.

Yo suelo decir, de los álbumes de fotos, que son semejantes a panteones donde vamos guardando nuestras muertes sucesivas. Así los libros en las bibliotecas. Así el tuyo. Pero, al menos, se guarda en un lugar cálido. Y entrañable para ti. Y no en los gélidos frigoríficos que son esos panteones donde yacen, descansando de su arduo y duro trabajo a pico y pala, príncipes y monarcas, como en El Escorial. Tu fragmento de vida podrá, así, ser hojeado o leído en esta Biblioteca Pública Municipal de Las Navas del Marqués: "tu pueblo amado", "tu hogar".

Y como deseo que lo conozcan... ¡todos!... ¡que lo sepan todos!... lo repito, bien en alto, para que mi voz llegue hasta el ganadero que está echándole forraje a su ganado, hasta el barrendero que recoge incesante las hojas caídas del otoño, hasta el obrero que va a Madrid por la mañana temprano, hasta el ama de casa colocando la loza en la alacena, hasta el cabrero de rostro curtido por los aires helados de los altos... ¿queda alguno?... ¡ah, si! ¡quedan, quedan!: el bancario, el maestro, el oficinista, el camarero, el librero... ¡Oidlo bien!: ¡Las Navas del Marqués tiene un diletante escribidor! ¡Se llama Urbano Blanco Cea!."

No sé lo que aparecería en el diario citado de todo esto que escribí. No guardo copias de eso. Soy un desastre. Pero, ahora, leído después de numerosos años, creo que poco tengo que añadir, salvo dos cosas: Una): si, Urbano escribe como se hace ahora. No hay tendencias en una dirección determinada. Eso se acabó. Ahora cada uno escribe como quiere. Como él. Y eso está muy bien. Dos): Urbano no es un poeta que cante a Las Navas, un bardo de las hazañas de su pueblo, es un poeta de Las Navas del Marqués, nacido en este pueblo abulense, enamorado de su tierra. Nada más.

Hacía, antes, mención de los artículos que por entonces escribí. Algunos estuvieron dedicados a esta colección, 'el toro de granito', que estuvo olvidada décadas y sus libros, abandonados o arrumbados por organismos como la Diputación, aparecían tirados por pasillos... ¡Una dejadez! Yo recordé esa desidia e hice un homenaje a la labor que, con esa colección, llevó a cabo el poeta Jacinto Herrero Esteban. Como eran muchos los poetas que incluyó, entre ellos grandísimos poetas como el nicaragüense Ernesto Cardenal o la española Carmen Conde, me dediqué a comentar solo los que eran de Ávila. Es decir, cinco a seis poetas, de los cuales había uno de Las Navas del Marqués que hoy está en Colombia como profesor destacaddo en Ciencias de la Comunicación, si mal no recuerdo. Del resto, me viene a la mente ahora un tal Moises Gómez, un abogado abulense que creo vive por la provincia de León (del que dicen que no es mal poeta y a mi no me gustó nada) y el propio Jacinto Herrero Esteban. Parece ser que el hecho de denunciar esa dejadez no le gustó a las autoridades. Es buena señal porque quiere decir que di en el blanco. Luego se vengarían no dando un duro para las actividades que se hicieron en la Biblioteca Pública Municipal de estas Navas que dicen 'del Marqués'. Lo cierto es que se agitó el ambiente cultural abulense que estaba por aquellos años muerto o al menos dormido y pocos después se reanudó la colección. Algo tuve que ver, para qué negarlo, en esa reanudación de la colección 'el toro de granito' que ahora ha publicado a otro navero: Urbano Blanco Cea.

martes, 6 de noviembre de 2007

Tajar Benyelún: 'Septiembre 1970. Al día amante y gira'

Me habían garantizado una cántara de miel pura
yo era ceremonioso y socarrón
me antecedían
con la mano tendida hacia el poniente
le recité
a las avecillas de las arenas
sílabas de mi canto:
cambien de color y síganme
abandonamos el desierto
por un poco de miel y fulgor
el tiempo pasará
sin rozar sus alas
la jornada será azul
como en la leyenda
tal es la palabra
nuestro destino
vamos hacia el frente
sin esperar el viento
arañazos cerrados
aprendí
que ardientes manos
paran al sol en las pingorotas del peñasco
el ojo de los niños
sangra en la aurora
que tejió su cabellera
en el légamo seco de septiembre
oigan esa canción
es la llamada de las dunas
lejos de las ciudades aplacibles
bailan
el pájaro horada las nubes
que liberan las manos difuntas
surgimos
con escrituras en la frente
nuestra estrella
se levanta una vez al año
desnuda en el horizonte
se yergue la tierra
al día amante
y gira

*

Tajar Benyelún
(Le disccours du chameau)

martes, 16 de octubre de 2007

Libros: Mamie Mason

La literatura negra norteamericana tiene un nombre propio, Chester Himes. Autor que desde los inicios se preocupa por las relaciones negros/blancos (hombre negro - mujer blanca) Sus novelas son siempre una gota de agua fresca, aunque terminen en frustración.

lunes, 10 de septiembre de 2007

José Mª Amigo Zamorano: 'La Higuera y La Fuente del Amor'

A Flavien Ranaivo


Cuentan que hubo una vez, hace tiempo, en una de las doce colinas de Imérina, en la meseta central de Madagascar, una fuente que manaba entre las rocas un agua fresquísima y que cerca creció una higuera tan grande y tan frondosa que acudían a ella muchas avecillas y entre sus ramas se declaraban amor eterno.
A su sombra, algunos jinetes dejaban sus caballerías, mientras bebían el agua de la Fuente del Amor que, así, con ese nombre, de esa manera, la denominaban. O bien se bañaban en una poza o alberca que, más abajo, en una hondonada, la fuente alimentaba.
A pesar de todas estas virtudes, no era muy visitada por las gentes del valle que a sus pies se veía, debido a la enorme dificultad de llegar hasta allí.
Sin embargo, cuentan que, una buscadora de aguas, solía acudir muy a menudo con su cántaro. Desde aquel lugar, sentada a la sombra de la higuera, contemplaba los arrozales de su valle.
La buscadora de aguas era una moza muy hermosa: tez de ámbar, labios rosados, ojos de almendra… Contaban que ascendía como paloma, sendero rocoso, abrupta pendiente, agarrándose a piedras de las formas más caprichosas que por allá abundaban, hasta arribar a su fuente preferida, la Fuente del Amor. Llegaría acezando, abiertos sus labios de rosa para acercarlos sedientos a la fuente amorosa. Labios que, sin embargo, eran atractivos; atractivos y, se contaba con cierta ironía, posiblemente mentirosos; lo decían porque, a la joven y hermosa buscadora de aguas, le gustaba mucho hablar y ya dice el refrán: quien mucho habla, mucho yerra.
La buscadora de aguas sabía, por haberlo recorrido muchas veces, que a la vuelta del último repecho, la esperaban al principio, la higuera y la fuente y luego, tras su encuentro fortuito, su mozo de la meseta.
De regreso, desciende, cauta pero segura, la pendiente. Él, el mozo de la meseta, la ve asirse de vez en cuando, con una mano a las hojas de áloes, lisas y puntiagudas, mientras que, con la otra, sostiene el cántaro de barro.
¿Qué puede soñar bajo su lamba que moldea unos seños, imaginados por él, como firmes, suaves y puntiagudos? ¿Con qué puede soñar ese cuerpo que tanto conturba a ese hombre que se queda sentado, ahí, junto a la higuera, mirándola?
Un día la conoció viéndola subir con su lamba, agitado por el viento, que parecía aletear como una paloma colina arriba. Y luego cuando estuvo cerca de ella junto a la fuente y le habló, quedó prendido de sus labios de los que manaban palabras como agua del manantial. Desde ese instante, ya no fue el mismo.
Todos notaron que algo le había sucedido al mozo de la meseta, sin saber la causa, ya que pasó de sosegado, tranquilo, prudente, manso, pero un poco triste, a convertirse en alegre y nervioso, sobre todo por la mañana de ese verano y siempre pendiente de la hora de la comida. Comía presuroso. Luego, inmediatamente, a mediodía, a esa hora en que el sol más aprieta, montaba su caballo y, a galope tendido, por toda la llanura de Imérina, salvando muros, sorteando espinos, brincando el riachuelo peligroso que cruza en medio del recorrido, corría hasta su amada; la mirada, fija, al frente: en la cabeza del caballo; su cara morena, sus ojos de almendro, azotados por el viento ardiente de la llanura imerniana; sus labios aceitunados, lisos y puntiagudos, estaban ya entre las hojas de la higuera antes de llegar; las manos, alargadas y finas, sujetan las riendas, espantan moscas, acarician el cuello del caballo... Su cuerpo sudoroso, castigado por el duro trabajo del campo en verano, levita. Llega, siempre, antes que ella a la higuera. Deja el caballo a la sombra. Se zambulle en la alberca de la fuente. Se seca. Se viste. Se sienta. Espera… ¡Ahí está! ¡Ya viene! ¡Ya llega… cuesta arriba! Suspira… Últimamente no iba todos los días a la cita y se quedaba triste.
Cuando se presenta lo inunda de besos y lo envuelve de palabras. Él no dice nada. ¿Para qué?... La mira. La admira. La quiere. Y, con la lluvia incesante de palabras, con la música de vocablos que sale de su boca, lo arrulla, lo embriaga, lo adormece, lo acoge en su seno… Cierra los ojos y se duerme. Ella lo mira, lo acaricia, lo besa. Luego se va.
Así son sus citas: castas, limpias, puras, inmaculadas.
Cuando él se despierta, coge su caballo y, apresuradamente, vuelve a su trabajo en la aldea.
Cuentan que una noche, en la fiesta de una aldea de la llanura de Imérina, ella sintió deseos imperiosos de estar a solas con él y le propuso una galopada hasta la higuera y la Fuente del Amor.
La noche estaba blanca como la leche. Las vacas de la luna, recién paridas, no necesitan ordeño para donar su líquido blanquecino; las ubres lo regalaban: llenando hondonadas, pintando montículos, señalando grietas, alumbrado vallas… El arroyo brilla con un resplandor de leche metálica. Y las estrellas, igualmente maculadas de leche, se pierden… se pierden en el gran río de la Vía Láctea.
La noche estaba tibia, como tibio está el cuerpo del jinete al que ella se abraza temblando. La noche invitaba al paseo a la luz de la luna. El caballo respira fuerte el aire nocturno, blanqueado por la luna. Relincha. Se acerca velozmente al riachuelo. Salta. Mas, por desgracia, acostumbrado, como está, al peso de un solo jinete no llegan, sus patas, a la otra orilla, resbala, se tropieza y cae, lanzando a la pareja al suelo.
Se cuenta, y no hay razones para pensar nada en contra, que la moza, buscadora de aguas, labios de rosa, ojos de almendra y tez de ámbar, se levantó conmocionada por el golpe, acudiendo presurosa a ver a su mozo moreno, de ojos almendrados y labios lisos y puntiagudos, que yacía, en el suelo, como muerto. Se dice, y debió ser verídico, que al verlo así, despatarrado, sangrando y sin moverse, se mesó los cabellos, se rasgó las vestiduras y llorando y gritando y corriendo, marchó a pedir socorro.
También cuentan que, días después, acudió a visitarlo al lugar donde lo estaban curando. Lo halló, horrorizada, inconsciente aún y con una pierna cortada, debatiéndose entre la vida y la muerte.
Cuando, al cabo de muchos días, el mozo de la meseta, volvió a la consciencia lo primero que hizo fue preguntar por ella; diciéndole los familiares y amigos que había venido, una vez, a visitarlo. No atreviéndose a comunicarle que, al día siguiente de recibir su visita, en el recinto donde yacía postrado, la moza, ojos de almendra, tez de ámbar, moldeados los seños, (que él presentía firmes, suaves y puntiagudos), por el lamba, cogió su cántaro y emprendió subida, sendero rocoso, abrupta pendiente, agarrándose a piedras de las formas más caprichosas que por allá abundaban, hasta arribar a su fuente preferida, hacía la Fuente del Amor. Y nadie la ha vuelto a ver, ni viva ni muerta. Aunque, dicen, algunos, las malas lenguas, que se…

jueves, 6 de septiembre de 2007

Nordin Tidafi: 'Sol de mi Tierra' (8)


Paz al duelo más próximo y dentro de las lágrimas.

Paz al huérfano todavía sorprendido de dolor.

Paz sobre el herido que la memoria pierde.

Paz al enfermo demasiado preciso, delante de la multitud reconocido.

Paz al centinela de los Atáfs, hermano rugoso bajo el eucalipto.

Paz a la frágil muchacha de Tenés, su fusil bajo la lluvia.

Paz al francotirador, cómplice del alba en el desfiladero de Tachdenet.

Paz al camillero, ansioso de tiempo y fraternidad.


Ellos son la fibra innombrable de la misma esperanza váida.



Nordín Tidafi

(De la antología 'Diwan africano. Poetas de expresión francesa'. Selección, prólogo y notas de Rogelio Martínez Furé. Editorial Arte y Literatura 1988. Palacio del Segundo Cabo O'Reilly número 4, Habana Vieja. Ciudad de La Habana, Cuba)