lunes, 14 de febrero de 2011

Jose Agustín Arrieta: Oso latza izan da (Joseba Arregui)




l
la
tza
latza
latza latza
Joseba Joxe Joseb
hauts errauts Joseba lats
lits odol lats auhen lats lits la
tza bizi odol bizi hots herio herio heri
otz herio herio dario odol lats hotz Joseba neb 
a ba dario darigu intziri odol odol hauts errauts hauts
hautsia untzia errautsa hautsia herio lats lits hotz latza
malditos malditos malditos malditos malditos malditos mada
madari odol madari hotz madari herio madari madari katuaak
madari txakurrak madari katuak txakurrak txakurrak txakur
rroto gorroto gorroto te han roto te han roto gorroto roto
Joseba anai Joseba neba Joseba neba Joseba anaia Josebala
tza Joseba neba Joseba latsa Josena latza Joseba anaialazz
tana Joseba laztana Joseba laztana Joseba laztana Josebaa
neba never neba never neba anaia laztana never nebaa
naia anaia herriak nahia inoiz neba never anai
aaa gorroto laztana Joseba laztana inoiz
Joseba intziri Joseba hilerri latz
odol laztana Joseba herriak
ez du eztu ttu ttu odol
odol ttu lats latza
Joseba ez laztana e
zzzzzz herriak ezzz
zzzzzzzzzzzz
tuuuuuuuuuu
barkatuko
---
José Agustín Arrieta: Ha sido horrible (1)

h
hor
horr
ibl ibl ibl
ee horrible
Joseba Joxe Joseb
polvo ceniza Joseba arroyo
hilacha sangre arroyo grito horrible arroyo hor
rrible vida sangre vida frío muerte muerte mue
rte muerte muerte mana sangre arroyo frío Joseba
neba (2) mana nos mana gemido sangre sangre polvo ceniza polvo
roto el vaso la ceniza rota muerte arroyo hilacha fría horrible
malditos malditos malditos malditos malditos malditos mal
mal sangre mal frío mal muerte mal mal malditooos
malditos perros rabiosos rabiosos malditos perros rab mal perr
rroto gorroto (3) gorroto te han roto te han roto gorroto roto
JosebahermanoJosebanebaJosebanebaJosebahermanoJosebahor
rrible Joseba neba Joseba arroyo Joseba ble horr Joseba mano her
mano querido Joseba hermano Joseba querido Joseba her Josebaa
neba never neba never neba hermano querido never nebaa
mano hermano tu pueblo quiere nunca neba never her
manoo odia ama Joseba tumba horrible
sangre amada Joseba tu pueblo
no nunca no sangre tu sangre
tu horrible arroyo sangre escupida
Joseba no nunca jamás
sss tu pueblo jamásss
sssssssssss
perdonará

(traducción al castellano del autor)
***

Notas:
(1) Oso latza izan da (Ha sido horrible): Palabras pronunciadas por Joseba Arregui en el hospital Penitenciario de Carabanchel antes de morir, el 11 de febrero de 1981 a causa de las torturas que le hicieron en la Dirección General de Seguridad
(2) Neba es hermano
(3) Gorroto es odio
___ 
Poema aparecido en Antología Poética Vasca, Frankismoaren Biktimei eta Askatasunaren Aldeko Borrokariei Omenaldia. A los 50 años de Gernika; Ediciones Vanguardia Obrera S.A (ya desaparecida pero que suponemos puede aun adquirirse en Ediciones 'El Garaje'); DL: Madrid, 1987. Páginas 266/267.



miércoles, 2 de febrero de 2011

Charles Simic: A los criadores de cochinos, mis predecesores

Cuando jamo cochino, es asunto grave.
Me estoy jamando a mis predecesores.
Jamando la tierra en la que laboraban.

Beodos molondras de nabo, cuatreros de caballos,
desenfrenados, descorteses, trabajadores sucios,
dentro de mi corriente sanguínea los rememoro.

Si le incorporo ajo a mi cochino
es por aquel que llegó a clérigo,
dejó la tierra, se ató a la ciudad
y se cambió de nombre para jamás aparecer.

Adaptación al castellano de Iswe Letu


jueves, 13 de enero de 2011

'El sueño del celta' reivindica a Roger Casement, por José Mª Amigo



En cuanto a 'El sueño del celta', última novela del flamante Premio Nobel Vargas Llosa, es en realidad un fresco histórico y biográfico: la recuperación, dentro de un marco histórico, de un personaje irlandés, Roger Casement, luchador independentista, pero que antes de transformarse en furibundo nacionalista fue uno de los primeros europeos en denunciar la salvaje explotación, las atrocidades, del colonialismo en África y mas tarde en el Amazonas.

Los hechos que narra son conocidos, al menos para muchos de los que llevamos años interesándonos por los pueblos africanos.

La novela comienza en una cárcel del Reino Unido donde Roger Casement aguarda la decisión del Consejo de Ministros de su majestad británica acerca de si le conmuta la pena de muerte o si por el contrario hace oídos sordos a las voces que claman clemencia y es ahorcado.

Los jueces lo han condenado a la última pena acusado de alta traición ya que, siendo cierto para qué negarlo, en torno a laPrimera Guerra Mundial, negoció con el Gobierno Alemán a fin de aunar esfuerzos para derrotar con las armas al Imperio Británico. Es un hecho poco conocido que una parte del nacionalismo irlandés creyó que de esa manera lograría la independencia.

La novela está estructurada de forma que, en los capítulos impares, Vargas Llosa describe la vida en la cárcel de este anticolonialista y luchador por la independencia de Irlanda, sus pensamientos, sus recuerdos, las visitas que recibe; y en los capítulos pares podemos leer los viajes que Roger Casement realizó al Congo, primero, en las expediciones del famoso explorador Stanley y luego, como cónsul de Inglaterra, en la Amazonía y otros lugares. La novela nos dice de los informes que, para el gobierno inglés, realizó, demoledores, sobre la actuación colonial del rey de los belgas Leopoldo II que llegó a matar, bajo su batuta, a millones de congoleños; de igual manera llevó a cabo una misión en la Amazonía para denunciar la esclavización de los indígenas para que extrajeran caucho. En ambos informes recoge todo un catálogo de maneras de aterrorizar a los trabajadores y múltiples formas de matarlos cuando no les servían que hielan el alma al más duro. 

(Recordamos, ahora, al hilo de este comentario, de lo que la reacción imperialista acusa a Stalin y, desde luego, ante este monarca y ante estos empresarios del caucho, el lider bolchevique fue una hermanita de la caridad.)

Asi transcurre el relato, hasta dejarnos un cabal retrato del personaje (o esa es la intención del Premio Nobel; que lo consiga, o no, eso solo puede decir lo cada uno de los que lean la novela) hasta sus más escabrosas intimidades como sus relaciones sexuales con otros hombres al ser, como lo era, Roger Casement, homosexual. Contactos carnales que va volcando en un diario; diario aireado en la prensa mientras permanece en prisión y que algunos estimaron, entonces, y aun hoy mismo dudan de su veracidad, llegando a creer que, y están seguros de ello, fueron falsificados por los servicios secretos de su excelsa majestad británica para desprestigiar a un hombre muy popular, al que, años antes, habían premiado nombrándolo sir por los servicios realizados a la corona. Una forma malvada, como otra cualquiera, de preparar a la opinión publica para su ejecución. Como así hicieron, ahorcándolo. No desvelamos ningún arcano secreto de la narración pues cualquiera que abra Internet puede enterarse del  trágico final de este insigne anticolonialista y patriota irlandés.

Todos estos datos el escritor los va novelando, metiéndolos poco a poco, con el ritmo que considera más adecuado. Y con su maestria va logrando un lento transcurrir hacia el fatal desenlace.

Fiel a su ideología, opinamos nosotros, el colonialismo, el imperialismo y su sistema económico capitalista -que según Marx rezuma sangre de los pies a la cabeza- se parapeta, se esconde, se agazapa, teóricamente, tras la codicia humana y detrás de una serie de hombres crueles, sanguinarios, desalmados, quienes, saltándose leyes y éticas, arramblan con todo; empero, al final, el sistema se salva, condenándolos, como le ocurrió al cauchero peruano Arana, que se cuenta en la novela. Creemos que esto es falso, que el sistema es así y no puede ser de otro modo, queleopoldos y aranas los produce este sistema donde el hombrre es lobo del hombre.

Pero, ideologías aparte, está bien escrita y se lee con gusto, no exento de angustias y malestares por esos lobos. Y por esos corderos.



lunes, 3 de enero de 2011

Kenneth M. Stampp: Recordando a Nat Turner (*)


 Nadie que habitara el Sur de los Estados Unidos en el tiempo anterior a la guerra de Secesión podía decir que no conocía a Nat Turner (1). La trayectoria de este hombre marcó profundamente al pueblo sureño blanco, lo mismo que le marcaron la vida de John C. Calhoum (A) o Jefferson Davis (B). Aunque, Turner, es verdad, no era más que un esclavo en el condado Southampton, Virginia; además, una gran parte de su vida permaneció insensible a su condición esclava. Hombre piadoso, predicador baptista por vocación, aparentemente humilde y obediente como se suponía que debía de comportarse un esclavo. No se tiene testimonio alguno de que fuera mal alimentado, ni que se le sobrecargara de trabajo o que fuese tratado con especial crueldad. De modo que, si Nat Turner no podía ser persona de confianza, ¿quién podría serlo? Esto es lo que transformó su comportamiento en aterrador para el mundo esclavista.

Fuera lo que fueses, lo real, lo verdadero, cierto, es que Nat Turner llegó a creer que el destino lo había elegido para liberar a su pueblo de la servidumbre logrando convencer a numerosos esclavos para que lo ayudaran a conseguir esa meta. En un momento determinado observó indicios de lo que había estado esperando; y con el alba, el 12 de agosto de 1831, él y los suyos se alzaron en armas. Lo primero que hizo fue asesinar a la familia que lo tenía esclavizado. En su avance por las haciendas de Southampton se le fueron incorporando otros esclavos hasta conformar una cuadrilla de setenta hombres. (Otros parecían dispuestos a sumarse en cuanto los amotinados pasaran por sus fincas. Así, por ejemplo, el esclavo Jacob declaró 'que si pasaban por donde él estaba se les uniría y los ayudaría a exterminar a todos los blancos'.)

En dos días llegaron a matar, aproximadamente, setenta blancos y es muy posible que sobrepasaran esa cifra. Respetaron sin embargo a una pequeña y humilde familia de raza blanca 'porque no se veían a si mismos superiores a los negros'. Para justificar estas muertes, los miembros de la partida de Turner declararon que estaban hartos de castigos o que su intención era enriquecerse igual que sus amos. Uno de los esclavos rebeldes hizo alarde de su nueva condición poniéndose los calcetines y zapatos de su difunto propietario.

La revuelta dirigida por Nat Turner no duró mas de 48 horas. Rápidamente unidos, en  irresistible milicia, los blancos desperdigaron con facilidad a los levantiscos esclavos; a la derrota siguió una matanza; en ella no solo se asesinó a rebeldes sino a numerosísimos esclavos inocentes. Otros, acusados de 'haberse levantado... con criminal deliberación, resolución y acuerdo... de haber animado a la revuelta y de haber asesinado a personas libres de etnia blanca pertenecientes a esta comunidad', fueron juzgados por un tribunal especial durante los meses de septiembre y de octubre. Algunos fueron ejecutados; otros, trasladados. La mayoría de estos últimos no habían participado en la rebelión: solo habían declarado su simpatía por los rebeldes.

Nat Turner no pudo ser capturado hasta el 30 de octubre, unos dos meses mas tarde del levantamiento. Se le juzgó el 5 de noviembre, fue declarado culpable ese mismo día y ahorcado 6 días después. De esa forma finalizó un acontecimiento que logró en el Sur efectos parecidos a una gran conmoción social general y de la cual, tras tres décadas, no se habían recuperado todavía los blancos. La amenaza de que pudiera resurgir otro Nat Turner, de que pudiera nacer algún día una sublevación con mas envergadura, se convirtió en constante preocupación mientras pervivió la esclavitud. Los escritores partidarios de la sociedad esclavista sostenían, firmemente, que los habitantes del Sur no temían a los esclavos y que era mas fácil advertir señales de una posible rebelión de la clase obrera en el Norte que una revuelta en el Sur; no obstante, el miedo a que se produjera, vago unas veces, preciso otras, los acompañó hasta el fin de su 'peculiar institución' (2).

__________
(De la obra de Kenneth M. Stampp titulada 'The Peculiar Institution', 1956)
(*) Tïtulo nuestro
(A) http://es.wikipedia.org/wiki/John_C._Calhoun
(B) http://es.wikipedia.org/wiki/Jefferson_Davis
(1) para mas información leer en: http://es.wikipedia.org/wiki/Nat_Turner
(2) La esclavitud

jueves, 11 de noviembre de 2010

Amor peligroso: compromiso y responsabilidad


La verdad es que hallar algo que sobreviva con dignidad en medio de una sociedad podrida es ciertamente difícil. Difícil pero no imposible. Aun con toda la podredumbre rodeando a los seres siempre hay algo que puede salvarlos: la esperanza o la inocencia. Y de esto trata Ben Okri en su novela ‘Amor peligroso’ que publicó en España Ediciones del Cobre allá por 1998 y que acabamos de releer.

Ben Okri nació en Minna el 15 de marzo de 1959. Ben Okri es un reconocido poeta y escritor nigeriano que ha desarrollado su carrera literaria en lengua inglesa. Okri pasó sus primeros años de vida en Inglaterra para luego pasar su infancia en Nigeria. Poco después de 1976 volvió a Europa para completar sus estudios universitarios. Flowers and Shadows (1980) fue su primera novela. Al igual que en toda su producción, se puede apreciar en ella un fuerte compromiso con la situación   política de su país y de toda África. Ha ganado varios premios incluyendo el Booker en 1991 por El camino hambriento, el Commonwealth Writers Price, el Paris Review Aga Khan Prize for Fiction, el Chianti Rufino Antico Fattore International Literary Prize y el Grinzane Cavour Prize. Okri está considerado como uno de los mejores narradores africanos de la actualidad. Su estilo, entre lo maravilloso y real, está influido por el realismo mágico sudamericano, pero sin  pertenecer por completo a       dicho estilo. El mago de las estrellas (2007) es su última novela publicada hasta el momento.

Amor peligroso trata de Omovo, un joven de un gueto de Lagos, capital de Nigeria, que trabaja en una oficina de otro barrio de la capital. Y que no le gusta mucho la verdad. A él lo que en realidad le apasiona es la pintura. Desde que llega del trabajo a su calle, en el gueto, prende su pensamiento del lienzo y pinta. Pero para ir y venir del trabajo, todos los días, tiene que salvar obstáculos que, vistos desde las sociedades desarrolladas de occidente, son casi un acto sobrehumano: autobuses atestados a los que hay que subir dando codazos, sufriendo empujones, escupitajos, sudores, apretujamientos… eso… cuando se consigue subir al vehículo, que no siempre se corona esa hazaña; otras veces hay que esperar al próximo bus, con el retraso que supone la espera y arribar tarde a la empresa, lo que lleva aparejado la bronca de los jefes o los comentarios maliciosos de los compañeros de oficina.

No obstante, todos los acontecimientos del vivir cotidiano le proporcionan motivos para plasmarlos en los cuadros. Lo que le paraliza muy a menudo frente al caballete son las dudas del por qué de las cosas: de la miseria del gueto, de las gentes del barrio, de la familia, de la ciudad, de la empresa… en fin, de su país: de Nigeria, su historia, sus tradiciones, sus religiones, sus lenguas, sus guerras tribales… por lo que el resultado final del cuadro es ajeno a lo que en principio quería plasmar.

Esa lucha interior por comprender lo convierte en una isla en medio de un mar nauseabundo, putrefacto, sin que sea consciente de su singularidad; pero si siente un cierto desasosiego. Solo se halla a gusto cuando se reúne clandestinamente con su amada Ifeyiwa. Clandestinidad necesaria al estar ella casada. Ambos son islas en medio de la miseria, la vulgaridad, la violencia, la grosería, el machismo, las ratas, las basuras, las arañas, los lagartos, los chinches, el polvo… todo lo feo y asqueroso que existe en el mundo. Por eso se pierden, en cada cita, por un dédalo de callejuelas huyendo de su calle, del gueto, con la ilusión de poder hablar y amarse en libertad, ajenos a cuchicheos y miradas maliciosas.

El relato se va desenvolviendo en este ambiente, hasta que la brutalidad del marido de Ifeyiwa obliga a esta a abandonar la casa familiar dirigiéndose hasta la aldea de sus padres y, cerca de ella se baja del autobús, en contra de las recomendaciones de las mujeres que van en el vehículo, que le advierten del peligro de andar a pie, de noche, cuando hay bandas de gente armada; a  poco de andar caminando hacia su aldea, cuando ya los olores de la infancia se le metían dentro de ella y la alegría volvía a enseñorearse de todo su ser, la matan.

Casi en paralelo él es despedido de la empresa y se va del barrio a una ciudad cerca del mar a meditar, a salir de sus dudas; retornando al barrio casi como un hombre nuevo, revestido y envestido de responsabilidad y compromiso.

La narración se desenvuelve la mayor parte del tiempo en el barrio, alguna jornada en la empresa, con escapadas a una exposición de pintura, a la casa de algún amigo, al taller de un pintor, a una ceremonia de una sociedad secreta; ocupando una parte importante del libro a la amada del personaje y al marido de esta. Dicha estructura le permite al autor mostrarnos la vida colectiva del gueto, con sus olores, calores y sudores y su vida insalubre;  la corrupción en las empresas; las inquietudes de los artistas como hombres del pueblo; la opinión de los amigos sobre el pasado, presente y futuro de Nigeria; la psicología de la mujer en Ifeyiwa y el machismo y brutalidad con el marido.

Dice al final el autor, en una nota aclaratoria: “En 1981 publiqué una novela titulada The Landscapes Within. Dangerous love (Amor peligroso) tiene origen en esa novela… Yo deseaba escribir una novela que celebrara tanto los pequeños detalles de la vida cuando los grandes, tanto los interiores como los exteriores. Quería ser fiel a la vida cotidiana, pero al mismo tiempo contar una historia que mereciera la pena… Pasaron muchos años hasta que recogí la materia prima, de la cual creció esta nueva obra. Amor peligroso es fruto de una gran inquietud. Espero, por lo tanto haber liberado su espíritu”.

No sabemos si a lo que se refiere es a esa defensa del compromiso y la responsabilidad. Porque eso es lo que hemos sacado en limpio. Un compromiso y una responsabilidad de la persona para laborar por un mundo mejor, por una Nigeria sin guerras, ni corrupción, sin miserias y sin desesperanzas. No es un mensaje partidista, sino un compromiso general contra una sociedad heredada del tribalismo y del colonialismo blanco; una sociedad dividida en clases donde unos, los más, tienen poco o nada y los otros, los menos, nadan en la abundancia. Y esa responsabilidad y ese compromiso de Omovo puede ser un Amor peligroso, como el dedicado a Ifeyiwa. Y una esperanza de poder derrotar a la podredumbre.
  

lunes, 27 de septiembre de 2010

Iswe Letu: Estaba él en la casa de Gallarta


1-

Así, en un primer momento, no lo vio. Pero estaba allí. Él. Que en el tiempo de nuestra juventud más joven siempre estuvo presente. Y si no notó su presencia lo atribuyó al olvido. Ese olvido ‘oxidado que todo lo entierra’, como escribiera el poeta chileno. Olvido que lo hiciera reflexionar a fondo y sacar al teatro de su memoria aquel episodio reciente con los objetos, personas y personajes. E incluso con el paisaje. Es decir todo o casi todo lo que rodeó el acontecimiento. Podrá parecer enumeración reiterativa, en ocasiones cansina, pero el que escribe esto cree que es necesaria para la cabal comprensión del relato.
Tiene que reconocer, y lo reconoce, que derivó su pensamiento, y en algo tenía razón, acerca de las razones por las que no había apercibido la presencia del personaje en aquella casa al cansancio de tantas horas de viaje y a la timidez que le invade y paraliza cuando entra en casa ajena. Aunque sea de unos amigos o camaradas como en este caso.
Porque, veamos: había ido con su esposa al norte de las españas con el fin de que el agasajo que se le hacía a un familiar de su mujer, concretamente su hermana, tuviera la resonancia precisa para hacerle olvidar definitivamente la grave enfermedad que había pasado y, de paso, conseguir que el ágape o comida que los concitaba fuera un recordatorio de las varias décadas de matrimonio de ese familiar, felizmente recuperado o resucitado.
Se alojaron en la casa del hermano de su esposa; es decir: su cuñado camarada, porque lo era. O eso creía él.
Cuando entró en esa casa no se apercibió de que, el personaje ya mentado, estaba allí. Y es que pocas cosas guardó su cerebro de ese instante. Pocas. Pero que es imprescindible no dejarlas de lado, por ejemplo: la moqueta, un tanto oscura, con dibujos de color marrón o morado o rojo (en esto no sabría asegurar cual de ellos era); las puertas de entrada al salón cuyos cristales vestían motivos chinos o japoneses (el que pone estas palabras no sabes diferenciar a los unos de los otros); el sofá del salón y la ventana del fondo que parecía querer enseñar a los visitantes el hermoso paisaje o deseaba que el paisaje se adueñara de la casa o tal vez anhelaba incorporarlo a la casa como un cuadro más; paisaje donde destacaba, brillando en la noche, iluminada por las luces de las farolas y otras bombillas,  la espadaña o cresta blanca de una planta que, dicho sea de paso, estaba invadiendo todos los rincones de esa tierra siempre verde; a la izquierda del hall de entrada un taquillón sostenía un reloj dorado, nada pequeño, de formas barrocas, vigilado a ambos lados por un candelabro con velas rojas; reloj que, aunque no quería contar el paso del tiempo y se había parado, daba igual, porque por encima de él un espejo, también testigo o notario del transcurrir de la vida, le devolvió a la realidad de su rostro, cada vez más viejo, luciendo un bigote cubierto ya por las nieves del otoño.

Los dueños de la casa (uno de ellos ya lo hemos presentado) eran: el hermano de su mujer y su compañera, antaño amiga de su mujer.

2-

Los dueños de la casa (uno de ellos ya lo hemos presentado) eran: el hermano de su mujer y su compañera, antaño amiga de su mujer. Una pareja muy compenetrada a pesar de sus discusiones, que las tenían como cualquier matrimonio, que nunca llegaban al río. Pareja que, todo hay que decirlo, siempre lo habían tratado muy bien. El hermano de su mujer era, más que cuñado, un camarada. Tomada la anterior palabra en el exacto sentido político e ideológico que tiene. Y no lo pensaba en vano pues le ayudó a salir en alguna ocasión de cierto aprieto con la dictadura franquista. De carácter fuerte, daba todo lo que tenía y por tanto exigía correspondencia. Su gran corazón no aguantaba las ingratitudes, o lo que él creía que eran, y por tanto no se andaba por las ramas a la hora de cantarle las cuarenta al ingrato. Es más, si no eran tales las deslealtades tardaba tiempo en desechar sus prejuicios tomados por tales deslealtades. Primero tenía que convencerse de su erróneo juicio. Para ello le daba vueltas y revueltas a veces con ironía que se apreciaba en el brillo de sus ojos y en su sonrisa sarcástica. Todo lo cual eran muestras de su moral, de sus principios, adquirida y adquiridos en la lucha obrera. Moral y principios inquebrantables por lo que la amistad no la daba así como así. Y menos ahora que tanto una como el otro, o el hermanamiento, o la camaradería, se consideran cosas banales y valen menos que el pedo de una hiena vieja.

-Pero, ¡qué dices! –le cortaba a veces su compañera- si tu no eres comunista.

-Yo soy machista leninista –respondía él con su irónica sonrisa y destello en los ojos.

Estos cortes u otros los hacía ella para limar asperezas. Porque ella era con su serenidad, con su juicio equilibrado, con su, pudiéramos decir, objetiva dulzura, lo que contrarrestaba la radicalidad de él. Por eso se conjuntaban casi a la perfección. Dicho lo anterior no quiere este narrador que se sobreentienda que quiere presentar a esta mujer como sumisa y obediente. En modo alguno. Sabía defender con perseverancia y rotundidad, si fuera menester, sus puntos de vista sin dar su brazo a torcer fácilmente.


Presentados los anfitriones prosigamos el relato.

Abrumado por las atenciones y por cada cosa que se le ofrecía a sus ojos y paralizado por la timidez innata no se dio cuenta de la presencia del personaje. Es más ni se le había pasado por la imaginación. Con todo y con eso estaba en la casa, allí, cerca de él, aunque lo descubriera más tarde.

A la cocina, situada a la izquierda del hall de entrada, se accedía por una puerta situada unos pasos más allá del taquillón; puerta cuyo cristal mostraba, esta vez, no motivos asiáticos, sino escenas del folclore vasco. Nada raro por otra parte pues la casa estaba y está en Gallarta, pueblo de la provincia de Vizcaya, enclavado en lo que, antaño, fue cuenca minera. Justo enfrente de la puerta otra daba a un balconcillo desde donde se veía el edificio denominado Museo Minero.
Gallarta es la capitalidad del municipio  Abanto y Ciérvana. Desde una perspectiva histórica, tanto Abanto de Yuso como Abanto de Suso formaron parte hasta 1805 de los Cuatro Concejos del Valle de Somorostro dentro de la comarca de Las Encartaciones. Da al Norte con Ciérvana al Noreste con Santurce, al Este con Ortuella, al Sur con Galdames y al Oeste con Musques. Gallarta es un pueblo emblemático en la explotación del mineral de hierro, cuyas vetas ya fueron citadas  por Plinio el escritor romano. No quedan explotaciones abiertas desde 1993, cuando Agruminsa cesó la extracción de mineral. Esta población se trasladó de ubicación debido al avance de las minas sobre su antigua ubicación. En el municipio quedan amplias muestras de su pasado minero. Otros núcleos de población importantes dentro del municipio son Sanfuentes y Las Carreras.
A la derecha del Museo Minero aun se notaba y se nota la acción de la piqueta sobre el terreno.
Hay que decir que allí nació la llamada Pasionaria, es decir Dolores Ibárruri que fue responsable del Partido Comunista de España y también hay que decir que en esa zona minera surgió ese partido fundado entre otros por Facundo Pérezagua.
Cuando llegaron a Gallarta era de noche y había que cenar, por lo que antes de nada pasaron a la cocina.
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3-
Cuando llegaron a Gallarta era de noche y había que cenar, por lo que antes de nada pasaron a la cocina a preparar los alimentos que calmarían su apetito.
La cocina era una cocina alargada, algo estrecha, pero suficiente para la familia que lo habitaba: el matrimonio, un hijo y la madre de la señora de la casa. Daba,  como ya se ha dicho, a una terracilla, a la izquierda de la cual tenía unos armarios y a la derecha una mesa con dos sillas donde se sentaban a descansar contemplando el hermoso paisaje que se ofrecía a la vista. Si bien, al visitante le resultaba incómoda y le desasosegaba debido al vértigo causado por una altura de cinco pisos. Por lo que tras unos minutos de ver el espectáculo de luces a esa hora de la noche que por doquier alumbraban calles y carreteras componiendo figuras que la imaginación creaba se volvió a meter en la cocina. Mientras su cuñado y camarada cortaba filetes de carne para freírlos, la mujer de su cuñado atendía a su madre anciana de muchos años y su esposa ayudaba a su hermano, él se fijo en los detalles de la cocina: azulejos blancos con adornos azules cubrían las paredes. El blanco recogía la luz del sol durante el día distribuyéndola por todos los rincones de la estancia y el azul matizaba la blancura haciéndola si cabe aun más acogedora. Tenía de todo: lavadora, nevera, lavavajillas, armarios para el pan y otros alimentos como cruasanes, galletas, dulces… Amén de fregadero y cocina eléctrica que con la encimera de mármol, material caro pero que apenas sufre deterioro, formaban la línea divisoria entre el abajo y el arriba de esa parte de la cocina. La parte de arriba estaba ocupado por un armario alargado con varios  compartimentos donde se veían  platos, vasos, fuentes diversas. Justo encima de la cocina eléctrica se hallaba la chimenea del extractor de humos. Una mesa y varias sillas donde se sentaron los cuatro componían casxi al completo los objetos de aquella cocina. ¡Ah!, se nos olvidaba anotar el teléfono y una pequeña televisión.
Cenaron cada uno a su gusto y complacencia. Sería redundancia decir que unos más y otros menos. Pero hay que decirlo para resaltar la libertad. Una libertad que queda mermada en algunas casas para que quede subrayada la voluntad de los anfitriones en la hospitalidad por un continuo ofrecimiento de comida empujando al forastero a repetir tal o cual plato por no hacer feo a la familia de acogida. El vino, un buen vino de crianza, caldo de La Rioja Alavesa, fue el compañero cordial que ayudó a disolver carnes, lomos y chorizos en el laboratorio estomacal. Y por fin la fruta, variada, en frutero de cristal, puso color final a la cena. Recogidos cubiertos y vajilla, en la sobremesa se mezcló el orujo dulce, y el champán burbujeante con otras bebidas a las que se añadió reproches que el hermano puso encima de la mesa a la hermana. Reproches considerados por él muy próximos al agravio achacándoselos como pura deslealtad. Y que a ésta (a su hermana) le costó Dios y ayuda desenredar, o como diría Don Quijote ‘desfacer el entuerto’. Un poco ayudado por el camarada cuñado y esposo de la misma (que habló poco) y por su cuñada, antigua amiga, con su sereno y mesurado juicio.
-Pero, tú cómo puedes decirle eso a tu hermana. Estas mal de la chaveta ¿o qué?
Deshecho el enredo, se hizo un repaso del ágape o comida en honor de la hermana salvada felizmente de su grave enfermedad y tras decidir el regalo con que la obsequiarían se retiraron a descansar.
Observó en su camino hacia la cama que en el hall de entrada, a la izquierda, había una fuentecilla de alabastro de la que fluía agua cuando la luz se encendía. Y a la derecha un gran espejo a los pies del mismo una alfombra era el recipiente del calzado de calle. Y, se le había olvidado por completo, arcoirisándolo todo, desde el techo, una lámpara que llaman de araña.
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4-
Observó en su camino hacia la cama que en el hall de entrada, a la izquierda, había una fuentecilla de alabastro de la que fluía agua cuando la luz se encendía. Y a la derecha un gran espejo a los pies del mismo una alfombra era el recipiente del calzado de calle. Y, se le había olvidado por completo, arcoirisándolo todo, desde el techo, una lámpara que llaman de araña.
Llegados a estas alturas del relato, plagado de detalles insignificantes pero imprescindibles para su cohesión, alguien podría preguntar acerca del personaje que, asegura este escribidor, y es verdad, el viajero lo halló en aquella casa. Ese personaje introducido con cierto misterio pero que no tiene, en si, nada de misterioso, ni mágico, sino al contrario es muy humano, incluso demasiado humano, según escribiera un poeta, y muy carnal y claro como la luz del día. Y no, aun no lo descubre. Porque todo aquel o aquella que haya leído este escrito tan pormenorizado en ciertos detalles comprenderá que tras tantas horas de viaje, su timidez enfermiza, la discusión de hermano y hermana, la cena, el orujo, el champán… y los diversos objetos disparando sus formas y colores al cerebro, no estaba predispuesto, él, más que para dormirse.
De modo que durmió. Si. Y soñó. Soñó con que se perdía entre colinas sin llegar a meta prevista porque se extraviaba entre un dédalo de montes y oteros, conocidos para más INRI en los que trabajaban mineros también conocidos que salían cansados de la faena, tiznados de negro carbón, delgados, hambrientos, que se unían a él perdiéndose entre vericuetos mientras sus mujeres e hijos esperaban verles aparecer con la comida en la mano y corrían a abrazarse a ellos sonriendo. Sueño entre placentero y angustioso.
La mañana siguiente, lo vio por la ventana, amaneció con algunas nubes que amenazaban lluvia. Se lavó en el cuarto de baño que, dicho sea al paso de estas letras, tenía todo lujo de detalles: taza, lavabo, bidé, bañera y toallas por todas partes: en la taza, en el lavabo, en el bidé, en la bañera; toallas de todo tipo: toallas valga la redundancia, toallitas, toallones, ¿alguna más? Pues si, pero ignora su nombre. Servicio de aseo de azulejos relucientes, sin el más mínimo atisbo de suciedad.
Volvió a la habitación y se vistió rápido. Tenían que desayunar e irse a otro pueblo donde se juntarían con otros invitados al ágape o comida en honor del ya mencionado familiar.
Mientras se vestía se fijó en la cama donde había dormido. De matrimonio. En medio de lo que llaman armario puente; es decir: dos columnas de armario o laterales, columna unidas por arriba por el altillo a modo de puente. A ambos lados de la cabecera de la cama tenía una mesilla de las que llaman de noche, con una lámpara cuyo pie era angelotes desnudos y rollizos. La habitación, con el suelo todo de moqueta, tenía una gran ventana con un radiador debajo de ella. No era una habitación grande, pero si muy cómoda. De forma cúbica no faltaba de nada, hasta tenía un televisor de plasma, una sillita para colocar la ropa, un mueble de madera con travesaños a modo de perchero y una lámpara de techo de cinco bombillas.
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La habitación, con el suelo todo de moqueta, tenía una gran ventana con un radiador debajo de ella. No era una habitación grande, pero si muy cómoda. De forma cúbica no faltaba de nada, hasta tenía un televisor de plasma, una sillita para colocar la ropa, un mueble de madera con travesaños a modo de perchero y una lámpara de techo de cinco bombillas.
Miró por la ventana. Enfrente, en el paisaje, el Museo Minero. Reminiscencia de tiempo pasado. Pasado pero aun presente en la memoria colectiva. Todos, quien más quien menos, habían sido mineros, hijos de mineros o vivieron de los mineros. Sintieron sus estrecheces, se unieron en sus luchas, confraternizaron con sus anhelos. Anhelos obreros, luchas obreras, estrecheces obreras. El concepto de clase obrera, la conciencia de clase había estado muy arraigada.
Un ejemplo aclarará lo que es eso: una vez, hace veinte años, se convocó una huelga general en la construcción; en la mañana de un día cualquiera estaban sentados en los escalones algunos obreros, descansando, mientras miraban el paisaje; en esto una mujer grita desde una ventana:
-¡Serán esquiroles! ¿Los veis? Hay huelga y están trabajando. ¡Hijos de puta!
Inmediatamente se levantaron de sus escalones y corriéndose la voz se formó una manifestación espontánea en dirección al lugar donde estaban trabajando unos albañiles. Desde lejos vieron venir la manifestación y huyeron de la obra los esquiroles.
Los que participaron en esta acción, hombres y mujeres, no tenían ningún vínculo con la huelga, los movió la conciencia de clase que resume el dicho ‘hoy por ti mañana por mi’. A 50 o 100 kilómetros de allí, en Azcoitia, municipio de la provincia de Guipuzcoa, donde también estaba convocada la huelga, en unas obras se trabajaba y en otras no; nadie se preocupó; los esquiroles siguieron currando sin que por eso las gentes de ese lugar se escandalizaran.
Esa conciencia de clase, como se ve, no está por igual en todas partes. Y puede que incluso aquí se esté diluyendo. El que esto les cuenta fue testigo, hace unos años, en un bar de Gallarta, viendo jugar una partida de cartas, de un diálogo en el que uno de los jugadores, ya mayor de edad, jubilado quizás, mostraba esa conciencia de clase  obrera, frente a un joven que ponía en primer lugar su conciencia de nación.
Ambos eran obreros. Pero uno, de mayor edad, declaraba no tener nación ni patria; y el otro, el joven, decía ser vasco, amar lo vasco, y tener una patria o nación, Euskadi, para él lo más querido. Y muy probablemente el de mayor edad hubiera venido a este pueblo a trabajar emigrando de su lugar de nacimiento; y el otro, joven, sería hijo de emigrantes.
El uno, el viejo, viviría la miseria en su tierra natal, allende los miles de kilómetros; y así mismo aquí el duro trabajo de la mina. Si en su pueblo estaba el terrateniente, el cacique, el amo de las tierras, aquí, en la cuenca minera, se halló con la empresa minera, con el socio capitalista, al que nunca conoció, pero si al listero, al capataz, al ingeniero jefe de la mina que lo siguió explotando; el otro, el joven, en cambio, se fue haciendo hombre en una sociedad cuya explotación tenía otras formas menos ácidas; y cuando su padre, en el verano, lo llevaba de vacaciones a su pueblo natal contemplaba el atraso del lugar, los menosprecios de los riquillos del pueblo y cuando de vuelta a Gallarta, a su casa, como esta en la que había dormido, en la que estaban invitados, comparaba ambas situaciones y en su fuero interno gritaría, primero ¡Gora Euskadi! Y luego ¡Gora Euskadi Askatuta!
Habría un conflicto entre padre e hijo: el padre hacía tabla rasa de diferencias: todos somos obreros, todos somos explotados, los obreros no tenemos patria. El hijo ponía énfasis en las diferencias colocándolas en el pentagrama de su pensamiento: no todo es lo mismo, hay diferencias, mi patria es Euskadi ¡Gora Euskadi Askatuta!
Quizás ese que el invitado no había visto aun en aquella casa estuviera más de acuerdo con el punto de vista del anciano que con el del joven. Incluso si el joven lo conociera, que no es seguro, se daría cuenta, a poco de indagar en el pensamiento del personaje, que ese grito no era propio de un proletario u obrero; sino de propietario autóctono o enriquecido allí. Pero eso… es otra cuestión que ha dado a la literatura revolucionaria marxista – leninista muchos textos desde que Stalin escribiera ‘El marxismo y la cuestión nacional’.
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Pero eso… es otra cuestión que ha dado a la literatura revolucionaria marxista – leninista muchos textos desde que Stalin escribiera ‘El marxismo y la cuestión nacional’.
En Artxanda, municipio y monte cercano a Bilbao, hay un restaurante llamado Simón. Hacia el se dirigieron todos para celebrar el ágape o comida en homenaje a ese familiar que se había salvado de una muerte cierta. Ese familiar era, y es, hermana de su mujer; por tanto era, y es, hermana de su camarada cuñado. El restaurante fue el lugar elegido para la celebración de la ceremonia culinaria y sentimental. Enclavado entre pinos y otras arboledas. Restaurante casi mirador desde donde se divisaba Sondica, su aeropuerto y otras poblaciones del entorno de la capital vizcaina.
Entre el arbolado numerosos merenderos ocupados por familias enteras. Niños jugaban en el césped. A la entrada del tal Simón una terraza llena de mesas, también ocupadas, bullía de gente comiendo o esperando para comer. Salían del restaurante hombres y mujeres con bandejas humeantes con morcillas, chuletas de carne o pescados llevando su deleite al estómago camino de las napias que recibían el regalo con anticipación trasmitiendo al cerebro la orden de segregar jugos. Era prácticamente un autoservicio.
Pero ellos no necesitaban servirse. Ya lo harían camareros y camareras por ellos. No en balde habían reservado mesa para de cerca de veinte personas.
Efectivamente, en la primera planta del local estaba colocada ya la mesa. Les sirvieron espléndidamente con cambios de vajillas y cubiertos por cada plato servido: hongos, ventresca de bonito, ensalada, carne asada servida en pequeños asadores, bacalao… todo ello regado por buen vino o cerveza y postres diversos. Terminando el ágape con café, copa y el que quiso puro.
No cabe duda de que el personaje ‘desconocido aun’ por los lectores y que él aun no había descubierto flotaba en espíritu sobre aquellos comensales. Todos de la cuenca minera. Descendientes de mineros. Pero ninguno minero. A saber: informáticos, delineantes, metalúrgicos, amas de casa, licenciados de telecomunicaciones, maestros de niños y dos niños. Todos de procedencia obrera. ¿Con conciencia de clase?...
Cuando apareció el ramo de rosas blancas, si rosas blancas no rojas, para la agasajada portado por los dos niños se le llenaron de lágrimas los ojos de la homenajeada y de otros muchos presentes. Momento este que fue inmortalizado por las numerosas cámaras fotográficas y móviles. Brillaron los flaxes. El grupo se movió. Quien más quien menos quiso llevarse un recuerdo de ese familiar. Luego las fotos fueron con la mujer de uno, con los niños, con la novia, con el padre, con el cuñado, con el primo… Fotos para el álbum o panteón familiar, como alguien denominó la colección de fotografías.
De vuelta a Gallarta aun pasaron por otro pueblo de esa cuenca minera para tomar la espuela; es decir: las últimas libaciones de licores, los postreras copas. Los cuatro coches que llevaron al ágape o comida, los cuatro coches regresaron sanos y salvos. Si solo fueron cuatro coches se debió a que no todos conocían la ruta hacia el restaurante. Y no por ahorrar gasolina. No. Lo decimos porque que habría seis familias y alguna de ellas tenía más de un automóvil. Y tampoco fue la crisis la que restringió el número de coches.
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Y de regreso a la casa de Gallarta. Mañana volverían a su casa. Otra vez de viaje. Ahora a descansar del ágape. En esta Gallarta. Zona minera. Antaño. Lugar de nacimiento de Dolores Ibárruri, más conocida por La Pasionaria. Personaje cuasi mitológico de la lucha obrera y del comunismo y de la Historia de España. Antaño. Miembro que fue, destacado, del Partido Comunista. Gallarta, en la cuenca minera. Donde, antaño, naciera, como ya se ha dicho, el mentado Partido Comunista de España.
La señora de la casa, antigua amiga de su mujer, fue a atender a su anciana madre de la que ya hemos hablado. Férrea mujer cercana a los 100 años. Que había mantenido ella sola a su numerosa prole. Mujer de temple, hembra combativa, ya a las puertas de la muerte.
A diferencia del otro día, esta vez se sentaron en el salón a ver la televisión en un aparato grande, de plasma. Si bien, antes vieron en el ordenador las fotos sacadas en la comida o ágape.
El salón tenía a la parte izquierda un armario que ocupaba casi toda la pared. De madera. Color marrón. Las baldas tenían algunos libros aunque la mayor parte estaban ocupadas por figurillas alargadas y estilizadas adquiridas por la pareja en tierras exóticas donde habían pasado las vacaciones: Rusia, México, Francia, Cuba, República Dominicana, Portugal… El armario guardaba en sus cajones abundante ropa: sábanas, mantas, toallas, edredones… y en vitrinas, tras los cristales, relucían botellas, vasos, copas, platos… El salón tenía, además de piso de moqueta como la mayor parte de la casa, un tresillo y dos sillones, amplios, mullidos, acogedores; las paredes adornadas con cuadros de muy variada factura, así como otro sofá de dos cuerpos, una lámpara de suelo con amplio cílindro de pantalla de color blanco; en el techo una gran lámpara y para los pocos días de frío invernal dos radiadores. Salón iluminado de día por un amplio ventanal que daba a un paisaje siempre verde donde destacaba, enfrente, el Museo Minero, recordando un tiempo pasado que, quizás, poco a poco se olvidará. Y por doquier la cresta blanca de una planta exótica que va cubriendo todos los rincones: ocupando barrancos, invadiendo terraplenes, enseñoreándose de cunetas, adornando pinares… Y que dicen que produce alergías y otras enfermedades. Pero hace bonito y resalta a la luz del día.
Como tenían los invitados que irse al día siguiente se levantaron de sus asientos para acostarse.
Y fue entonces cuando lo descubrió. Cuando se dio cuenta de su presencia. De la presencia del personaje. Lo vio. Estaba allí. De perfil. Mirando hacia la ventana. Su rostro anguloso, decidido. ¿Qué miraba?... ¿El museo?... ¿La crisis? Quizás. Porque, efectivamente, dicen que hay una crisis. Y, habiéndola, el dirigir, por tanto, su vista hacia fuera, al exterior, a la calle sería de lo más lógico. Estaba convocada una huelga general para el día 29 de septiembre. Quedaba poco tiempo. De modo que, si las masas se levantaban en rebeldía, la calle sería un reflejo del descontento. Los gritos de los manifestantes subirían hasta el 5º piso y pudiera ser que recuperara, como en el día del Juicio Final, su cuerpo y alma originales. Cosas extrañas se ven a diario. Porque estaba allí. Lenin. En una foto o dibujo. De perfil. En un marco de 4x4. Mirando hacia la ventana. Allí estaba. Encima de la cabecera de la cama. Junto a otros objetos. Pocos. Se fijó en una matrioska antes de acostarse. Traída quizás, tal vez, a lo mejor, quién sabe…