jueves, 2 de abril de 2009

Camilo Castello Branco: La tristeza singular de las ruinas (*)

La tristeza de las ruinas es una tristeza singular, a la cual no todas las almas son sensibles. He podido observarlo en innumerables veces en el rostro de las personas que han ido conmigo a visitar un palacio derruido, los porches de un convento o los restos de los muros de un castillo.

En el convento de franciscanos que hay cerca de Viana, reliquia santa bajo cuyas bóvedas se cree oír todavía el bisbiseo de la oración de los frailes contemplativos, estaba yo una tarde de verano con un amigo que mucho había escrito sobre la poesía de la cruz. Subimos a un collado desde donde se divisaban extensas y fértiles tierras. La frente de mi amigo me parecía iluminada por la sagrada luz de la inspiración. Esperé, con reverente silencio, la estrofa inspirada por la soledad y esmaltada con los matices del propicio lugar, que amanaba de sí la suficiente poesía para el genio que la supiese leer. Entreabrió el poeta los labios, como la flor matutina el cáliz al primer beso del sol, y dijo:

-Si fuese mío todo lo que desde aquí se divisa, viajaría en barco propio, me comparía un palacio en Milán, otro en París, otro en Londrés, sobrepasaría el lujo oriental que Byron inventó para su Sardanápalo.

Nada respondí; triste estaba pero más triste quedé.

En otra ocasión, fui con otro amigo al castillo de Palmela. Descendí a las mazmorras, en las que no sería difícil, con una azada, sacar a la flor de la tierra los huesos de los que allí murieron hace cien años, emparedados por orden del conde de Oleiras. Rechacé con el pensamiente este episodio sangriento de la Historia y traté de recordar las glorias de los primeros siglos de aquel baluarte de nuestra independencia de Castilla y de la morisma. Estaba absorto en estas meditaciones, cuando mi amigo, cabizbajo, en el ángulo de un bastión murmuró:

-Hicimos una buena tontería no trayéndonos de Setúbal un trozo de carne asada y dos garrafas de Cartaxo, que es buen vino, y habría de sabernos aquí como el néctar de los dioses.

Ahora bien: este poeta era muy amante de las ruinas, pero cuando las poetizaba desde su despacho, en artículos a un tiempo nostágicos por lo que fuimos e inexorable en su fulminación de los gobiernos bárbaros que dejaron al furor iconoclasta demoler los vetustos monumentos de nuestra pasada grandeza.

Otro caso:

En los arrabales de Lisboa hay un extenso jardín abandonado, junto a una casa con impactos de balas y grandes grietas, desde el sitio de 1833. Por entre las hierbas y arbustos silvestres irrumpen algunas plantitas de rarísimas flores que se obstinan en florecer cada nueva estación, como si todavía no hubiesen perdido la esperanza de volver a ser cuidadas por la mano delicada que, con el corazón también en flor, las cuidó y mimó. ¿Quién se acuerda todavía de la hermosa jardinera que descendía con el sol a su jardín a buscar los más gentiles adornos para su cabello? La hermosa se fue, y la rosa florece todavía al pie del mirto, a la sombra de las anémonas, rodeada de las amapolas, que son adorno efímero de los sepulcros. ¡Cuán triste me abismaba en estos pensamientos! Mi amigo, autor de idilios que hacen amar la botánica y adorar las flores, pronunció entonces estas palabras:

-Este jardín, aquí a las puertas de Lisboa, si el dueño lo plantase de coles, lombardas y habichuelas, podría rendir unas veinte libras anuales.

Y a continuación me preguntó si iríamos a comer a Mata o a la Taberna Inglesa.

Por estos y otros casos análogos es por lo que digo que la tristeza de las ruinas es una tristeza singular, la cual no todas las almas perciben.

___________
(*) El título es nuestro
(1) De 'La novela de un hombre rico' -Introducción-; pags: 36, 37, 38, 39; cap. II; traducción de Inocencia y Mercedes R. Mellado; colección: Crisol, nº. 392; Aguilar, S. A. de Ediciones, 1955)

lunes, 23 de marzo de 2009

Siete idiomas para Omar Khayyam

Siete idiomas para Omar Khayyam

Persa:
Anha kizi pis refteend ey sâki!
Der hák-i gurû hufteend ey sâki!
Rev bâde hur-u hakitat ezme bisinev.
Bâdest her ânçi güfteend ey sâki!
*
Turco:
(Ey sâkî! Bizden önce ölenler gurur topraginda yatiyorlar git sarab iç ve gerçegi benden dinle: Ne söylenmisse hepisi bos ve hava sözdür.)

*
Inglés:
Why, all the Saints and Sages who discuss'd
Of the Two Worlds so learnedly, are thrust
Like foolish Prophets forth; their Words to Scorr
Are scatter'd, and their Mouths are stops with Dust.
*
Alemán:
Nach beiden Welten forschte der Asket
und sprach gelehrt und fromm wie ein Prophet,
Wo ist er jetzt? Sein Mund mit Staub verstopft,
sein Wort vergessen und im Wind verweht.

*
Francés:
Oû sont tous les Saints et les Sages qui disputèrent
si savamment de ce Monde et de l'Autre? Ils ont passé
comme de vains Prophètes; leurs Paroles sont dispersées
au vent des Railleries, et la Poussière clôt leur bouche.
*
Español:
Amigo mío: no forjes proyecto alguno para el mañana
¿Sabes acaso si podrás concluir la frase que empezaste?
Mañana quizás estemos tan lejos de esta caravana
como los que se fueron hace siete mil años.

*
Italiano:
Amico, perché tanta cura hai tu del futuro
E con inutil pensare t'affanni anima e cuoie?
Vivi felice e il mondo trascorri in letizia
Le briglie del mondo, la prima, non a te posero in mano.

sábado, 14 de marzo de 2009

'Fuentespreadas, hontana', de Martín de Mena

Fuentespreadas

Por Manuel Martín de Mena

Fuente; tu luz se ilumina,
espejo y luna tallada,
agua pura y cristalina
que brota de la calzada.

El sol reseca tu piel,
la luna besa tus manos,
tu has mitigado la sed
a españoles y romanos.

Se murieron tus viñedos,
pero no murió tu historia,
porque tienes de tus deudos
la riqueza meritoria.

Tumbas de piedra talladas
yacen valientes guerreros,
espuelas que han sido halladas
en caminos y senderos.

Sarcófagos y molinos,
brazaletes y alfileres,
contemplan vuestros vecinos
el valor de estos enseres.

La luz destella otro foco
rebosante de cultura,
escudos de arte barroco
con elegante escultura.

Camino Santa Colomba,
las huetes(*sic) quedan los restos;
no tiene la iglesia tumba
para descansar los muertos.

Desgarran fustes romanos,
los frisos son desplomados,
se desmoronan las piedras,
con el paso de los años.

Amar la vida es precioso
aun gastados los peldaños,
el ser joven es hermoso
aunque tengas muchos años.

Ni la espada de tu mando,
ni las espuelas doradas,
la bravura del soldado
no conquistó Fuentespreadas.


Del libro 'Extrañas profundidades'
El Perdigón, 28 de Diciembre de 1991

__________

(1) El título es nuestro

(*sic) ¿Huestes?

jueves, 26 de febrero de 2009

Recordando a Concha Tristán que acaba de morir

(In memoriam de Concha Tristán, militante del FRAP, última mujer condenada a muerte por el franquismo que acaba de fallecer)

(tomado de: http://senocri.blogcindario.com/ ) que tenía por título: 'A. Z. García Amigo: ¡27 de Septiembre, Justicia Popular!'

Érase una vez una golondrina muy muy joven que vivía feliz con sus padres, jugaba con sus amigas y ya comenzaba a trabajar llevando barro en el pico para construir su nido. A pesar de su juventud había realizado aventuras, a veces peligrosas, que mostraban a las claras su generosidad y su arrojo. Era dichosa.
Pero por azares del Destino que unos veces es bienhechor y otros maligno se quedaron prendidas sus patas, a la vera del arroyo, de un barro arcilloso. Por mas que hizo para desprenderse de él no lo logró. A cada movimiento se hundía más y más en el barro. Hasta que ya muy cansada se abandonó a su suerte y el barro la tragó.
Al poco acudió al arroyo un alfarero a coger arcilla para su trabajo porque se le habían agotado las subsistencias. Metió una buena cantidad en un zurrón y regresó a su taller.
Como habréis adivinado dentro del barro latía aun la galondrina de nuestra historia sin que el alfarero lo supiera.
Allá, en el nido de la golondrina, sus padres, como no regresara a tiempo, comunicaron su inquietud a los vecinos. Quienes ayudaron a buscarla por todas las partes. Infructuosamente. Y pensando que habría muerto se hundieron en la tristeza y la lloraron amargamente.
Mientras tanto, el alfarero puso parte del barro en el torno y comenzó a modelar un jarrón. Metió los dedos en la masa para hacerle el hueco a la vasija, viéndose sorprendido con un bulto que iba saliendo en la panza de la vasija. Y ya iba a quitárselo cuando le llamó su mujer.
Contempló un instante su obra y la dio por bien hecha. Al fin y al cabo el abultamiento tenía forma de pájaro.

-¿Quién va a pensar que es un pedrusco?, pensó para si.

De modo que, como la mujer arreciara en sus gritos, cogió con rapidez la pieza y la puso junto a las otras para que se secara al sol.
Y se fue.
La golondrina, porque el bulto como ya hemos dicho era ella, al sentir los rayos del sol y viéndose casi libre comenzó a moverse intentando apartar de si la suave y débil capa de arcilla que la cubría. Cuanto más esfuerzos realizaba más forma de golondrina adquiría. Luego, podría volar y volar para reencontrarse con sus padres y amigas que echaba mucho de menos.
Para su desgracia no solo se movía ella, también lo hacía el sol, señor de los cielos. Era verano y alcanzaban de lleno sus rayos ardientes a las vasijas del alfarero. En poco tiempo la fina capa que rodeaba a la avecilla se fue endureciendo, con lo que que la golondrina viose abocada a permanecer en el jarrón.
Mucho lloró. Tanto, que la arcilla que cubrian sus párpados se deslizó en forma de gota dejando libres sus ojos. Volvió a ver la luz y con ella a sus amigas que volaban, incesantes, por el cielo preguntándose dónde estaría su amiga: aun tenían la esperanza de volver a verla.
Sintió alegría y pena; alegría de dejar un mundo oscuro y pena por el encierro en la que se veía presa. Una cárcel arcillosa.
Esto pensaba la golondrina cuando el artesano regresó a su faena, triste y compungido por las deudas en las que estaba encarcelado y que le tenían el corazón en vilo.
Continuó su trabajo sin el más mínimo aliciente. Las ideas volaban por los más negros espacios augurales. ¡Qué sería de su familia!
Pintaba sus vasijas sin ganas, mecánicamente.
Mustio y mohino se hallaba al coger del suelo el jarrón que, como se ha dicho más arriba, dejó cuando su mujer le llamara para lamentarse de que su bolsa se hallaba vacía de monedas y preguntarle, de muy malos modos, de dónde sacaría dinero para subsistir. No supo qué contestarle. Pero ahora, al ver la vasija, se le iluminó el rostro. El vientre del jarrón tenía una protuberancia de pájaro perfecta. Paseó sus manos por el bajorrelieve pareciéndole que la forma estaba viva. Hasta creyó ver como se movían sus ojos. Se dio una palmada en la frente como para ahuyentar sueños.

-¡Que tonto soy! Cómo se van a mover los puntos negros de algún pedrusco...

Hay que decir, para que se entienda bien el relato, que el hombre era un artesano que tenía una gran sensibilidad y comprendió que se hallaba ante una forma de exquisita factura. Necesitaba, eso si, darle una capa de pintura para que ese bulto adquiriera el color de una golondrina viva, tal que llorara desesperada por desprenderse del resto del jarrón.
Había creado una obra de arte. Única y valiosa. Y fue consciente de ello.
Los miércoles, en aquella localidad donde vivía nuestro hombre, había mercado y como todos los miércoles acudió con sus piezas de barro a su puesto. Colocó sus piezas, saludó a los verduleros y verduleras, a los pajareros, a los vendedores de pescado, a los meloneros... Luego se puso a vocear sus mercancias. Voces que se confundían con las de otros artesanos y comerciantes. Una alegre algarabia se adueñó del mercado semanal. Funcionarios, campesinos, estudiantes, amas de casa... iban acercándose hasta los distintos chiringuitos.
Él esperó a que las gentes se fijaran en sus creaciones.
Un niño que paseaba cogido de la mano de su madre exclamó:

-¡Mamá! Mira ese jarrón tiene una golondrina posada en su barriga.

Y fue como, si de repente, descubriera algo que todos habían percibido pero que no se habían atrevido a decir en voz alta no fuera a ser que los trataran de locos.
Efectivamente, los viandantes se admiraron de este logro artístico, lo elogiaron, felicitaron al artesano y pujaron por comprársela. La vendió a un buen precio.
Antes de que se la llevara una señora la besó en el lugar donde estaba la golondrina que sintió su beso y se emocionó.
Ya no tendría problemas económicos. Podría pagar todas las deudas, porque, además, había vendido la totalidad de sus piezas.
Marchó alegre el alfarero. Y contenta así mismo se fue la golondrina con la compradora por haber conseguido la felicidad de aquel hombre.
La mujer que compró el jarrón lo puso en la repisa de la chimenea del salón. Desde allí veía el avecilla un mundo extraño y limitado: sofás y sillones donde se sentaban la mujer, su marido y tres hijos; y donde dormitaban a menudo dos gatos, uno negro y otro blanco. En mesillas y aparadores había macetas con plantas de nombres que nunca había oido: spatillyum, calas, palmeras... Otras plantas de raros nombres estaban colgadas del techo.
Lo que mas le gustó fue un pajarillo. Estaba, como ella, encarcelado en una jaula. Aunque la diferencia era notable, porque él podía utilizar sus alas y ella no. Algunas veces, al ver al pajarillo volar de travesaño en travesaño se sublevaba erizándosele las plumas que, enseguida, se encontraban con la dureza de la arcilla y le dolían. Intentaba romperla. Su esfuerzo sin embargo era vano.
Al esposo de la señora le pasaba algo parecido con sus brazos. Su movilidad era limitada. Pero en la desgracia hay diferencias de mucha naturaleza: la parálisis de ella era casi total; la del hombre era parcial; y la del pájaro era relativa, solo relativa; su cárcel era de arcilla; el molde del señor era de carne; y el del pájarito era casi invisible, etérea.
Cuando se comparaba con el hombre que estaba ahí, sentado en el sillón, volvía a rebelarse contra su infortunio, porque sus piernas se movían y podía ir de un lado a otro. Ella en cambio...
Eran momentos de rabia y de impotencia para el ave emigrante. Y si no fueran amortiguados por el trato amable, casi amoroso, que recibía el jarrón golondrinero siempre acariciándolo, o besándolo, o aseándolo... no sabe qué habría hecho.
Lo peor fue cuando colocaron un ramo de flores, al recordar de pronto, dolorosamente que, ella, había sobrevolado campos cuajados de esas mismas flores. Fue un ramalazo de nostagia que recorriera su ser. Y volvía a encender su rebeldía contra la injusta situación en la que se encontraba. Luego, se iba aquietando. Por otra parte, no podía acusar a nadie de su estado.

-¡Maldito Destino!, exclamaba.

Y se ponía a soñar que volaba.
Tantas y tantas veces pusieron flores en el jarrón que, paulatinamente, lo fue tomando como un regalo natural para ella.
Las flores le traían aire fresco y noticias del mundo exterior. En cierta ocasión, recordaba, una de las flores se curvó cayendo cerca de sus ojos. Era un clavel rojo de aroma profundo y muy agradable. Sintió deseos de charlar con él porque, antaño, aprendió el lenguaje de las flores:

-Hola Clavel, ¡qué olor tan penetrante tienes!


-¿Me conoces?


-Claro, yo antes volaba por encima de los campos donde había muchas flores.

-¿Antes?... Y ahora, ¿por qué no lo haces?


-Es que estoy encerrada en este jarrón.


-No te entiendo... Lo que si sé es que estás como yo: me han metido a la fuerza en este recipiente. Y menos mal que el agua que tiene en el fondo alivia el dolor, porque cuando me cortaron con las tijeras sentí un dolor horrible y comencé a sangrar. Ahora ya me duele menos.

-¿No lo entiendes?... En fin, sería muy largo de contar... Cada uno tiene su cruz... Oye...


-Dime.


-A mi el color de tus pétalos me recordó la sangre de una amiga que se sacrificó por una causa noble.

-No serás tú una de las 5 del 75...


-No. Que yo sepa. No conozco esa historia. Soy, eso si, una de las 100.


-¿Si? ¿De la bandada que encabezó la hija de aquella que se sacrificó por los hombre y que se cuenta en El Príncipe Feliz?

-Una de ellas. ¿Has oído la aventura?


-Algo se contaba por los campos de claveles. Pero me gustaría oirlo con tus propias palabras. Tú, que fuiste protagonista.


-Vale. Te la contaré con la condición de que no me interrumpas. Si lo haces se me corta el hilo y me pongo a llorar.


-De acuerdo.

-Verás: habíamos venido de África aquella primavera. Mi familia y yo hicimos un nido debajo del alero del tejado y un niño de pocos años me dio un día, que me posé en el alfeizar de la ventana de la habitación donde dormía, unas migas de pan. Lo agradecí porque, por aquel entonces, no abundaba la comida en los campos. A partir de ese momento acudi todos los días y siempre siempre tenía algunas migajas para darme. Y si no se encontraba allí dejaba un platillo con miguitas de pan. Llegué a ser amiga de él. Creo que nos queriamos mucho.

Por la mañana me levantaba temprano, volaba hasta los cables de la luz que había a la salida del pueblo. Allí se iban posando mis amigas y, cuando la aurora asomaba sus rayos, levantábamos el vuelo hacia los campos.
En una de esas travesías volanderas estaba cuando descubrimos asustadas un águila. Temblamos y en un quiebro veloz, en un arabesco de sombra, nos ocultamos entre las yerbas de un prado. Así estuvimos un tiempo hasta que la hija de la golondrina del cuento quien, como ya sabes, estaba con nosotros porque no quiso ir a Inglaterra y se vino a España, levantó el vuelo. Aun continuaba la rapaz en el cielo. No obstante seguimos volando sin perder de vista a la carnicera. Volabamos siguiendo los movimientos ondulantes del viento sobre los cereales y las hierbas: subíamos y bajábamos. Eran dignas de verse nuestras filigranas de baile en busca de insectos. ¡Ah! Viviamos...
En uno de los vuelos percibí que por un camino venía andando un niño. Enseguida conocí que era mi amigo. Se dirigía, sin duda, hacia el patatal que sus padres estaban regando. Me inquieté. Si lo descubría el águila, pobre de él. Porque era mala. Muy mala. Y tenía hambre. Mucha hambre. Y, claro, lo descubrió, ¡menuda vista que tiene la pájara! Colocose encima de él volando lentamente, como si planeara. Se lo comuniqué a Golondrina Fiel (llamaré así a la golondrina de la que ya te he hablado) Nos dijo que nos reuniéramos volando en torno a ella que nos hablaría. Pero que, como era peligroso lo que nos iba a proponer, solo lo hicieran las voluntarias. Las demás podían proseguir su vuelo. Algunas se fueron. Pocas. Nos quedamos 100. Por eso nos conocen como la bandada de las cien. Afirmó que la única manera de salvar al niño era distraer al aguila atrayéndola hacia nosotras. Aun a riesgo, cierto, de perder la vida alguna. Como así fue. Nos acercamos en bloque y el águila que planeaba, como ya te he dicho, siguiendo la trayectoria del niño, se vino hacia nosotras. Como teníamos previsto nos lanzamos en picado hacia la tierra. Una sorpresa le preparábamos de la cual se iba a acordar el águila toda la vida: en una huerta, cerca del patatal, donde trabajaban ajenos a esta batalla los padres del niño, se elevaban, clavadas en tierra, unas estacas en punta hacia el cielo para que treparan las matas de habas. A una señal de Golondrina Fiel, 99 de nosotras nos apartamos de ella que se dirigió a posarse en una de las estacas seguida muy cerca por la depredadora. Tan ciega iba, por el hambre y la ira, el águila carnicera que se jincó en la estaca. Desgraciadamente, nuestra compañera y guía no tuvo tiempo de alejarse lo suficiente del área de acción del aguila quien con una de sus garras la desgarró. Cayó Golondrina Fiel cerca del pico del aguila que aleteaba de dolor queriendo desasirse de esa trampa mortal. Golondrina Fiel pereció, pero salvó al niño. Reemprendimos el vuelo entristecidas por la muerte de nuestra hermana. Vi al niño que me saludaba con la mano. Me había conocido.

Así terminó el relato de la aventura y el clavel se sintió tan conmovido que dejó caer un petalo rojo en honor a la heroina muerta.
Quería decir algo pero no tuvo ocasión porque la señora de la casa cogió las flores del jarrón y las echó a la bolsa de la basura. Y es que al ver el pétalo en el suelo creyó que se estaban mustiando. Ella no entendía el lenguaje de las flores.
Muy sola y triste se quedó la golondrina emparedada en su arcilla. Solo los ojos le unían al mundo objetivo exterior. De allí recibía un panorama pobre para la que había sobrevolado casas, campos y montañas, ríos y mares: dos sofás, dos sillones, unas plantas, tres paredes y un pararillo en su jaula recordándole, una vez más, su desgracia y los grados de ella: primero, segundo, tercero y aun existía uno más: el de los deshauciados. Y como el que no se contenta es porque no quiere, ella se podía dar con un canto en los dientes: no estaba deshauciada. Nadie le había dicho que fuera a morir.
Se le elevaba entonces la moral, se henchía de optimismo, pensando en su valentía o en el sacrificio de su amiga. No se daba por vencida.
Para distraer su soledad se pudo a rememorar su charla con el clavel:

-¿Qué habría querido decir con eso de que si ella no era de las 5 del 75?... ¿A qué se refería?...

Se quedó un rato pensativa.
Mas tarde soñó que volaba.
La vida en aquella casa no tenía muchos altibajos; podría decirse que era monótona y aburrida: los hijos estudiaban (no todo lo el padre quisiera), la mujer iba al mercadillo los miércoles y el hombre escribía o leía (a veces en voz alta). Veían la televisión... En fin, como la mayoría de las familias.
La golondrina desde su encierro oía las lecturas del señor de la casa sin poner mucha atención. Sin embargo una que se refería a la madre de Golondrina Fiel. Era el cuento de 'El Príncipe Feliz' que había mentado el clavel. Le emocionó mucho y derramó abundantes lágrimas. El final de madre e hija era trágico: el sacrificio por una causa hasta la muerte.
Aunque es mas corriente de lo que suele creerse, pues lo hacen miles de seres, si no millones, toda la vida. La diferencia en la heroicidad, como en las desgracias, radica tan solo en el fulgor doloroso del instante de bravura, en unos casos; en otros el sacrificio es una resistencia gris sin brillo, pero no menos heroica a lo largo de toda la existencia de esos seres. Esa es la diferencia, ese el grado.
Le vino a corroborar este pensamiento la lectura de esa historia que narra la decisión de un ave de lanzarse a los cielos, aun herida, a riesgo de perecer en el intento, con tal de sentir el aire, la altura, la sensación de libertad.
Gesto valiente, brillante como el filo de la espada, pero su fulgor ciega sin dejar ver que es un gesto gratuito, ajeno a generosidades. Inútil, por tanto. Es rayo que ilumina cegando. Locura de los valientes. Para algunos la única sabiduría. La de los héroes. La de los arrojados. La de los valientes. No quería quitarle ella mérito, pero tampoco se uniría a la postura de los que esconden la otra, la de los de abajo que no brilla como el oropel, siendo valiosa, oro puro para los suyos, que es la de todo el común. Esta abre caminos a los que viven en el infortunio, en la desesperanza, elevándolos por encima de todas las desgracias. Muchos héroes hay que deambulan cabizbajos. Y sólo necesitan que las condiciones maduren para que, también, surja en todo su esplendor la capacidad que encierran en esa apariencia pálida. Se mostrará con clara intensidad que estaban hechos de pequeñas heroicidades que habían llegado a un punto de cocción preciso dando como resustado la magna obra que ya latía por debajo.
Descubre que ella es así: late, nunca mejor dicho, bajo la superficie.
Con motivo del cumpleaños de la mujer de la casa, el 27 de septiembre, los hijos le compraron un ramo de flores en el que venía una nota:

-"Tus hijos te desean feliz cumpleaños y te anuncian que tu hija ha aprobado la carrera".


-¿Si? ¿De verdad? ¿Has aprobado?... Este es el mejor regalo que he recibido en mi vida.

Lloró emocionada. Era verdad. Había aprobado. Su nota aparecía en Internet. En la web de su universidad.
El ramo de flores estaba encima de la mesa del salón y los gatos subieron a oler las flores. Para que no las estropearan las puso en el jarrón quien, como siempre, estaba en la repisa de la chimenea. Llenando de alegría a la golondrina que, así, podría charlar con las flores.
El día era uno de esos luminosos de finales de septiembre. El sol calentaba con fuerza. Por el cielo volaban, con alegres chillidos, numerosas avecillas. La mujer, en un arranque de desbordada alegría, abrió la ventana del salón de par en par para que entraran los rayos de sol a raudales y colocó la vasija en el alfeizar. La mujer y la golondrina respiraron profundamente. Miran al frente. Al cielo. Al fondo del cielo. A la calle. Al fondo de la calle. Venía mucha gente en manifestación. Se retiró de la ventana la señora para comunicárselo a sus hijos.
Como era la primera vez que habían colocado el jarrón en ese lugar la golondrina, ahora, veía un panorama connatural a ella: cielo azul, aves volando, nubes blancas, sol... ¡aire!, ¡libertad!... Por un momento se sintió libre de ataduras, de cárceles, de aherrojamientos... ¡de barro endurecido! Estaba en otro mundo. En su mundo...
Le sobresaltó la pregunta de un clavel:

-¡Oye!, ¿no eres tu una golondrina?


-Ya se ve.


-¿Y no serás por casualidad una de las 100?


-Estuve en aquel suceso. Ahora me encuentro encerrada en esta prisión.

Y le contó su desgracia.

-Hemos oído que cuatro del grupo de las 100 te están buscando. El resto emigró hace tiempo. Se lo voy a decir a mis parientes. Se alegrarán.

-¿Los tienes aquí?


-Si. Somos 3 hermanos y 2 primos. Yo me llamo José Humberto y mis dos hermanos se llaman José Luis y Ramón. Y los primos Txiqui y Otaegui. En realidad todos somos claveles...


-¿De dónde vienen esos nombre?

-Como te digo todos somos claveles. Pero la estudiante que ha aprobado la carrera nos ha bautizado así dándonos un beso. ¿Sabes qué día es hoy?


-No.


-27 de septiembre.


-¿Y?

-¿Y?... ¡Ah! ¡Ya entiendo! Tu desapareciste antes de que ocurriera esta historia. Te la contaré brevemente: hace unos años vivió un hombre malo que tenía por nombre Franco y no porque fuera sincero y abierto. No. Dirigía una dictadura cruel y sangrienta contra el pueblo. Mucha gente, la mayoría, lo odiaba. Luchaban como podían contra él. Contra esa dictadura militar. Entre ellos los jóvenes. Cinco decidieron combatirla con todas las armas en sus manos. Otros muchos también. Y se opusieron, legitimamente, a la violencia dictatorial con la violencia de la libertad. Eran débiles. Eran pobres. Eran pocos. Pero eran puros. Marcaban camino al andar. Pero los apresaron, los torturaron y los asesinaron un 27 de septiembre de 1975. Y todos los 27 de septiembre se celebran actos en su memoria. Colocan claveles rojos en sus tumbas que los malos arrebatan de ellas. Golondrinas en guardia se encargan de reponerlos en recuerdo y homenaje a esa golondrina generosa y a su generosa hija que sacrificaron su vida por los demás. Este año tocaba a las 5 últimas golondrinas del grupo de las 100. Es importante este simbólico acto porque, muchas, han ido perdiendo el recuerdo de aquello o se han dejado llevar por el desengaño o porque las tareas le ocupan tanto tiempo que las agota y cuando llegan al nido permanecen mirando como espectadores hasta que se duermen.

-Tal vez muchas, como yo, contemplan prisioneras el devenir de los acontecimientos sin poder hacer nada. O son prisioneras porque nadie les ha enseñado el modo y manera de contribuir con su acción a transformar las cosas. Paralizadas por la ignorancia. Se encuentran metidas en la mazmorra de la impotencia.

-Por eso es imprescindible tu concurso para mantener viva la llama de todo lo que es hermoso y justo y por lo que merece sacrificarse. En nosotros, los claveles, se halla la sangre de todos los héroes que en el mundo han sido y su aroma se expande en amoroso recuerdo.

-¿Y yo qué puedo hacer?


-Salir de ese encierro rompiendo los muros que te aprisionan. Para ello se necesita voluntad y determinación. La inteligencia te mostrará el camino.

-Eso... es más fácil de decir que de llevarlo a cabo... ¿Qué se oye?...


-Son los gritos de los manifestanes que se acercan.


-Dicen: ¡27 de septiembre, justicia popular! Lo oigo...


-Pero mira, se acerca a la acera, debajo de nosotros, un hombre con una pistola.


-¿Quién es?

-¿¡Quién va a ser!? Un partidario del asesino que mató a esos cinco jóvenes, con cuyos nombres nos ha bautizado la estudiante a mi y a mis hermanos. Por cierto, que aun no les he dicho que estás aquí. ¡Eh, hermanos! ¡He hallado a la golondrina de la bandada de las 100 a quien buscaban sus cuatro amigas! ¡Está aquí!...

Se produjo un movimiento en el jarrón por la alegría de los claveles, y por el aire movido por las alas de cuatro golondrinas que se posaron en el alfeizar; alfeizar al que acudieron los dos gatos de la casa atraidos por las aves; alfeizar donde la joven llegó llorando (acababan de comunicarle que la nota aparecida en Internet era un error) a proteger las flores y el jarrón de su madre.
Alargó la mano, pero no pudo impedir que se precipitaran al vacío.
Fueron pocos segundos pero la golondrina se vio colmada de una dicha infinita, sintiose cual si volara libre y soberana por el cielo azul, purísimo, de ese día soleado de septiembre. Hasta que chocó el jarrón en la cabeza del que se disponía a herir con su arma a pacíficos manifestantes. Ahí quedó, desmayado, en el suelo, entre los trozos del jarrón hecho añicos, mientras arreciaban los gritos de los manifestantes:

-¡Vosotros fascistas sois los terroristas!

Manifestantes que aplaudían vueltos hacia la ventana, donde una joven, flanqueada por un gato negro y otro blanco, lloraba embargada por la pena y la emoción.
Las cuatro golondrinas revolotearon con un clavel en el pico en torno a su hermana quien, aturdida, se recuperaba libre de encarcelamientos arcillosos, los cuales quedaron esparcidos por el suelo junto al clavel rojo.

Y el cuento aquí acaba sin decirnos si la pobre golondrina llegó a recuperarse del todo.

Ni si vivió feliz y comió perdiz.

lunes, 26 de enero de 2009

José Mª Amigo Zamorano: Cantar de las dos Torres contra el espectador



José Mª Amigo Zamorano: Interrogándonos en torno al 'Cantar de las dos Torres'


"La Fe de los hombres hijos de muerte" que a veces -así comienza García Calvo ¿su? 'Cantar de las dos Torres'- "alzaba a los cielos altivas torres" y otras veces "las arrumbaba (sic) por tierra", "siendo una y misma la Fe", "a fin de ser diferentes, partido tienen al mundo en harturas y escaseces".

Pues bien, esa Fe llevó a oficiales y jeques del mundo de las escaseces a reunirse en una tienda "en la linde del yermo de los Edenes"; y a magnates, ministrantes y generales del mundo de las harturas a congregarse, "allende el vasto Océano", en el "salón del Blanco Palacio".

Los unos, en la tienda, expones sus quejas declarando que, los otros, les beben el petróleo con sus capitales y los tratan como a perros; se reafirman, por consiguiente, en su decisión de guerrear asestando un duro golpe al enemigo, "tal que rechine con él y se tuerza el eje del mundo" impactando tres aviones contra el "Sumo Conglomerado"; y tras constatar que su Fe es firme y desechar algunas voces que piden prudencia ('debe también lo prudente tenerle al brazo a lo justo') se disuelven.

Los otros, como señores del Orbe, examinan la Economía del mundo, constatando en primer lugar el equilibrio del Mercado; para a continuación ver a los Bancos un poco resentidos; y, todo hay que decirlo, les preocupan los rebotes y sobresaltos en los "Petrolíferos Campos" por "caer en territorio duro y reacio a tomarse nuestros intereses como propios"; tras apartar la idea prudente de desmontar las bases de esa desafortunada operación, votan a favor de la guerra, para que "la masa ansiosa de acontecimientos" no "se revuelva a donde no debe" y así "desvíe su ira a buen fin" hinchándose "de gesta y temblor" "su desolado vacío"; "la guerra, además, es el medio que guarda la paz interna y el orden"; y tras probar que su Fe sigue incólume ('mañana será nuestro día y sus luces Dios nos otorgue') se levantaron de sus asientos.

Las decisiones están tomadas.

Aquí el poeta se da una pausa para describir la construcción de la torres. Luego viene el vuelo de los aviones de la muerte, siguiéndole la destrucción de ambas torres gemelas, pues, a despecho de alertas precoces, redes retromóviles y láseres vigilantes del Sumo Conglomerado (de su fatuidad y soberbia), consiguen llevar a cabo con éxito el ataque. ¿Logran los jefes del mundo de las escaseces torcer el eje del mundo? Pues no. Solo un ligero temblor. Alguna conmoción y silencio. Enseguida proclamaron los jefes del mundo de las harturas: 'Si dos torres cayeron, tres nuevas ahí se alzarán'. Para, a continuación, subrayar: 'invasión de justicia y guerra y posguerra'. Con lo que el poeta puede relatar con objetiva frialdad lo que queda del ataque: ruina, desolación... y el llanto incontenible de las viudas con que termina el cantar.

Divertimento para unos años. Y el mundo que sigue partido entre abundancias y escaseces.

Fin.

¿Qué podemos desprender de esta 'breve y tremebunda' epopeya? ¿Y, sobre todo, qué podemos extraer para no ser simples espectadores (como nos recomendara Aimé Césaire) de este cruel desaguisado que, a nuestra vista, está llevando a cabo la Fe de los hombres hijos de muerte?

Las preguntas nos vienen porque siendo el autor considerado, como lo es, por numerosas personas 'maestro' tendemos a pensar que con este 'Cantar de las dos Torres' nos quiere enseñar, o mostrar, algo el autor. ¿O acaso no es la misión de un maestro guiar, iluminar caminos, desbrozar senderos?... ¿No es un maestro como faro, o brújula, de ciegos interrogadores?... ¿No es esa su gera?... O por lo menos menos mover un debate a fin de... ¿O sin ningún fin?... ¿Por el puro placer de contrastar opiniones?... ¿Solamente por eso?... ¿La guerra contra la Fe es simple palabrería?... ¿O el maestro conduce a la Acción mediante el Pensamiento?... ¿Acción y Pensamiento, no van unidos como decía Marx (D. Carlos)?... ¿Es solamente un empacho de vocablos bien hilados por juego de oratoria?... Si el tiempo de choque tremendo es el de siempre, ¿para qué hablar de esto?...

Seguimos con las preguntas, insistimos en ellas, porque no conocemos realmente el pensamiento de D. Agustín. Nosotros no lo hemos seguido de continuo. No conocemos los entresijos. No hemos tenido ocasión de oírle en esas intervenciones en ateneos literarios y libertarios.

Por cierto, nos preguntamos, ¿qué proceso le llevó al pensamiento ácrata?... ¿tienen, en su planteamiento, algo ver los clásicos del pensamiento anarquista?... ¿O ha llegado sin ninguna influencia por su propia reflexión?... Y, ¿cómo son ahora esos lugares libertarios?... ¿quién acude?... ¿son obreros?... ¿qué clase de obreros?... ¿serán acaso como esos soladores, electricistas, forjadores, pulidores, que construían las torres?... ¿o acuden profesores, pequeños comerciantes, artesanos, autónomos, funcionarios?... Nos gustaría saber todo esto.

O por el contrario, ¿son acaso una 'masa municipal y espesa' anhelantes de acontecimientos guerreros y sangrientos de fuera de sus fronteras, como describía a los burgueses Goethe en Fausto, la que acude a sus charlas?... Suponemos que no, que son trabajadores los asistentes que acuden a sus charlas. Pero no lo sabemos y nos gustaría saberlo.

¿Qué les dice?... ¿qué puede decirle un profesor a esos trabajares manuales, a esos obreros explotados o parados?... ¿qué mundo les alumbra?... Repetimos, nos gustaría saberlo.

De lo que si estamos seguros... bueno, no... intuimos... que, para Agustín García Calvo, como para muchos, la irrupción violenta y rebelde (así parece) de una fuerza, que se dice musulmana, en el mundo, ha sido como un rayo en cielo sereno. O casi. Y es que los mahometanos dominaron, como un ciclón, el mundo de la parte en que vivimos. Y luego se fueron extinguiendo, debilitando, oscureciéndose, hasta desaparecer como fuerza de Fe predominante. Recordamos a los poetas sus preguntas acerca de ellos: 'Que fue de ....?'... '¿Qué fue de Balk... ? se preguntaba Omar Kayyhan. '¿Qué fue de tanto fulgor?', quizás quiso decir como Manrique. Preguntas acerca de esplendorosas realidades del pasado, como las Torres Gemelas. Relacionadas con monumentos erigidos por la Fe. Eran pasado. Y ahora el pasado retorna. Ya se habla de Al-Andalus. Por lo que serían lógicas las preguntas exclamadas casi como exabruptos: ¿de dónde coños vienen estos que estaban más que muertos?... Y, o no estaban tan muertos como parecían, o se los han inventado para que, así, la teoría del choque de civilizaciones, ideada por el Departamento de Estado USA, en boca de un profesor hace poco fallecido, resultara una realidad guerrera fuera del cerebro que la ideara. El maestro da por sentado en ¿su? Cantar de las dos Torres que hay dos fuerzas (nosotros, siguiendo a Marx que nos enseñara a dudar, lo dudamos). Y que una de ellas decidió y logró tumbar las torres. Sin embargo, pudiera ser que, desde el Sumo Conglomerado, saliera esa misma orden para, luego, achacarle, endosándosela, a aquellos 'reacios a tomarse nuestro interés como propio'. De ese modo, conscientes de la superioridad de sus armas, y cubriéndose de razones morales para su Fe, aplastar los pocos focos de resistencia que aun le quedaban. Ya hay ejemplos de esas monstruosidades.

Empero, como la historia así nos la han vendido, así la tomamos. Y de ella, tal como aparece en el 'Cantar de las dos Torres', sacamos algunas conclusiones no muy claras:

-Que poco se puede hacer por Arriba y mucho por Abajo.
-Que hay que hacer guerra a la Fe. Y Guerra a la Guerra.
-Que no queremos meternos nosotros en sus desafueros.
-Y, si, que con estas conclusiones, si estamos conformes.

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Foto tomada de la página web 'El Naviero'. Una pintada en la pared de una ermita de la población abulense de Las Navas del Marqués donde pasa temporadas el escritor zamorano

José Mª Amigo Zamorano: Dudas en torno a García Calvo

En la portada de una de sus últimas publicaciones, 'Cantar de las dos Torres', si no la última, Agustín García Calvo (D. Agustín) que algunos le dicen El Maestro, y con razón, porque maestro fue en institutos, academias y universidades y aún sigue ejerciendo su magisterio...; decimos que, en la portada, su nombre, como autor de este cantar, viene (como en otros libros suyos de poesías) entre signos interrogativos; tan notorios, además, que están trazados con su puño y letra, es decir: con su caligrafía particular.

¿Por qué lo hace?... ¿Qué quiere indicar con esos signos?... ¿No se considera autor del librito?... ¿No son suyos los diecisiete poemas?... ¿O qué?...

Veamos en este caso concreto: lo que narra no ha nacido mayormente de su imaginación, ya que, se dice en la contraportada, 'aprovecha el resonante derrumbe de las torres gemelas' de la imperial ciudad de Nueva York. De modo que, en puridad, son otros los que tendrían que apropiarse de ese escacharramiento, del amasijo de materiales y cadáveres, en que se convirtió la Fe de haber querido posesionarse del cielo, al tiempo que ponían barricadas a la trayectoria de los rayos del sol sobre los humanos, achicándolos sombriamente; y fueron otros los que, impulsados por la Fe, estrellaron 'tres aviones, tres de chatarra y de pedo de gas' contra esos elevados complejos arquitectónicos de la vanidad; no ha sido él, precisamente él, el inventor, el ideólogo, de tal hazaña; de su caletre no ha nacido semejante desbaratamiento; brotó, si, de la Fe contra la que guerrea; a ella, por lo tanto, y sólo a ella, hay que colgarle el mérito. No nos extraña que dude de su autoría.

Empero la interrogación ya tiene, en su misma sustancia, una cierta negación de... Por lo que no está bien expresado eso de poner 'duda'; no, no es duda, sino certeza lo que encierran esos dos signos interrogativos, lo que queda implícito en la pregunta: él ha escogido las palabras, ha hilado las frases, ha colocado el pentagrama y le ha puesto música a la epopeya: música 'risueña y tremebunda'. En resumen: ha querido dejar constancia literaria del colosal estropicio de la Fe que, en ocasiones, dicen, mueve montañas; y, en este caso concreto, desmorona torres que antes había levantado. Es como un notario que da fe de lo que aconteció, mas como, por otra parte, él es el que ordena los elementos de la trama y pone a su capricho otros que no estaban en el sangriento guión de los ideólogos del desaguisado, de ahí su titubeo, su autoría interrogativa, su no pero si.

Aunque, quizás, haya querido decir algo más, sobre las creaciones de obras literarias, con estos signos de interrogación con que encierra su nombre: ¿Agustín García Calvo?

Ya lo hemos dicho, lo repetimos: ordena los trozos del drama, y quita o añade otros, él escoge los vocablos, engarza las oraciones y elige el formato: la epopeya. Y, sin embargo, todo... o casi todo... (¡qué exageración por nuestra parte!)... le viene dado: tanto el hecho en si, como los tambores atronando, ya en Grecia se hacían cánticos parecidos; Homero los materializa en la Iliada y la Odisea; hasta las viudas de los aviadores Aixa, Fátima y Marien son sacadas del romance castellano y en el mismo orden se les hace aparecer en el 'Cantar de las dos Torres'.

Pero, ¿es Homero un creador personal o un ser colectivo?... ¿no estaba en el común de las gentes todas esas historias?... ¿no se contaba, así, con ese acento, al amor de la lumbre?... ¿no se ha trasmitido de generación en generación?... ¿no se lo narraban los padres a los hijos?... ¿es realmente Homero el autor?... ¿O quién?...

Y mas preguntas todavía: ¿no son los autores, que hoy firman, individualizándose sin recato, herederos de una riqueza que es del común?... ¿no se copian, en ocasiones, las ideas unos a otros?... ¿no se choricean (perdón por la palabreja) hasta versos enteros sin citar su origen?... ¿no lo hemos leído (sin que esto desdore su memoria) en cumbres poéticas tales como Lorca, Alberti y otros?...

Ya escribimos, en una anterior reseña sobre este mismo poemario, que el Conde de Volney, en su libro 'Las ruinas de Palmira', pone de relieve, para que se vea más nítido lo que es la Fe, cómo, antes de la batalla, los ejércitos le rezan a Dios para que les sea propicio en su guerra contra el enemigo. Involucran a Dios (ese fantasma) a fin de bendecir tal carnicería. Ambos creen. Tienen Fe. Agustín García Calvo (D. Agustín) quien guerrea contra esa Fe, como nosotros, seguro que conoce esa obra. Y la habrá leído. Sin duda. Y habrá más autores que hayan puesto de manifiesto esta contradicción de la Fe. Nosotros hablamos de lo que conocemos.

Esto no quita, en modo alguno, valor al 'Cantar de las dos Torres'. Es más, su interrogación de la portada incrementa su valía porque Agustín García Calvo, así, lo une, y se une, más, al Hombre Colectivo sin dejar por ello de ser un individuo creador.

Esto nos parece a nosotros, aunque, estamos seguros, dada la compleja personalidad del maestro, de que esta manera de presentarse al público tendrá otras motivaciones que habrá teorizado y expresado en multitud de ocasiones y en distintas tribunas desde donde se dirige a sus oyentes. Pero nosotros las desconocemos.

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Y ya para terminar y en otro orden de ideas: en posterior escrito (si es que lo hacemos, que eso está por ver) trataremos de ver qué se nos desprende de él (del cantar de esas torres) en cuanto al modo y manera de guerrear contra la Fe que monta, como hemos podido ver, estos tinglados tan sangrientos.

Lo decimos porque se nos viene a la memoria aquello que escribiera Aimé Césaire, en su 'Cahier d'un retour au Pays Natal', impidiéndonos permanecer como mirones:

"Y sobre todo mi cuerpo y también mi alma, guardaos de cruzar los brazos en la actitud estéril del espectador, pues la vida no es un espectáculo, un mar de dolores no es un proscenio, un hombre que grita no es un oso que danza... '.

Pues eso, vamos a ver si el poema nos mueve a actuar en consecuencia.

lunes, 5 de enero de 2009

Ernesto Cardenal: Epitafio por Joaquín Pasos (*)

Aquí pasaba a pie por estas calles, sin empleo ni puesto,
y sin un peso.
Sólo poetas, putas y picados conocieron sus versos.
Nunca estuvo en el extranjero.
Estuvo preso.
Ahora está muerto.
Pero
recordadle cuando tengáis puentes de concreto,
grandes turbinas, tractores, plateados graneros,
buenos gobiernos.
Porque él purificó en sus poemas el lenguaje del pueblo
en el que un día se escribirán los tratados de comercio,
la Constitución, las cartas de amor, y los decretos.

(Del poemario 'Epigramas')

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(*)Ver: http://es.wikipedia.org/wiki/Joaquín_Pasos